Hay pocas cosas más valiosas en el mundo que nuestros abuelitos. Cuando somos niños, los damos por hecho pero cuando nos convertimos en adultos, es cuando realmente valoramos todo lo que nos dieron y siempre nos siguen dando, cuando agradecemos cada día que pasa en el que poder seguir disfrutándolos.

Os voy a contar el drama que viví con mi único abuelo vivo un día que llegó a ser uno de los peores de toda mi vida… para terminar- por suerte- convirtiéndose en una comedia:

 

 

Solía pasar a saludar a mi abuelo un par de tardes a la semana. Él vivía solo y prácticamente en frente de casa de mis padres. Estaba ya bastante mayor, aunque aún se manejaba muy bien solo pero aún así, estábamos pendientes de él por sus múltiples despistes y torpezas. Mis padres le visitaban a diario, le llevaban comida, le ayudaban con la limpieza. Y a mí me encantaba ir a verle: era mi abuelito, una de las personas que más quería en este mundo.

Aquella tarde, como una más, aparqué el coche en su puerta a la hora habitual de mis visitas. Llamé al timbre. Esperé. Nada. Volví a llamar y, después de hacerlo varias veces y no recibir respuesta, me empecé a preocupar: mi abuelo siempre solía estar en casa a esa hora.

 

 

Después de seguir intentándolo durante varios minutos, llamé a mi madre. Ella tampoco sabía nada, supuestamente debía estar en casa como siempre. Justo mis padres se habían ido a realizar unas gestiones a otra ciudad a un par de horas de la mía y aún tardarían en regresar, así que me pidió que no me fuera de allí hasta tenerlo localizado.

Bordeé la casa para asomarme por alguna de las ventanas, y mi corazón empezó a palpitar con fuerza: la tele estaba encendida (y a todo volumen, todo hay que decirlo, como era habitual). Pensé que a lo mejor había salido un momento a algún recado rápido y se le había olvidado apagarla, así que decidí llamarle al móvil.

Tras la puerta de entrada, empecé a escuchar sonar su móvil dentro (a pesar del volumen de la tele, el timbre de su teléfono era más estridente todavía). Sonaba, sonaba, se cortó. Volví a llamar, siguió sonando. Nadie lo cogía. Lo hice de nuevo y lo mismo.  A estas alturas, yo ya estaba histérica.

 

 

Volví a llamar a mi madre. No quería contagiarle mis nervios pero no sabía qué hacer. Me indicó dónde podía encontrar en su casa la copia de la llave de la casa del abuelito. Corrí a casa de mis padres, la cogí y volví corriendo. Intenté meter la llave y… no se podía abrir. ¡Mi abuelo tenía su propia llave metida por dentro en la puerta! Ya no había ninguna duda de que estuviera dentro.

Inquieta y al borde del ataque de nervios, volví a llamar a mi madre para contárselo mientras destrozaba la puerta a puñetazos, el timbre de tanto pulsarlo y con tanta fuerza, y volvía a bordear toda la casa llamándole a gritos y mirando a través de las ventanas (imposible colarse por ellas ya que tenían rejas). Prácticamente haciendo todo a la vez.

Mi llamada informativa terminó de preocupar a mi madre. Me dijo que iban a salir ya para casa, que venían corriendo. Iban a llamar también a sus hermanos (mis tíos y otros hijos del abuelo) que vivían fuera. Pocos minutos después, empecé a recibir WhatsApps de todos ellos. Prácticamente todos estaban de camino. Todos pensaron lo peor, no era la primera vez que el abuelo nos había dado un susto y se nos pasaban cosas horribles por la cabeza…

 

 

En ese momento, salió una vecina, alertada por mis gritos. Se preocupó y me preocupó a mí más aún al contarme que realmente no había visto salir al abuelo en toda la tarde: él, que era un reloj es sus quehaceres y salidas diarias. Entre lágrimas y según instrucciones de uno de mis tíos (porque yo estaba prácticamente paralizada) llamé a la policía para ver si podían forzar la puerta y averiguar qué estaba pasando.

