Reproducimos un relato que nos llega a [email protected]
Tengo un jefe que sin ser guapo, a mí me parece que tiene algo que le hace interesante. En la oficina, la mayoría no le ven ese algo, pero a mí nadie me quita la idea de que lo tiene. No sé el qué, pero lo tiene.
Es casi veinte años mayor que yo. Alto y delgado. Pelo canoso. De su físico nada es especialmente reseñable. Es su carácter lo que me gusta. Un caballero cuando la ocasión lo requiere. De conversación agradable, inteligente y gran profesional. Bromista, socarrón, le gustan las indirectas y los doble sentidos. Y en eso somos iguales. Que ambos somos de mucho lirili y poco lerele, pero nos lo pasamos bien haciéndonos bromas que nos provoquen la carcajada el uno al otro. Mi compi de departamento dice que somos iguales, que no entiende nuestro sentido del humor tan retorcido, y a nosotros nos hace mucha gracia que nos diga lo raros que somos.
Uno de los técnicos, con el que me llevo muy bien y tenemos confianza de años de trabajar juntos, me dice que lo que me pasa a mí con el jefe no es que me guste de verdad, es que me he dejado llevar por la erótica del poder, que si no ostentase cargo ninguno, seguro que no me fijaría en el viejo verde, como él le llama. A ver, un poco viejo verde parece por sus comentarios, pero yo les digo que es que no le han pillado el puntillo a su sentido del humor.
No obstante, me he planteado si en verdad existe la erótica del poder y si funciona. He estado investigando y, al parecer, el poder es un gran afrodisíaco que puede convertir a alguien anodino en objeto de deseo. Puede provocar emociones intensas y una atracción casi magnética. A ver, que a mí me cae bien y le veo su punto, pero de ahí a que me provoque emociones intensas hay un abismo.Eso sí, creo que tenemos una complicidad más que evidente y me encuentro a gusto en su compañía. Y creo que él con la mía.
En breve, se celebrará la fiesta de aniversario de la empresa. Mi jefe, en cachondeo, me ha dicho que será una buena ocasión para lucir escote y yo le he dicho que pienso llevar uno que me llegue hasta la bisectriz. Los dos nos hemos reído de mi comentario pero mi compi no nos ha mirado muy bien.
Por la tarde, hemos quedado a tomar café y me ha expuesto la situación como ella la ve, desde fuera, para que después no pueda decir que no me ha prevenido.
Resulta que parece que hace ya meses que nos vamos buscando. Que al principio éramos muy sutiles pero, conforme hemos ido cogiendo confianza, nuestras bromas son más subidas de tono, más explícitas y personalizadas. Que por lo visto a mi jefe le gusta bailar y que le gusta hacerlo arrimando cebolleta.
Yo argumento que quizás sea una exageración, que tal vez le gusta bailar arrimado y ya está, pero que eso no tiene que ser un inconveniente. Que seguro que se le ha malinterpretado.
No es que se le conozca un historial pecaminoso pero parece ser que está en una edad difícil y que yo llevo todos los números de ser la persona elegida por él para aliviar esos momentos complicados en la hombría de los machos.
Sigo creyendo que exagera pero le digo que, de todas maneras, habrá que ver si yo pudiese estar mínimamente interesada en llegar a algo más con él el día de la fiesta. No he llegado a pensar en ello seriamente pero y, si pasa, ¿qué? Que ella me lo está planteando como si yo fuese una pobre víctima. Y quizás, sólo quizás, yo pueda estar abierta a… “negociaciones”, ¿no?
Vale, ella pretendía convencerme con su exposición pero, viendo que no lo consigue, decide echar mano de la artillería pesada y traumarme. Me pregunta si me he fijado alguna vez detenidamente en las manos de mi jefe, especialmente en sus dedos.
La pregunta me deja descolocada, por inesperada y, según mi parecer, sin sentido. No, no me he fijado en eso, precisamente. No es su físico lo que me atrae.
