¿Conocéis algún traumatólogo? Médico especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología. ¿No? Tener que tratar con un traumatólogo es una experiencia casi religiosa que… no le recomiendo a nadie, para qué nos vamos a engañar.
No es muy políticamente correcto hacer generalizaciones, pero es que los especímenes de esta especialidad médica en concreto son un mundo aparte. Y no es porque lo diga yo, ni pacientes que hayan tenido que tratar con ellos, es que incluso médicos de otras ramas los caracterizan siempre de la misma manera.
No hace mucho, un otorrinolaringólogo me hacía unas descripciones bastante acertadas:
Los cirujanos vasculares parecen beatos
Los anestesistas son los que parten el bacalao dentro del quirófano
Los uciólogos parecen miembros de una tribu
Los cirujanos son unos fiesteros…
Y los traumatólogos, sobre todo los traumatólogos hombres, son prepotentes, pedantes, clasistas, chulos, tirando a machistas, van más salidos que el canto de una mesa y tienen un ego más alto que su estatura. Y si algo les sale mal, NUNCA, NUNCA, NUNCA es su culpa. Y quien diga lo contrario, miente y no tiene ni idea de medicina. Además de que, médicamente, sólo se preocupan de reparar huesos rotos y/o articulaciones que no funcionan bien. Si el paciente a tratar tiene otros síntomas, graves o no, es secundario. Sólo quieren entrar en quirófano y fijar la fractura, no importa que el paciente esté en asistolia…
Existe la teoría de que antes de empezar la especialidad tienen que pasar una prueba psicotécnica y si no dan el perfil de futuro traumatólogo, se les rechaza la candidatura. Y, una vez empezado el primer año de residencia, se les imparte una asignatura específica de cómo forjar al perfecto traumatólogo. Y no, no tengo pruebas de esta teoría, pero tampoco tengo dudas., Así acaban la residencia, que parecen clones los unos de los otros. Eh, y he conocido a más de 25 traumatólogos. O sea que el estudio de campo lo tengo casi hecho.
Vale, sí, hay honrosas excepciones. De esos 25, podría medio (sólo medio) salvar a uno. Así que ahí tenéis la excepción que confirma la regla.
Traté una temporada larga con un ejemplar de traumatólogo que cumplía perfectamente con todos los requisitos del perfecto traumatólogo. Y lo que le faltaba en altura lo suplía con cantidades ingentes de súper-ego. Trataba a enfermería y a secretaría como si fuesen seres inferiores.
Por descuido o dejadez, se olvidaba de dar citas, acabar informes o generar derivaciones. Cuando iba el paciente a quejarse, nunca era culpa de él, pues era un gran profesional implicado con la salud y el bienestar de sus pacientes, si no de las secretarias que eran inútiles y no hacían su trabajo correctamente. Así que enviaba al paciente cabreado contra la secretaria de turno, que tenía que aguantar el chaparrón y encima arreglar aquello que el doctor no había hecho.
Pero un día, este médico se encontró con la horma de su zapato. Mujer. Joven. Secretaria. Lo tenía todo, vamos.
Con el primer episodio, la secretaria pensó que había sido un olvido del doctor o un mal funcionamiento del sistema informático y por no dejar mal al traumatólogo, ya que al fin y al cabo eran compañeros de la misma empresa, aguantó el chaparrón del paciente y subsanó el error.
Tiempo después, ocurrió otro episodio. La secretaria quiso advertir al doctor de que podría ser que hubiese algún mal funcionamiento del circuito porque no se había generado la petición de tratamiento para el paciente. Que ella había mirado en la ficha y que no había sabido encontrarlo. Pero que no se preocupara que ya lo había arreglado, pero que prefería comentárselo.
Lejos de agradecerle, el doctor montó en cólera y por teléfono le gritó que la secretaria no era nadie para entrar en la ficha de los pacientes, que no era nadie para poner en duda las acciones del doctor y que era error de ELLA que no se hubiera generado tratamiento en su día. Y que, si el paciente no mejoraba y/o empeoraba, emprendería acciones contra la secretaria. Y le colgó.
La secretaria pensó que dos veces, sí, pero tres, no. A partir de entonces empezó a negarse a arreglar las faltas del doctor y a remitir a los pacientes a este cuando no había ficha abierta.
Un día, recibió un mail solicitando un tratamiento muy específico para un nuevo paciente, algo tan poco común que ella, que ya tenía un poco de mili y no iba mal de sexto sentido, decidió guardar en una carpeta aparte toda la documentación que viniese de este caso.
Una tarde, apareció el paciente en cuestión en el mostrador de la secretaria con ganas de bronca, puesto que el doctor, por enésima vez, se había justificado diciendo que era falta de secretaría en general, puesto que el centro no hacía más que contratar a inútiles. La secretaria le explicó su actuación, así como la actuación del doctor y que ella no podía hacer más sin permiso facultativo, puesto que no tenía responsabilidad ni formación para hacer nada más. Finalmente, como se mantuvo en sus treces, el paciente se marchó.
Al día siguiente, el sexto sentido de la secretaria le indicó que se vistiera con su camiseta reivindicativa con el lema “Me tenéis hasta el chichi” y se la dejó debajo del uniforme de trabajo.
A media mañana recibió una inesperada visita, puesto que el doctor se dignó a levantarse de su poltrona y a aparecer, acompañado del paciente, en el lugar de trabajo de la secretaria.
Con un tono de voz un poco demasiado alto, el doctor exigió explicaciones para su paciente. Ella, con un tono de voz un poco demasiado bajo, para equilibrar, le explicó, con fechas y horas, el desarrollo de los acontecimientos. Él, con el tono más despectivo del que fue capaz, le preguntó si podía demostrar todo lo que había dicho con informes. Ella le dijo que sí, que lo tenía todo guardado para poder ofrecer el mejor trato posible a los pacientes. Él pidió una copia impresa y ella, por supuesto, claro que sí, se la facilitó.
Mientras médico y paciente lo leían y sus caras cambiaban, uno, a una de póker, otro, a una de cabreo descomunal, la secretaria mantuvo su sonrisa impertérrita. El paciente se disculpó con la secretaria y le exigió al doctor volver a la consulta y arreglar el desaguisado.
Ella simplemente dijo “¿No creen que hace calor aquí?, mientras se abría la chaqueta del uniforme y dejaba ver su camiseta. El paciente sonrió. El doctor se puso colorado.
Horas después, ya corría como la pólvora el chisme de que por fin alguien había podido pararle los pies al traumatólogo. Las enfermeras y secretarias se empezaron a sentir más seguras y los médicos, sobre todo traumatólogos, empezaron a tener un poquito más de consideración con la gente con la que trabajaban.
Cuenta la leyenda que aún día de hoy, cuando el doctor se cruza con esa secretaria, no la saluda, no la mira, no existe. No obstante, nunca más han vuelto a haber llamadas para reñir, ni comentarios vejatorios ni pacientes del doctor cabreados.
¿Un consejo? Si os cruzáis con un traumatólogo, no le miréis nunca a los ojos.