Cuando vi el positivo en la prueba de embarazo, sentí una felicidad inmensa. También había miedo, claro, pero la alegría lo ocupaba todo. Llevábamos un tiempo buscándolo y no podíamos estar más ilusionados. Lo que no imaginaba era que esa felicidad empezaría a tambalearse en la primera visita al ginecólogo.

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Tú llegas a la consulta ilusionada, con esa mezcla de nervios y ganas por ver a tu bebé. Te has imaginado esa primera ecografías en blanco y negro mil veces. Vas a poder ver a ese pequeño ser que está creciendo dentro de ti. Y entonces llega la ginecóloga y te jode el día de un plumazo.

Antes de empezar con la eco, ella, súper profesional, te suelta algo que te deja la cabeza dando vueltas:

“Bueno, como tienes más de 35 años, hay que tener cuidado porque esto se considera un embarazo geriátrico”.

¿Un embarazo quéééé?

En ese instante mi cerebro hizo un cortocircuito. Vale, tengo 36 años. No soy una cría. Pero tampoco pensaba que fuera ya vieja para concebir. Llevo con mi pareja desde los 31, empezamos a buscar el embarazo hará un año, es que más prisa no me he podido dar. El bebé me ha llegado cuando me tenía que llegar.

Yo, que había salido de mi casa sintiéndome plena. Con mis arruguitas en los ojos y mis achaques, vale, pero no peino canas todavía. Y la doctora acaba de hacerme sentir al borde de la jubilación. Me acaba de colocar en una categoría que parece más de residencia de ancianos que de próxima maternidad.

Embarazo geriátrico me dice, y se queda tan ancha.

Le pregunto que eso en qué se traduce, y comienza a explicarme que por mi edad me deben tener más controlada, que, por ejemplo, no debo coger mucho peso (siempre hay excusa para meter el tema del peso), o que hay más riesgo de parto prematuro o preeclampsia.

También me comentó que la prueba del azúcar me la tienen que hacer en los tres trimestres, y no solo en uno, como es habitual en los embarazos normales.

Embarazos normales… porque el mío, según la medicina moderna, no lo es.

Y claro, una se queda pensando. Porque hasta hacía cinco minutos yo era una mujer sana, independiente, con trabajo, hipoteca y capacidad para tomar decisiones importantes. Pero salí de la consulta sintiéndome como una señora mayor. Como si me hubiera quedado embarazada al borde de la menopausia.

Que yo me pregunto, y si me llego a quedar embarazada con 34 años y diez meses, ¿ya no sería un embarazo geriátrico? Que yo entiendo que tienen que poner el límite en algún sitio, pero antes de catalogar como embarazo geriátrico solo por la edad, deberían mirar más factores. Las patologías previas de la madre, si ha fumado, si ha bebido, si se ha drogado… no sé. Igual yo con 36 años, que me cuido, que he hecho deporte toda mi vida, estoy mucho más sana que una chica de 25 que ha tenido todos los vicios del mundo.

En fin, que al final por culpa de una terminología cruel, te amargan el embarazo. Podrían haberlo llamado simplemente “embarazo de riesgo”, o “embarazo a edad avanzada”. Pero no. Han elegido “geriátrico”. Una palabra que en tu cabeza viene acompañada de batín de franela, zapatillas con suela de goma y un andador.

Lo más curioso de todo es que socialmente 35 años es la edad en la que mucha gente empieza a estar asentada, a tener una estabilidad económica, la vida más o menos encarrilada. Y entonces, es cuando decides formar una familia, porque antes es inviable. Pero en la consulta médica, de repente, eres casi un caso especial.

Soy un espécimen raro capaz de preñarse a tardía edad de 36 años.

Lo que me lleva a pensar que ahora mismo más de la mitad de las madres seremos geriátricas, porque, ¿quién tiene hijos con menos de 35 años? Cada vez menos. De hecho, yo me veía hasta jovencita con 36 porque conozco casos muy cercanos de amigas siendo madres primerizas con 40 y 42.

Pero los médicos pasan de las estadísticas. Ellos se ciñen a los protocolos médicos. Si llegas a su consulta con 35 años y embarazada, es un embarazo geriátrico. Punto.

Pues os cuento que mi bebé nació cuando tenía que nacer, nació sano, y yo no tuve diabetes gestacional en todo el embarazo. Las tres pruebas de la glucosa que me hicieron fueron negativas.

Así que si, fui madre tardía, según los médicos, pero no tuve ningún problema. Yo, al menos, nunca me sentí vieja durante mi embarazo. Me sentí afortunada.