Nuestro protagonista es un caballero de los de antaño. ¿Años? Ha pasado ya de los cincuenta. Siempre pulcramente vestido, perfectamente aseado, manicura impecable, de exquisitos modales, gustos refinados, culto, de buena educación y conversación amena. Abrirá la puerta para dejar pasar, saludará dando los buenos días y ofrecerá su paraguas si alguien lo necesita.
Trabaja de contable en una oficina y sus compañeros no pueden decir nada malo de él. Como mucho, que está un poco pasado de moda, pero respecto al trabajo en sí, es un buen activo para la empresa, comprometido, eficiente y cumplidor. No se le conoce pareja ni hijos, aunque alguna vez se le había visto volver a casa a horas intempestivas un poco trasnochado, aunque siempre manteniendo la dignidad. Y siempre solo.
Con la edad, ha aparecido algún que otro problemilla de salud, insignificante en gravedad, pero que hay que controlar para que no vaya a más. Hoy tiene revisión médica porque ha notado ciertas molestias en el ano, especialmente cuando va al baño, y ha observado pequeñas cantidades de sangre color rojo brillante en el papel higiénico.
La doctora, después de un examen digital de la zona afectada, le ha diagnosticado hemorroides internas y le ha explicado que pueden aparecer por realizar esfuerzos durante la defecación, por seguir una dieta baja en fibra o por tener relaciones sexuales anales. Él se sonroja mínimamente, pero mantiene en todo momento la compostura.

Puesto que, por ahora, no son excesivamente graves, no habrá que recurrir a ningún tipo de procedimiento quirúrgico para solucionar el problema. Aunque habrá que ir controlando los síntomas, por si no mejoran y/o empeoran. El tratamiento con el que sale el paciente de la consulta consta de baños de asiento con agua tibia durante diez a quince minutos y una pomada con corticosteroide y lidocaína, que deberá aplicar en la región anal con un dedo, utilizando la punta del dedo para vencer la resistencia del esfínter.
Nuestro hombre va a la farmacia a por la pomada recetada y se dirige a casa, con la intención de empezar ya mismo con el tratamiento para que los síntomas comiencen a remitir.
Toma un baño de asiento y se dispone a aplicar la pomada en la zona afectada, pero se encuentra con un par de inconvenientes. Uno, le da reparo introducir su dedo de perfecta manicura en salva sea la parte. Y dos, en verdad es que no se llega cómodamente a la zona afectada. Pues tenemos un problema, porque no puede acudir a nadie, al menos de manera inmediata, para que le ayude en tal trance. Pero él es un hombre de recursos, hecho a sí mismo, acostumbrado a solucionarse sus problemas ya que vive solo. Recorre con la vista el cuarto de baño y se detiene en el vaso con el cepillo de dientes. ¿Y si…?
Gracias a Dios, hace tiempo que usa cepillos de dientes de dureza suave, con cerdas flexibles, para que no dañen sus encías. Como tiene un par más en el cajón por estrenar, decide coger el que ya está usado, aplicar una pequeña cantidad de pomada sobre las cerdas y, con ayuda de un espejo de mano, introducir el cepillo en el recto suavemente para que la pomada quede dentro del ano. Al principio, le cuesta un poco pero finalmente consigue resultados mínimamente aceptables. Así que decide que, a partir de ahora, usará este método para poder seguir el tratamiento pautado.
Una noche, de esas pocas, que vuelve un tanto “afectado”, cuando va a retirar el cepillo de dientes del ano, nota que le cuesta un poco más, puesto que, sin pretenderlo, el cepillo ha entrado más fácil y profundamente de lo que es habitual. Consigue sacarlo pero decide que al día siguiente tomará medidas de seguridad al respecto. La solución que mejor le parece, después de barajar las alternativas que se le ocurren, es la de atar el extremo del cepillo de dientes con una cuerdecita fina, para poder estirar de él si hiciese falta.

No obstante, un día que se está aplicando la pomada, oye un gran revuelo, golpes y gritos en el portal. Después de reponerse del susto, se asoma a la ventana y ve que un coche ha chocado contra una fila de coches aparcados. El conductor parece estar ebrio y es increpado por varios testigos. La policía llega enseguida y comienza a pacificar la escena. Cuando la calma vuelve a reinar y ya no hay mucho que mirar por la ventana, el protagonista de nuestra historia se da cuenta de que aún tiene el cepillo de dientes en el ano. Intenta retirarlo pero ha entrado más que ninguna otra vez. Casi no puede atrapar la cuerdecita.
Cada vez se está poniendo más nervioso y parece como si el cepillo, en lugar de querer salir, fuese introduciéndose más adentro de su cuerpo. Ahora ya empieza a sentir molestias según qué movimientos haga. Suda profusamente. Intenta enjabonar la zona pero no sale nada. Intenta ayudarse de unas pinzas de cocina pero no consigue atrapar el cepillo. De pronto, entiende algo: él sólo no va a poder salir de este aprieto, así que decide hacer de tripas corazón y acudir a Urgencias. Le cuesta bastante vestirse y bajar las escaleras, porque nota pinchazos en la zona baja del abdomen y se da cuenta que no va a poder pedir un taxi que le lleve al hospital, porque no se va a poder sentar. Antes lo ha intentado para calzarse y el pinchazo de dolor ha sido demasiado agudo.
Después de andar media hora de manera rara (la gente le mira por la calle), como si estuviese empalado pero sin el como, consigue llegar hasta el hospital. En el triaje de urgencias le preguntan el motivo de su visita: dolor abdominal por objeto extraño introducido por el recto. La administrativa que le atiende ya debe estar acostumbrada a situaciones más bizarras porque ni parpadea al apuntarlo en el ordenador.
Después de un breve tiempo de espera, le avisa un enfermero, que le hace pasar. El enfermero ya debe haber leído el motivo de consulta, porque usa un tono de voz entre paternalista y de confesionario, estilo de no te preocupes, no te vamos a juzgar.
A ver, parece ser que tiene un objeto extraño en el recto y no se lo puede extraer. Le vamos a hacer una radiografía para saber si la extracción puede ser manual o va a tener que ser quirúrgica.
El caballero se empieza a poner blanco.
No se preocupe que está en buenas manos ¿Usted tiene costumbre de meterse cosas por el ano?
La vergüenza que está sintiendo no le deja responder más que con balbuceos.
Verá, es que si está acostumbrado, podemos intentar dilatarlo y será más fácil. Así que si lo tiene por costumbre pues será mejor. Porque, en concreto, ¿de qué objeto estamos hablando?
Un cepillo de dientes, susurra el paciente.
¿Un cepillo de dientes? Hombre, si eso casi no se debe notar, ¿no? ¿O era para empezar? Pero vamos, que el culo no mastica, no debe usar cepillo de dientes ahí.
Está muerto de la vergüenza, pero hace un esfuerzo sobrehumano y casi susurrando le explica por qué motivo usaba un cepillo de dientes en esa parte de su anatomía.

La cara del enfermero pasa del estupor a la decepción, por lo prosaico que ha resultado el caso.
Pues ya ve, su magnífica idea no fue tal. Para las siguientes veces, le recomiendo que use un dedo para aplicar la pomada. Y si le da reparo, use guantes de látex. Vamos a hacerle la radiografía y luego decidimos el siguiente paso.
Hubo suerte y con un poco de sedación, se pudo dilatar el conducto y extraer el objeto extraño sin mayor complicación.
En pocas horas, el paciente salió dado de alta, con un cepillo menos y con una caja de guantes de látex en las manos, obsequio del enfermero que le atendió en primer lugar.