Hace unos años que me metí en el mundo de las guarderías de perros. En mi caso lo hago a través de una aplicación y en mi propia casa, un unifamiliar con jardín y bastante espacio como para tener a la vez unos 5 o 6 perros. Me va bastante bien y lo disfruto mucho, pero siempre hay incidentes aislados, algunos más graciosos y otros que no tienen ninguna gracia, aunque en general el balance es muy positivo.
Me gusta “entrevistar” al dueño o dueña del animal antes de quedarme a su cuidado porque parece que no pero hay mil aspectos que cada persona hace de manera distinta con su perro, y prefiero evitar problemas.
Por lo general la gente es bastante normal, algunos mucho más estrictos con la dieta y las necesidades del perro, pero dentro de lo lógico y comprensible. Pero a veces, te encuentras con gente muy rara, y este es el caso de la que yo llamo la “Perrimami” por excelencia.
El término me lo aprendí de una adiestradora con la que hice un curso, y que denominaba así a las dueñas (ella decía que siempre eran mujeres, pero yo he conocido algún hombre que también encajaba perfectamente en el concepto) que trataban a sus perros como bebés, con sus ropitas, sus joyitas, y más tonterías que un perro, por definición, no es capaz de apreciar ni valorar.
Además, coincidía (y coincide) que estas personas suelen fallar en el cuidado real y necesario que requiere un perro, es decir, los paseos, una alimentación equilibrada, y la educación y socialización del pobre animal.

Sara, por ponerle un nombre que no sea el suyo, tiene como compañera perruna a una caniche toy llamada “Queen”, que pesa menos de 3 kilos y no levanta un palmo del suelo.
La primera vez que cuidé de Queen, Sara me dejó flipando en la entrevista previa: me prohibió soltarla incluso en mi jardín (dentro de casa sí, más vale), no quería que tuviera contacto con otros perros, tenía que guisar la comida yo misma (siguiendo un menú cero equilibrado, lleno de grasas y sin fibra de ningún tipo), y no traería su propia cama porque Queen dormiría en la cama conmigo, y esa era una condición indispensable para que me pudiera quedar con ella.
Como digo, me quedé loca, pero todavía no había llegado lo mejor. Cambió de tema durante la entrevista y comenzó a admirar mi casa, que qué bonita era, que a ver cuántos baños tenía, y que a ver si tenía hidromasaje, que ella estaba pensando en poner. Cuando le dije que sí, me dijo que quería que bañara a Queen en la bañera de hidromasaje, porque la razón por la que quería ponerlo ella en su casa es que la perrita había probado la experiencia en casa de una amiga y le había encantado.
Yo le dije que sí aunque no tenía ninguna intención de meter a la perra a mi jacuzzi, y ahí terminó la entrevista. Las primeras veces que cuidé de Queen, Sara fue bastante pesada con que le mandara fotos y vídeos. Es algo que siempre hago, pero de manera organizada, porque si no, dedicándome a esto, estaría todo el santo día con el móvil en la mano, así que suelo aprovechar el paseo de la mañana para hacerles un reportaje a todos y mandárselo a sus dueños y dueñas.
Normalmente la gente está encantada cuando ve a su perro disfrutar junto a otros compañeros de su especie, pero en el caso de Sara tenía que tener cuidado de que no salieran más perros en la foto, lo cual resultó ser un peñazo. Además, Sara me mandaba whatsapps cada hora (como mucho) pidiéndome más fotos y más vídeos, y preguntando a ver si ya la había bañado en el jacuzzi. Este asunto yo lo iba evitando como podía, claro, con excusas, pero cada vez que Sara venía a buscarla de nuevo me preguntaba lo mismo.

Hasta que por fin hubo una última vez de quedarme al cuidado de Queen. Creo que coincidió con que Sara había tenido algún desengaño amoroso, no lo sé, pero me da igual. El primer día al cuidado de la perra, cogí el móvil tras un rato sin haberlo mirado y tenía 15 llamadas perdidas.
Antes de que pudiera hacer nada, volvió a sonar. Cuando le cogí, la tía estaba fuera de sí, con un ataque de ansiedad, gritándome a ver por qué no cogía el móvil, que pensaba que le había pasado algo a Queen, que la última foto que le había mandado había sido a las 9pm y ya eran las 11.
Os podéis imaginar mi cara. Cuando se calmó me pidió perdón, pero no dejó de llamar y escribir a lo largo de toda la semana en la que estaba (teóricamente) de vacaciones, y uno de los días repitió la jugada del primer día, solo que a las 3 de la mañana. Me llamó histérica porque no había recibido una foto de buenas noches de la perra. Ante eso, yo tuve que ponerme seria y decirle que eso no podía volver a repetirse.
Cuando vino a por su perra, hablamos del tema, y aunque ella se mostró incluso avergonzada, yo le dije que me parecía mejor que no volviera a mi guarde, que seguro que encontraba alternativas que le encajaban mejor. Me dio un poquito de pena, pero luego vi que me había puesto a parir en las valoraciones de la app, así que se me quitaron los remordimientos.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]