Después de más de dos años con una relación a distancia, ya se nos estaba haciendo cuesta arriba y decidimos dar el paso: irnos a vivir juntos. Dos jovenzuelos que solo habíamos vivido en casa de papá y mamá y que pensábamos, ingenuos de nosotros, que encontrar un pisito modesto y decente no sería tan difícil. Que con nuestros sueldos podríamos pagarlo y vivir tranquilos. JA. Podéis reíros a gusto.

La primera hostia de realidad llegó con las visitas. Entrábamos llenos de ilusión y salíamos deprimidos: pisos diminutos, oscuros, con pinta de zulo medieval y precios que parecían exigir sangre de unicornio, tu primogénito y cinco meses por adelantado. Vimos de todo: cajas de cerillas, fumaderos improvisados, casas medio en ruinas… hasta que encontramos un anuncio que parecía demasiado bueno para ser verdad.

Fuimos con pocas esperanzas, pero oye, tenía buena pinta: luminoso, limpio, céntrico, precio razonable y, lo más importante, no parecía que hubiesen asesinado a nadie allí. Lo miramos con lupa esperando la pega de turno (humedades, cucarachas, vecinos chungos), pero no vimos nada raro. Así que nos lanzamos y al mes ya estábamos allí.

Los primeros días fueron de limpieza a fondo. Yo soy súper escrupulosa y necesitaba dejarlo todo como nuevo. Pedimos colchón nuevo al casero, revisamos cada cajón y armario… hasta que abrí la mesita de noche y me encontré una montaña de condones sin usar. Nos echamos unas risas pensando en el semental que había vivido allí antes y seguimos a lo nuestro.

La gracia duró poco. A las pocas noches, a eso de las dos de la mañana, alguien empezó a llamar al telefonillo. No una vez, sino varias. El telefonillo estaba roto y no se entendía nada, así que pasamos de contestar. Pero la escena se repitió varias noches más. Mi chico se asomó al balcón y vio a un chaval borracho dándole al timbre. No dijo nada, se piró, pero cada noche aparecían diferentes hombres llamando.

Hasta que un día no llamaron abajo, sino directamente a nuestra puerta. Yo, muerta de miedo, le pedía a mi chico que no abriese, pero él, cabreado, abrió. Y allí estaba: un señor que preguntó, con toda la tranquilidad del mundo, que si podía pasar “a ver a las chicas”.

Y ahí nos cayó la ficha. Nuestro piso había sido una casa de citas.

Le dejamos claro que aquello ya era una casa normal y corriente y que corriese la voz, porque no había “servicio” para nadie. Al día siguiente un vecino nos lo confirmó: efectivamente, antes había sido un piso de alterne.

Al final nos quedamos cinco años en ese piso porque era barato y estaba muy bien ubicado. Eso sí, cambiamos todos los muebles y al cabo de un tiempo dejaron de llamar. Pero os juro que cada vez que me acuerdo de la montaña de condones, me entra un repelús que no se me olvida en la vida.

Envía tus movidas a [email protected]