Mi marido llevaba dos años sugiriéndome que hiciese algo de ejercicio. Nunca me llamó gorda directamente, pero sí que sutilmente hacía comentarios de los “muchos kilitos de más” que tenía. Sí, es cierto que había cogido unos 8kg y yo ya estaba en sobrepeso, pero he pasado por una depresión muy fuerte en la que no tenía ni fuerzas ni ganas para salir de casa, además teletrabajaba, por lo que mi vida era totalmente sedentaria. A raíz de esto empezaron otros comentarios: que si siempre estoy cansada, antes hacíamos más planes, no se puede nombrar el sexo porque nunca me apetece… Lo peor de todo es que en parte tenía razón.

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Cuando, gracias a la terapia y medicación, me estabilicé un poco más, decidí apuntarme a un deporte en grupo (por recomendación de mi psicóloga). Después de una larga investigación decidí que lo mejor era CrossFit. Un deporte en grupo pero donde el ejercicio en sí es individual. Perfecto para mí. Mi marido me regaló un par de chándals completos y una bolsa de deporte. Se podría decir que estaba más emocionado él que yo. Dos días a la semana, a media tarde. Estaba mentalmente preparada.

La primera clase fue humillante. Casi pierdo la vida 30 veces por minuto. ¿Qué hacía yo ahí intentando hacer una sentadilla delante de una chica de 22 años con abdominales marcados? Acabé tirada en el suelo sudando como un pollo asado, mientras la profe gritaba palabras motivacionales que más que motivación, sonaban a amenaza. Pero aun así volví.

No sé en qué momento ocurrió, pero CrossFit se convirtió en mi personalidad. Cuando me quise dar cuenta, estaba organizando mi vida alrededor de las clases de CrossFit, donde iba 6 días a la semana. El séptimo día (domingo) estaba cerrado, pero no impedía que nos juntásemos todo el grupito para hacer calistenia en el parque.

Mi marido pasó de estar encantado a empezar a mosquearse. Al principio estaba feliz porque adelgacé muchísimo. Se notaba en la ropa, en la cara, en la forma de caminar y en la energía para todo (sexo incluido). Pero sumado a esto vinieron más cosas. Pasaba más tiempo fuera de casa, comía prácticamente todos los días los mismos platos combinados, me negaba a planes “insalubres” que subían mis niveles de cortisol y me hacían perder la rutina del sueño… De lo que mi marido no era consciente al principio era que el gimnasio venía con personas.

Y las personas del CrossFit son intensitas, pero también increíblemente majas. Después de sufrir juntos intentando levantar una barra o vomitar tras un entrenamiento intensivo, se genera un vínculo difícil de explicar. Empezamos quedando para desayunar después de las clases del sábado. Luego llegaron las cenas, las competiciones, las excursiones para hacer rutas de montaña y hasta un grupo de WhatsApp donde alguien mandaba recetas cargadas de proteína. Después de tanto tiempo en los que no quería salir de casa ni para tirar la basura, ahora volvía a tener una vida social, y más activa que nunca. Mi marido no acabó de encajarlo. Y a ver, algo de razón tenía. Aunque reconozco que hubo un momento especialmente delicado: la famosa cena de Navidad del box.

Pensé que sería una cena normal, pero aquello parecía una despedida de solteros patrocinada por creatina. Acabamos todos bastante borrachos (a la mierda el cortisol) haciendo un campeonato absurdo de pulsos en un bar mientras sonaba reguetón y alguien proponía apuntarse a una competición por equipos en Portugal. Llegué a casa a las cuatro de la mañana, con los tacones en la mano y oliendo a tequila. Mi marido tenía una cara que parecía que acababa de descubrir una infidelidad en directo. Pero nada que ver. Decidimos descansar y mejor hablarlo al día siguiente. Ni yo quería hablar con alcohol en el cuerpo, ni quería que él hablase enfadado.

Después de una incómoda conversación, ambos comprendimos mejor al otro. Para él, aunque yo llevaba años siendo una versión “empequeñecida” de mí misma, se había acostumbrado a mi forma de ser. A no salir de casa, pedir comida a domicilio y ver qué había novedoso en Netflix. Ahora tenía amigos y planes propios, y él no pertenecía a esos planes por no hacer el mismo deporte. No es que estuviese enfadado, ni mucho menos, solo estaba descolocado por mi “cambio de vida” tan rápido.

Era cierto, ahora estaba mejor e invertía todo mi tiempo libre en mis nuevos amigos y poco tiempo en él, y eso tenía que cambiar. Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era planificarnos, aunque no forzosamente. Yo seguiría yendo 6 días a CrossFit, pero el domingo era para nosotros. Un par de noches a la semana podíamos ir a dar un paseo y cenar algo fuera sin medir la proteína que llevaba la comida. Obviamente no nos divorciamos, conseguimos hablar las cosas antes. Él entendió que el problema no era el CrossFit, y yo entendí que aunque lo nuevo sea muy interesante y novedoso, no hay que dejar atrás “lo viejo” si se está a gusto.

Sigo yendo a CrossFit. Mi marido sigue odiándolo. Cada vez que me ve salir un sábado a las ocho de la mañana con mallas fluorescentes y un mezclador de proteína bajo el brazo, pone la misma cara que pondría cualquiera viendo cómo su esposa abandona el hogar para unirse a una secta.