Cuando recibí la invitación de la boda de mi prima pensé que sería una celebración normal. Comer, beber, hacerme fotos fingiendo que me lo estaba pasando mejor de lo que realmente me lo pasaba y volver a casa con los pies destrozados por los tacones. Lo que no imaginaba era que acudiría con mi +1 (mi novio) y volvería sin él.
Llevábamos juntos algo más de tres años. Teníamos una relación normal, con nuestras diferencias, como todas las parejas. Nuestra forma de ser era muy diferente, lo que a veces hacía que congeniásemos más, y en otras ocasiones era un problema.
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La boda se celebraba en una finca preciosa. Nada más llegar empezaron los problemas pequeños que en aquel momento no parecían importantes. Él olvidó la corbata. Luego descubrió que había dejado el regalo de los novios encima de la mesa del salón (que por suerte había un banco cerca y pudimos sustituir “el sobre”). Después derramó una cerveza sobre una de las invitadas. Yo lo interpreté como una cadena de desgracias sin importancia. Pero tenía que haberme dado cuenta de que todo eran red flags que el universo intentaba enviarme.
La ceremonia fue preciosa. Hubo lágrimas, abrazos y promesas de amor eterno. Mi novio, sentado a mi lado, se pasó gran parte del tiempo mirando el móvil escondido entre las piernas. Durante el cóctel desapareció varias veces. Cada vez que regresaba tenía una excusa distinta. Tenía que ir al baño, había salido a fumar, una llamada urgente, un amigo al que no veía desde hacía años… Pero no había bebido tanto para tal cantidad de necesidades fisiológicas ni podría haber tantas amistades perdidas en el mismo lugar.
Llegó la comida y nos sentaron en mesas distintas porque la organización había mezclado algunos invitados que llevaban +1 (moraleja, no lleves un +1 a una boda). A mí me tocó con familiares lejanos y una señora que se pasó toda la boda contándome sus dolencias. A él le tocó con varias amigas de la novia. No me preocupé. Mientras la señora de las dolencias aún iba por sus rodillas, levanté la vista y vi a mi novio riéndose a carcajadas con una chica rubia. Tampoco le di importancia. Más tarde lo vi enseñándole fotos en el móvil. Y después los vi bailando antes incluso de que empezara oficialmente el baile.
A esas alturas ya estaba incómoda, pero decidí no montar una escena. Siempre he pensado que si una persona quiere dejarte en evidencia, no necesita ayuda. Aunque tampoco pensaba que podría tener tan poca vergüenza estando prácticamente toda mi familia allí.
La noche continuó. La barra libre empezó a hacer su trabajo. Los invitados parecían cada vez más felices y menos coordinados. Sin embargo, yo no bebo, y podía ver con total plenitud lo que hacían los demás. Vi a mi tío intentando enseñar sevillanas a la amiga guiri de mi prima. Vi a la señora de las dolencias guardando en el bolso algunos cubiertos. Vi a unos chavales que no pasarían de los 12 años robándose unos cigarros del bolso de su madre…
Pero también lo vi a él. Mi novio estaba en un rincón del jardín besándose con la chica rubia. Sorprendentemente lo primero que pensé fue: «Pues ya está. Misterio resuelto.»
Me pedí una copa. La necesitaba. Pero luego otra. Y después me dediqué a disfrutar de la boda. Bailé con mis primos, me hice fotos ridículas en el fotomatón, participé en una conga que recorrió media finca y terminé más borracha que Sue Ellen.
Mi ex apareció cerca de las tres de la mañana con cara de haber recordado de repente que existía. Para entonces yo ya estaba demasiado ocupada pasándolo bien. Cuando me disponía a marcharme, la novia decidió lanzar el ramo. Y terminó aterrizando directamente en mis manos.
Toda la gente empezó a aplaudir. Yo levanté el ramo como si hubiera ganado un campeonato del mundo. Mi ex observaba la escena desde unos metros más allá junto a la rubia. Y fue en ese momento cuando comprendí que la situación era tan absurda que no merecía ni una lágrima.
Había llegado a una boda con pareja. Había descubierto una infidelidad. Y me iba a casa con el ramo de la novia. Sinceramente, he tenido rupturas bastante más caras y mucho menos divertidas.
A día de hoy sigo conservando una foto de aquella noche. Aparezco sujetando el ramo, despeinada, riéndome y con una copa en la otra mano. Fui a una boda y salí soltera, pero viendo cómo acabó todo, creo que fui yo quien se llevó el mejor regalo.