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    ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

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    Déjame que te haga una pregunta: ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

    Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

    ¿Lo tienes? Bien. Ahora déjame que te cuente algo…

    Hace poco, en un interesante grupo de debate al que pertenezco (de mayoría femenina, aunque esto no es especialmente relevante para lo que os quiero contar) una integrante lanzó esta pregunta: “¿A cuántas mujeres conocéis que hayan sido abusadas sexualmente?”

    Era una pregunta abierta, dirigida a todo el grupo. Muchos de los hombres (hombres fantásticos y feministas declarados, por cierto)  fueron respondiendo. “Yo no conozco a ninguna”… “A una vecina mía del pueblo le pasó que“… “Yo tengo una prima a la que violaron”…  “Una amiga me contó en el instituto que una vez”… Sólo uno conocía a una mujer que había puesto denuncia. Una mujer a la que violaron por el libro: de noche, en un callejón oscuro… Ya sabéis.

    Luego, empezamos a hablar las mujeres.

    Puede que no os guste leer lo que viene a continuación. Yo, lo cuento sin escrúpulos. A ver si empezamos a espabilar.

    ¿Queréis saber cuántas veces han abusado de mí sexualmente?

    Contando sólo las “fuertes” (como si algún tipo de abuso pudiera no serlo… Pero para que nos entendamos). Excluyamos los “besos robados”, las veces que me han tocado el culo en el bus o la discoteca, etc., etc… Contemos sólo las veces que incluyen tocamientos o penetración sin consentimiento o contra mi expresa voluntad.

    ¿Queréis saber cuántas?

    Cuatro.

    Antes de cumplir los treinta.

    Cuatro.

    La primera vez yo tenía doce o trece años. Estábamos mis amigas y yo con el novio de una de ellas y su grupo de amigos. De pronto, dos de los chicos me agarraron por brazos y piernas riéndose, y el novio de mi amiga se me tiró encima y empezó a lamerme la boca y a tocarme las tetas. Mi amiga se fue de allí y se enfadó conmigo. Mis otras dos amigas miraron la escena alucinadas, pero no hicieron nada.

    La segunda vez, tenía dieciséis años. Un sábado loco (como otro cualquiera) estaba borracha y perdí el último tren para volver a casa, y un hombre que –literalmente- me doblaba la edad se ofreció a llevarme en su furgoneta. Confié en él porque era un viejo conocido de mi familia. Cuando el alcohol se fue disipando y yo empecé a recuperar la consciencia, estaba semidesnuda en su trastienda, con sus sucias y viejas manos manoseándome. Quise pensar que no era cierto, me aparté con toda la educación que pude (a mí me educaron para ser educada) y me vestí. Insistió en acompañarme a la estación a esperar al siguiente tren.

    La tercera vez, tenía veinte años. Fue mi novio, con el que vivía. Suena imposible y ridículo, ¿verdad? Lo sé. Por eso yo no me di cuenta de que me estaba violando. Pero me folló -uy, perdón, que esto suena como muy feo, ¿no? Ya, ya… Lo quitaría, pero es que no se me ocurre otra palabra por la que sustituirlo, así que…- ME FOLLÓ mientras yo lloraba, porque le dije una y otra vez que no quería, y le pedí una y otra vez que parase. Se apartó de mí con desprecio antes de terminar, gritándome, muy enfadado, porque yo seguía llorando. “Así no hay quien pueda”, me dijo.

    La cuarta vez, tenía veintinueve años. Estaba embarazada de mi hija pequeña. Fue en la consulta de tocología. Ya, ya lo sé. “¿Cómo van a abusar de ti en una consulta de tocología? ¿No es eso a lo que vas? ¡Están trabajando!”. Esto, como lo del novio. Parece ser que NO es NO sólo si eres un hombre con malas intenciones. Si eres una mujer (o un hombre, da igual) de bata blanca y con un título en la pared, puedes hacer lo que quieras con la vagina que tienes delante, aunque la dueña de la vagina en cuestión te esté diciendo que sólo autoriza a coger una muestra externa y que NO quiere que le hagas una exploración. Pero, oye, fallo mío, por pensar que puedo decidir sobre mi coño y lo que en él acontece. Se ve que no.

    ¿Queréis que os cuente cómo terminaron estas cuatro situaciones?

    En la primera, el chico y sus amigos se echaron unas risas. Yo, días después, le pedí perdón a mi amiga por lo que había pasado. Quizá yo había hecho algo que le había dado a él pie a pensar que podía hacer aquello. Abrazo aquí y allá y se acabó. Cosas de críos.

    Sobre la segunda, yo era una cría y estaba borracha, sí, pero… Me metí allí yo sola, ¿no? Lo cierto es que no lo recuerdo. El tío me acosó y amenazó durante semanas. Le tuve que pedir a un compañero de clase que me acompañara a todas partes, porque tenía miedo. No le conté nada a mi familia, porque me daba tanta vergüenza y tanto asco haber acabado allí, que sólo recordarlo me daba (y me da) náuseas. Mi familia, por cierto, se estará enterando de esto ahora, como vosotros.

    La tercera, pues no pasó nada. ¿Qué va a pasar? ¡Si era mi novio! ¿¡Pero cómo me va a violar, si es mi novio!?

    La cuarta, llegué al coche y lloré. Lloré, y lloré, y lloré. Y monté en cólera. Y esperé a terminar mi embarazo y a que pasaran unos meses, y ya pausada, enfadada pero serena, presenté una reclamación formal en el hospital, y a la tipa aquella le abrieron un expediente disciplinario. Y lo consideré una victoria, y lo compartí en redes, y me llovieron críticas e insultos porque “ella es una profesional y yo soy una inconsciente y una desagradecida”. Pero, que me iban a decir eso, yo ya lo sabía. Porque, con veintinueve años y una vida entera vivida en un cuerpo de mujer, ya sabes de qué va esto… Y no me importó: porque cuando llegó la cuarta vez, yo ya no era la clase de mujer que se calla.

    No sé si os habéis dado cuenta pero, por si acaso, os lo matizo: las cuatro situaciones tienen una cosa en común, que es que el abuso, de alguna manera, lo provoqué yo. El abuso, en ninguna de las cuatro situaciones, fue tal cosa. Para la sociedad en general, no hubo abuso. No hubo violación. Y, sin embargo, yo no puedo olvidar.

    Como os decía al principio, las mujeres empezamos a hablar. Todas. TODAS. TODAS contamos algún caso de abuso propio. Algunas, varios. Los hombres, alucinaban. Hombres que minutos antes decían no conocer a ninguna, o conocer algún caso aislado, de pronto se encontraban con que conocían a al menos una treintena de mujeres que habían sufrido abusos sexuales. Las conocían. Pero no lo sabían…

    Ahora, déjame que te lo pregunte otra vez… ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Jéssica Gómez

    Autora de ensayos y álbumes ilustrados. Lo mismo dibujo, que hago fotos, que preparo unas 'cocretas'. Planchar no sé. Tengo dos hijos de los que aprendo más de lo que yo les puedo enseñar.

    

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