A día de hoy sigue sorprendiéndome que aquel polvo con final sangriento no me  supusiera un trauma para toda la vida. Y es que si aquella no era la tercera o cuarta vez  que lo hacía con alguien, quizá fuera la quinta como mucho. Por aquel entonces era una  cría de unos veinte años y no sabía prácticamente nada de sexo, ni siquiera lo que era la  fimosis, la gran protagonista y villana de esta historia. 

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En aquella época, estaba tonteando con un chico de mi gimnasio. Al igual que yo, llevaba  mucho tiempo haciendo karate y durante años había entrenado en otro centro, pero al  mudarse de ciudad, tuvo que dejarlo y el mío era el que más cerca la quedaba de casa.  Ambos competíamos, así que a fuerza de pasar horas y horas entrenando codo con codo  junto al resto del equipo, nos hicimos inseparables. Pero obviamente, en aquella amistad  había un tonteo implícito que aunque nosotros nos empeñábamos en disimular, hasta el  más tonto podía darse cuenta de que ahí se cocía algo.  

Sin embargo, a pesar de que yo era una pipiolilla por aquel entonces, me tomaba muy en  serio mi entrenamiento; no quería echar todo a perder por un simple revolcón con un tío  que, aunque me ponía muchísimo, no sabía por dónde iba a salir. Además, si aquello no  salía bien, resultaría muy incómodo volver a entrenar con él como ni nada hubiera  pasado. Con lo que yo no contaba es que las hormonas tomaran finalmente el control de  la situación la noche en la que se ofreció a acercarme a mi casa en coche después de  salir del gimnasio. Juro que en mi cabeza no tenía la más mínima intención de ceder a  mis instintos. 

No sé muy bien cómo ni en qué momento, pero cuando quise darme cuenta nos  estábamos liando a muerte en el asiento de atrás, aparcados en un callejón. Ya le había  visto sin camiseta muchas veces, pero el contexto y el decorado habían cambiado y  tenerle entre mis piernas, sintiendo el calor de su piel con aquellas abdominales perfectas  mientras me besaba y trataba de desabrocharme el pantalón era otra cosa. Mamma mía.  Creo que aquel día batimos en un récord, porque en medio segundo ya estábamos  desnudos y listos para darle al mambo. Una parte de mí me decía que me iba a arrepentir  de aquello, que donde tienes la olla no se debe meter la tal, pero decidí acallar las voces y disfrutar, qué cojones. 

Y como suele suceder casi siempre, no tardé en arrepentirme de no haber hecho caso a  mi intuición. Cuando me senté a horcajadas sobre él y aquello entró, yo no cabía en mí de morbo, pero el chaval pegó un grito que por poco no me dejó sorda. Viéndole la cara supe que aquel no había sido un grito de placer, sino de purito dolor. Yo estaba muy quieta,  mirándole sin saber qué pasaba ni que hacer, cuando de repente se puso a llorar y me  quitó de encima suya. Acojonada viva, temiendo haberle roto el pito o algo parecido, le  pregunté qué le pasaba y entonces vi que se quitaba el condón con cuidado y que éste  estaba lleno de sangre por dentro. Yo no entendía nada, sólo sabía que tenía unas ganas  terribles de echarme a llorar yo también, creyendo que aquello era culpa mía. 

Por suerte, pude volver en mí y reaccionar, aunque no supiera qué había podido pasar  exactamente. Volvimos a vestirnos otra vez y con toda la calma que pude reunir, conduje  hasta un hospital mientras el pobre maldecía en el asiento del copiloto. Resulta que el  chaval tenía fimosis, una dolencia que había estado ignorando hasta que yo me senté  encima y aquello terminó desgarrándose un poco. Después de aquel polvo que ni siquiera llegó a tener lugar, supe que le habían terminado operando de fimosis. Cuando volvió al  gimnasio no éramos capaces de mirarnos a la cara, pero supimos llevarlo lo mejor  posible. Tanto que cosa de un año después, volvimos a liarnos y pude ver el resultado  final con mis propios ojos. 

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero todavía me dan náuseas sólo de pensarlo y aunque ha llovido mucho, entre mis amigas todavía siguen refiriéndose a mí como la  Rompe Prepucios.

 

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