Hace más de un año, por desgracia, una de mis rutinas es entrar en las redes sociales de una amiga mía a la que me referiré con la letra R e indignarme con las cosas que comparte.

Ella es una mujer maravillosa, posiblemente el alma más pura y bondadosa que me haya tropezado en la vida. La conocí llevado a nuestros hijos al colegio hace muchos años y desde el principio sentí que era alguien especial.

Un año más tarde ingresaron en el hospital a su hijo y al mío a la vez por motivos distintos. Ella par mí fue un alivio pues, aunque nuestras habitaciones no estaban cerca, tenía con quien charlar de vez en cuando mientras los niños dormían o cuando alguien venía a darnos un pequeño relevo, podía estar acompañada de otra persona adulta.

Allí aprendí mucho de ella, de su familia y un poquito de su cultura pues, como buena española, era una gran ignorante sobre la cultura árabe. Con toda la amabilidad que se puede tener me habló de sus costumbres, de su hiyab, de su idioma, de su religión… Y yo, una gran enamorada de la cultura y de aprender cosas que me son ajenas, me quedé alucinada de todo lo que me decía y, por supuesto, de todos los falsos estereotipos que tenía afincados en mi mente.

A lo largo de los años nos hicimos más amigas y hace cosa de dos años vi que empezaba a compartir contenido muy diferente del habitual. Donde todo era poesía, mensajes de amor y feminismo, ahora había sangre, destrucción y dolor.

En las noticias, la visión sesgada de lo ocurrido en Palestina me enfadaba, así que me informaba a través de medios de comunicación que hablaban de aquel “conflicto” con las palabras adecuadas (que son precisamente no llamarle conflicto).

Cada día sabía, gracias a R y los medios que ella compartía y gracias a otros medios nacionales que son conscientes del sufrimiento de un pueblo aniquilado, todas las novedades de esa terrible invasión. De cómo Israel pretende borrar del mapa la existencia de miles de personas y, no solo quieren acabar con sus vidas, sino también con su historia, con su cultura…

R me agradecía cada vez que yo compartía en mis redes mi opinión sobre aquello, como si yo lo hiciera por ella, como si a mí no me doliesen todas esas personas, todos esos niños y niñas…

No podré extenderme más sobre esto, por miedo a superar el número de palabras prohibidas. El caso es que en mi rutina se incluyó la lloradita por Palestina. Cada vez que un niño aferrado al cadáver de su madre aparecía en mi pantalla, cada vez que la imagen del fallecido Khaled Nabhan despidiéndose de su nieta de tres años inerte en sus brazos derrochando amor y generosidad me arrancaba un poco la fe en la humanidad, yo necesitaba pararme.

Estamos demasiado anestesiados ante estas imágenes. Las diferencias culturales y físicas entre ellos y nosotros parecen hacer que duela menos. Pero así como escuchas el grito de una madre, el dolor de un hijo, el llanto de un esposo… Gritan, sangran, sufren y temen igual, exactamente igual que nosotros.

Entonces invité a mi amiga a mi casa por un evento especial y allí mi marido, una amiga y yo le enseñamos los tatuajes en apoyo al Estado de Palestina que nos habíamos hecho hacía poco. Pareció emocionada y agradecida y yo no podía más que sentir que debía pedir perdón por cómo la gente como yo le daba la espalda a ella y a su familia.

Entonces ella, con su amabilidad habitual, pero con mucha más firmeza y determinación, nos contó la historia de sus tíos y primos. Esos que heredaron la casa que su abuelo construyó con sus manos. Esa en la que todos habían pasado largas y felices etapas de su vida. Nos mostró un vídeo en que su primo grababa desde la parte superior de aquella hermosa casa. Se veían casas destruidas a su alrededor y cómo caían bombas no muy lejos de allí dejando hermosas construcciones hechas añicos, cayendo sobre sus vecinos.

Impotentes y nerviosos hablaban en un idioma ininteligible para mí, pero que me parece realmente hermoso. Yo le pregunté por qué no huían, por qué no se refugiaban en otro lugar. Y ella, muy triste, me dijo “Esa casa la construyó mi querido abuelo. No van a dejarla caer. La defenderán hasta el final. Y si n o lo consiguen, solamente esperan que ninguno sobreviva. Nada sería más triste para ellos que ser el único superviviente. Ahora solamente viven esperando la hora en que nuestra casa se derrumbe sobre ellos.

Nos habló de las condiciones en que viven quienes fueron sus vecinos en los campos de refugiados. Cómo mueren de frío, de hambre, de infecciones absurdas y, por supuesto, por los ataques del ejército enemigo. Sus primos prefieren morir con dignidad peleando por la casa que representa el amor y cariño de su familia.

Nunca entenderé cómo el mundo sigue girando ante este crimen. Yo no puedo hacer mucho más que seguir diciendo donde se me permita:

Desde el río hasta el mar. Palestina libre.

من النهر إلى البحر‎

Luna Purple.