Piensa qué pasaría si metes dos ollas a presión en la cocina.
Ahora llénalas de Coca-Cola y Mentos.
Ciérralas.
Agítalas.

Esa es una imagen clara que explica lo que es maternar a un hijo o hija adolescente teniendo perimenopausia.

Hemos llegado a un punto en el que, cuando empiezas a criar a partir de los treinta y pico, se te junta la menopausia con la adolescencia de tus hijos. Vaya cóctel molotov.

La adolescencia es jodida para todas las partes. Para los hijos e hijas, porque se sienten incomprendidos, se creen mayores y se pegan cada guarrazo; se piensan que lo saben todo y aún están en pañales emocionalmente hablando. Y para las partes que sostienen, apoyan y educan, que suelen ser las madres, que somos las que nos llevamos los ladridos, los soplidos y los famosos «no me rayes».

Y no, no es solo actitud. Hay ciencia detrás de ese caos.

En la adolescencia, las hormonas sexuales van a lo loco: estrógenos, progesterona, testosterona… todo sube, baja y vuelve a subir sin pedir permiso. A eso súmale picos irregulares de cortisol (estrés) y dopamina (búsqueda de placer). Resultado: emociones intensas, cambios de humor nivel montaña rusa y cero filtro, sobre todo con las personas con las que más confianza tienen: nosotras.

Además, el cerebro está literalmente en obras.
La parte emocional y reactiva (la amígdala) madura antes que la parte que piensa, frena y toma decisiones (la corteza prefrontal). Por eso sienten primero, reaccionan después… y piensan cuando ya ha explotado todo. Buscan intensidad, novedad, pertenecer al grupo. No es rebeldía gratuita: es un cerebro en plena reforma sin arquitecto.

Ahora mezcla todo esto con lo que nos pasa a las madres cuando entramos en perimenopausia, que, por cierto, puede durar hasta diez años. Ahí lo dejo.

En esta etapa, las hormonas empiezan a fluctuar sin previo aviso. Los estrógenos y la progesterona suben y bajan como la bolsa en crisis. Más adelante, en la menopausia, el descenso se vuelve sostenido. ¿Consecuencias? Sueño regulinchi, sofocos, pérdida de memoria y hasta de paciencia, cansancio, cambios en la piel, en los músculos, en el metabolismo… y una sensibilidad al estrés que te dan ganas de pedir una cueva en el monte.

Los estrógenos no solo sirven para reproducirse: también regulan el ánimo, la memoria y la concentración. Cuando bajan, aparece la famosa niebla mental, los olvidos absurdos (¿a qué iba yo a la cocina?) y los cambios emocionales. La amígdala se vuelve más reactiva y la serotonina y la dopamina se descolocan, así que la paciencia se nos queda en números rojos.

No es debilidad.
No es exageración.
No es que «estés insoportable».

Es un reajuste hormonal y cerebral profundo. El cuerpo y la mente están aprendiendo a funcionar con nuevas normas, y eso requiere tiempo, escucha y cuidado. No minimizar lo que sentimos.

Y ahora dime: ¿por qué no hay especialistas que aborden este combo explosivo?

Porque necesitamos apoyo por los dos lados: psicológico y biológico. Información y acompañamiento. Porque no hay mayor tesoro que el conocimiento.

Cuando sabes lo que te pasa, puedes nombrarlo y gestionarlo.
Cuando no, piensas que estás de mal humor, que tu hijo es insufrible o que estás educando fatal. Y no: estáis atravesando procesos vitales complejos… a la vez.

Cuando la crianza se comparte, todo es un poco más fácil. Si tú tienes un mal día y ellos también, entra la otra persona adulta al rescate. Pero cuando crías sola —porque el donante de esperma huyó, no está o es emocionalmente inexistente—, esto ya no es una maratón: es un deporte de riesgo.

Así que, si me aceptas un consejo, es este:

Hazlo todo desde la HEPA:
Humor, Empatía, Paciencia y Amor.

Y recuerda algo importante:
Nosotras ya fuimos adolescentes. Eso nos da ventaja.
Ellos no han sido madres. Nunca podrán ponerse del todo en nuestro lugar. Y también tenemos que entenderlo.

Respira.
No estás sola.
Y no, no te estás volviendo loca… aunque a veces lo parezca.

Hagamos red de apoyo. Te escucho y te abrazo.

Raquel Romarís