Cuando te vas de Erasmus, sabes que vas a vivir muchas cosas: conocer gente nueva, descubrir otra cultura, viajar… y, cómo no, salir de fiesta más de lo que probablemente deberías. Lo que no imaginas es que una noche aparentemente normal puede acabar convirtiéndose en uno de los sustos más absurdos de tu vida.
Todo empezó como tantas otras noches durante mi Erasmus. Había quedado con una amiga para salir a tomar algo. El plan era sencillo: un bar, quizá otro después, y luego volver a casa tranquilamente. Pero como suele pasar en esas noches improvisadas, una cosa llevó a la otra.
Primero fuimos a un bar. Luego a otro. Y después a otro más.
Entre risas, música y gente que conocíamos por la ciudad, terminamos en un sitio que solo se puede describir como un auténtico antro. De esos lugares que, vistos con perspectiva, sabes perfectamente que no deberías haber entrado… pero en ese momento parecía una gran idea.
La especialidad del sitio era una bebida bastante cuestionable: sangría con absenta, servida en un vaso gigante tipo cubalitro. El precio era casi insultante: apenas dos euros.
En ese momento, después de todo lo que ya llevaba encima, nos pareció una ganga.
Así que me tomé una.
Y luego otra.
A partir de ahí, mis recuerdos se vuelven bastante borrosos.
No tengo muy claro cómo salimos de aquel sitio ni en qué momento me separé de mi amiga. Lo único que sé es que, de alguna manera, conseguí llegar a casa. A día de hoy sigo sin saber exactamente cómo hice el camino de vuelta.
Recuerdo vagamente abrir la puerta del piso.
Después… un salto en la memoria.
La siguiente imagen clara que tengo es estar sentada en el borde de mi cama, inclinada sobre la papelera, vomitando con toda mi alma. Era uno de esos momentos en los que tu cuerpo decide que ya ha tenido suficiente fiesta por esa noche.
Pero entonces miré lo que había en la papelera.
Y me quedé helada.
Era rojo.
Muy rojo.
Mi cerebro, que ya de por sí tiene tendencia a imaginar lo peor —soy bastante hipocondríaca—, no tardó ni medio segundo en llegar a la conclusión más dramática posible.
Estaba vomitando sangre.
Entré en pánico.
Salí de mi habitación prácticamente corriendo a buscar a mi amiga y compañera de piso. Ella no había salido esa noche y estaba durmiendo tranquilamente.
Eran aproximadamente las seis de la mañana.
La desperté completamente alterada.
—¡Estoy vomitando sangre! ¡Por favor, llévame al médico!
Mi amiga, todavía medio dormida y tratando de entender qué estaba pasando, se levantó y vino conmigo a la habitación para ver la situación.
Entramos al cuarto.
Miramos la papelera.
Y entonces ocurrió algo bastante revelador.
Antes de que ella dijera nada, me quedé parada en la puerta y solté una frase que cambió completamente el drama del momento:
—Espera… esto huele a vino.
Nos acercamos un poco más.
Y efectivamente… olía a vino.
Mucho vino.
En ese momento caí en la cuenta.
No estaba vomitando sangre.
Lo que estaba viendo era simplemente el color intensísimo de la sangría con absenta que había estado bebiendo durante la noche.
El alivio fue inmediato.
Pasé de pensar que estaba teniendo una emergencia médica a sentirme profundamente ridícula… pero también muy tranquila.
El susto había sido monumental, pero al menos no había nada grave detrás.
Según me contó mi amiga al día siguiente, después de descubrir el misterio del supuesto vómito sangriento, le pedí muy seriamente que se acostara conmigo en la cama “por si acaso”.
Ella aceptó, probablemente más por compasión que por otra cosa.
En cuanto me dormí profundamente, se levantó en silencio y se fue a su propia habitación.
Yo, por mi parte, dormí plácidamente como un bebé.
A la mañana siguiente desperté con esa sensación clásica después de una gran noche de fiesta: la cabeza pesada, la boca seca y un ligero miedo a recordar exactamente lo que había pasado.
Cuando vi la papelera… recordé todo.
Y no pude evitar reírme.
