Doy por hecho que muchas personas me van a llamar de todo por esta historia. Sé que para alguna gente follar en sitios públicos es lo peor de lo peor porque te pueden ver niños (¿ES QUE NADIE PIENSA EN LOS NIÑOS?). Lo sé, de verdad que lo sé. Por eso siempre estoy con los ojos bien abiertos no vaya a ser que aparezca un chavalito inocente y le pervierta la mente. También es cierto que mis fantasías en sitios públicos casi nunca son en lugares transitados, pero había una excepción: IKEA.

Llamadme rarita pero me ponía mucho la idea de follar allí. Era una fantasía que arrastraba desde que fui a esta tienda por primera vez y vi sus camas, sus casitas prediseñadas y sus lapiceros gratis.

Por cosas de la vida no suelo ir a IKEA (bueno, para ser sincera no voy porque me toca coger el coche y pegarme un viaje de 1 horita, que para las madrileñas será un paseo, pero para mí es una eternidad). El caso es que el otro día mi novio me dijo que quería pasarse por la tienda para comprar una estantería y a mi los ojos me brillaron. El sabe de sobra que me mola echar casquetes polares al aire libre.

En nuestro historial de lugares públicos están parques (DE NOCHE, que yo soy kid-friendly), un campo de fútbol (obviamente de noche también, además estaba a las afueras de la ciudad y moló mucho), la muralla de la ciudad (esta historia la recuerdo con mucho cariño) y un tubo de hormigón de una obra (era domingo y no había ni un alma por ahí). Seguramente habrá más sitios rarunos, pero bueno, estos son los primeros que me han venido a la cabeza. Estaba convencida de que ese fin de semana iba a tachar IKEA de mi lista.

No me gusta conducir pero la ocasión lo merecía. Fui todo el viaje con una sonrisita porque intuía lo que iba a suceder, y tras una hora de temazos a viva voz llegamos…

Hicimos la rutita de rigor por la zona de exposición. Los astros estaban de nuestro lado, apenas había gente. También es cierto que fuimos bastante pronto y pese a que yo no soy de polvos mañaneros, estaba demasiado cachonda como para decir que no.

Entramos en una casita de esas que tienen prediseñadas y pusimos el carro de la compra a modo barrera en la puerta que daba al baño. Lo que pasó después os lo imaginaréis: empezamos a masturbarnos de manera sutil, por debajo de la ropa como adolescentes hormonados. Y cuando estaba a puntito de correrme oímos una voz.

«Perdonen, ¿podrían salir del baño?»

¿Ves cuando te entran ganas de cagar fuera de casa y te empiezan a subir sudores fríos por la espalda? Así estaba yo. A puntito de que me diese un jari de los nervios. Yo me imaginaba a tres policías, cuatro seguratas de IKEA, la prensa y hasta al Papa Francisco.

Salimos con la cabeza agachada y ahí estaba un trabajador de IKEA con una jabonera de la mano. Le miramos, nos miró y empezó una conversación de besugos.

– Perdone.

– No, perdonen vosotros.

– Es que, bueno, lo sentimos.

– ¿Pero han sido ustedes?

– Sí, bueno, ya sabe… Pero ya nos vamos, no molestamos.

– Bueno, pero no se preocupen, que son cosas que pasan. 

– ¿Eh?

– Sí, ocurre a diario aquí… Sobre todo con niños, pero bueno.

Y en este punto os juro que yo no sabía si había una cámara oculta o qué coño estaba pasando.

– Bueno, nosotros nos vamos. Perdón por las molestias.

– Nada, no se preocupen, pero no rompan más cosas… Jejeje. 

Nunca supimos qué narices estaba pasando. Intuimos que alguien rompió la jabonera del baño y que el señor trabajador fue a reponerla con sus mejores intenciones sin saber que allí había dos degenerados follando. Lo cierto es que se nos cortó un poco el rollo y la historia se quedó ahí, en un «lo que pudo ocurrir pero no ocurrió».

 

Anónimo

 

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