Justo en ese momento, llegó mi hermano pequeño, que en ese entonces tenía 17 años y que -como todos- se había enterado de toda la alarma. Venía dispuesto a tirar directamente la puerta abajo a base de golpes. Pero a la vecina se le ocurrió ofrecernos pasar por su casa y entrar a través del patio, saltando la pared que separaba las dos casas. Ni nos lo pensamos y ahí que entramos los cuatro (la vecina, mi hermano, nuestro drama y yo).

Mientras nos transformábamos en hombre y mujer-araña (o lo intentábamos, porque nos costó bastante a pesar de ayudarnos de muebles y de que mi hermano me empujara y lanzara hacia arriba) y conseguimos saltar el muro, llamábamos a gritos al abuelo, por si estaba por ese lado y no había oído puerta y teléfono en el otro lado. Pero seguía sin responder a nuestras señales.

 

 

Conseguimos saltar a su patio y corrimos al interior de la casa. La puerta del patio daba a la cocina y no estaba echada la reja, lo cual era lo habitual cuando estaba en casa. El corazón nos latía cada vez más rápido.

“¡Abuelo, abuelo!” seguíamos gritando por toda la casa. Nuestros teléfonos no paraban de sonar, a tope de notificaciones familiares. Nosotros no teníamos tiempo de atenderlos obviamente. Corrimos mirando todas las estancias hasta que solo nos quedó el dormitorio. Lo habíamos dejado para el último lugar porque solo solía pisarlo por la noche para dormir y eran las seis de la tarde. Hasta las siestas las hacía en su butaca delante de la tele.  No esperábamos encontrarlo allí pero sí… estaba tirado en su cama.

Rompí por fin en llanto cuando vimos el bulto de su cuerpo allí, en plena oscuridad. Estábamos seguros de que se había dormido la noche anterior y ya no había despertado.  No era propio del abuelito dormir una siesta (y menos a esas horas, sino mucho más temprano) metido en la cama con todo apagado, y habiéndose dejado la tele y luces encendidas, sin reaccionar ni a timbre, ni  gritos, ni al teléfono… con el sueño ligero que tenía.

Los dos nos acercamos a la cama, con el corazón en un puño, volviendo a llamarle. Estaba tumbado boca arriba y no se le oía roncar como de costumbre. Al no reaccionar a nuestras llamadas, entre llantos cogí mi móvil para avisar a la familia, que a su vez nos tiraba el teléfono abajo, todos en pleno viaje hacia la ciudad pensando en lo peor, todos llorando y afectados según los audios y los comentarios del chat.

 

ya no hay madres como las de antes

 

Solo atiné a escribir en el grupo familiar: “Está en la cama y no despierta…”. Inmediatamente, salió el tic azul. Todos estaban pendientes y leyéndolo al mismo tiempo. Entró una nueva llamada de mi madre, histérica, al mismo tiempo que oímos que llegaba la policía y llamaba desde fuera de la casa.

Y, de pronto, como si nada hubiera pasado, el abuelito se empezó a remover con dificultad (después de unos cuantos zarandeos de mi hermano), abrió los ojos y refunfuñó:

– ¿Es que uno no puede dormir ni una siesta tranquilo?

Mi hermano y yo nos quedamos ojipláticos, mirándole como si realmente hubiera vuelto del mundo de los muertos. Lo abrazamos como si hubiera resucitado, le reñimos al mismo tiempo y acabamos llorando los tres.

 

 

Resulta que el hombre estaba profundamente dormido porque había comido fuera con los amigos y, por lo visto, se habían pasado dándole al vino, que mi abuelo aún cataba de vez en cuando pero solo de forma esporádica. Se había relajado tanto que no se había enterado de toda la movida.

Nunca un susto tan grande dio paso a una sensación igual de enorme de felicidad. Toda la familia, que le había dado por muerto durante todo ese tiempo, lo celebró como si hubiera vuelto a nacer. De hecho, los que vivían fuera ni siquiera dieron la vuelta al enterarse: esa misma noche, estábamos todos en su casa riéndonos de la anécdota, y él flipando con la que habíamos montado.

Hasta el día en que murió, bastante tiempo después, por suerte, no volvió a pasarse con el vino y a volver a darnos un susto como ese.