A los veintiocho me lie con un chico de veinte. Como el que me gustaba no me hacía caso me pillé al que tenía más cerca. Me sentía super madura con él, era su referente, me admiraba. Para él yo era algo nuevo. No era una MILF pero me comparaba más con su madre que con otras chicas. Lo pasábamos bien juntos, quedábamos, tomábamos algo y luego nos lo montábamos en mi coche, puesto que él no tenía. Era una relación curiosa, diferente.
Yo no es que estuviera muy enamorada de él pero me acabé encariñando. Me gustaba la inocencia que mostraba y la manera en que cuestionaba la vida, desde un punto de vista bastante diferente al mío, pero había algo que nos unía, no sabría decir el qué. Quizás las ganas de saltarnos las normas de alguna manera.
Guapo lo que se dice guapo no era, era resultón. Más alto que yo, moreno de pelo y blanquito de piel. Ojos oscuros, boca grande y cejas anchas. ¡¡¡Y decía que iba bien armado, que le medía veinte centímetros!!! Bueno, ese dato se me antojó un reto. No era yo muy consciente de si esa medida iba a satisfacerme, pero sólo el hecho de pensar que sus novias se lo habían llegado a medir in situ con un metro me daba un morbo que creaba en mi la necesidad de probar.
Estuvimos saliendo unos cinco o seis meses. Vivía en la playa y yo tenía que desplazarme cada vez que quería verlo. Con el inconveniente de encontrar tiempo libre, extra para gasolina y despistar a mi marido que desde hacía ya un tiempo vivía en Babia.
Recuerdo una tarde juntos montándonoslo en el coche. Lo había aparcado al fondo de la playa, disimulado al lado de unos árboles y unas matas. Ahí estábamos pasándolo bien, dale que te pego los tres: el mozo, el de los veinte centímetros y yo. Nada fuera de lo normal, hasta que se nos pasó el rato y se hizo la hora de volver a casa. Nos recompusimos, arranco el motor, meto primera, ¡¡¡y… voilà!!! El coche que no quiere arrancar. Se había quedado clavado en la arena. ¡Como no se me ocurrió!
¿Y qué hacemos? Y aquí es donde se pone en evidencia la experiencia de los ocho años de diferencia que nos separaban.
El mozo casi entra en pánico, se le vino el mundo encima. Empezó a sudar y a ponerse nervioso, no sabía qué tenía que hacer.
Yo, con la calma que me caracteriza, le dije, no te preocupes, yo lo arreglo.
Salí del coche a buscar un tronco en la oscuridad. No tardé en encontrarlo, lo coloqué debajo de la rueda, subí al coche, metí primera y tranquilamente lo saqué de aquel hoyo sin más.
Eufórico estaba. Si hasta entonces me admiraba, ya sólo faltó aquello. Verme en modo camionero falcando ruedas para pensar que era su heroína, la mujer soñada. La Lara Croft de la costa del Garraf. Una joya en bruto.
Regresé a casa con media sonrisa escapando por la comisura, pensando en el episodio y en como lo había llegado a impresionar sin quererlo y con algo tan simple.
No duró mucho más lo nuestro, porque no era ley de vida seguir juntos, pero sé que a aquel chico aunque ya quizás ni recuerde mi nombre, nunca se le olvidará como sacar un coche de un arenal.