Entonces me saca un portafolio que me planta delante. Me pide que lo abra, que lea su contenido atentamente y que después saque mis conclusiones.
Abro el portafolio y me encuentro un estudio publicado en el Asian Journal of Andrology por el departamento de urología del Hospital Gil de la Universidad de Gachon en Incheon, Corea del Sur. En él se explica que las manos podrían decir más sobre sus propietarios de lo que se cree habitualmente, especialmente en el caso de los hombres, pues los hombres cuyos dedos índices son más cortos que sus dedos anulares podrían tener penes más largos, y viceversa. El estudio ha mostrado fuertes evidencias de que la testosterona prenatal podría determinar el desarrollo de los dedos así como la longitud del pene.
La llamada «ratio de los dedos» que establece el estudio se refiere a la longitud del dedo índice dividida por la longitud del dedo anular. Cuanto menor es la ratio o longitud relativa, sugiere el estudio, más largo podría ser el pene.
Después de leer el estudio hasta el final, por satisfacer la petición de mi compañera, primero me río y después le digo que seguramente es a ella a quién se la ha ido la olla.
Esa noche sueño con manos blancas y fofas que quieren tocarme la cara, con dedos largos y blandos que me persiguen y con una habitación oscura cuya puerta no consigo abrir para escapar. Hasta un rato después de que suene la alarma para ir al trabajo no consigo serenarme del todo.
Llego al trabajo y tengo que tomarme dos cafés para espabilarme. Cuando llega mi jefe e intenta darme un pellizco en el carrillo, como acto reflejo me aparto, dando un respingo. Él me mira raro y mi compi me mira sorprendida. Me excuso diciendo que he pasado mala noche y me voy a por el tercer café. Pero después, en la reunión de las diez, mis ojos se sienten atraídos irremediablemente hacia las manos del jefe, llevada por una morbosa curiosidad, y no puedo evitar tener un repelús. Nadie me ve, excepto mi compi, que no deja de vigilar mis reacciones desde que me he apartado de mi jefe a primera hora.
Tiene unas manos pálidas, de dedos largos, blancos, estrechos y como sin fuerza. Pareciese que no tienen huesos interfalángicos que los sustenten. Tienen vello ralo y unas extrañas manchas pequeñas en la piel, como si fuese un sarpullido. Uñas descuidadas y tirando a un poco sucias. Y si tiene así los dedos, ¿cómo debe tener el pene? No olvidemos que ya tiene cierta edad. También será pálido, con vello ralo, blandurrio y de higiene descuidada? Ay, no, no, no… Me estoy empezando a marear y decido ir a lavarme la cara con agua fría. Mi compi me sigue para comprobar si me encuentro bien.
Y le recrimino que por su culpa no puedo dejar de mirarle las manos y éstas me provocan un rechazo que no sé justificar. Sólo con pensar en que me pueda tocar de cierta forma con ellas, que pueda sentirlas sobre mi cuerpo, casi convulsiono llevada por una mezcla de pavor y aprensión.
En días posteriores me obligo a no volver a mirarle las manos, por si acaso, y a que mi comportamiento hacia él no varíe, pues su carácter y su sentido del humor son los de siempre, los que a mí me agradan y me atraen. Creo que él sospecha que pasa algo pero tiene el buen tino de no hacer ningún comentario al respecto.
Pero la guarra de mi amiga (yo creí que era mi amiga), conforme se va acercando el día de la fiesta, cuando me oye que me río con él, me mira fijamente y levanta su mano, mientras abre sus dedos, para que yo que la vea y se me borra la sonrisa de golpe y mi cuerpo automáticamente empieza a temblar.
El técnico con el que me llevo bien, puesto en antecedentes por mi compi, se ha ofrecido a ser mi acompañante en la fiesta, para evitar que los avances de mi jefe vayan a más, pero yo estoy llena de dudas. Y ahora ¿qué hago yo con mi jefe, me lo tiro o lo tiro?
