Durante unos años, trabajé para emergencias. No contestando llamadas, sino coordinando las ambulancias.

Empecé allí de casualidad. Acababa de tener a mi hija, y estaba buscando un trabajo que me permitiera conciliar.

No se en España, pero en mi país es super complicado trabajar y tener hijos. Me costaba más la escuela infantil que mi sueldo.

Este trabajo cayó como un sueño, ya que me daban muchísimas facilidades. Ellos anuncian los horarios que necesitan cubrir (con turnos que iban desde las 4 hasta las 12 horas), y tu eliges los que quieras.

En mi caso, empecé haciendo turnos de 4 horas de noche. No era mucho, pero al menos me ahorraba tener que pagar por el cuidado de mi peque.

Años más tarde, cuando me separé, hacía turnos de 12 horas cuando mis hijas estaban con mi exmarido, y turnos de 6 mientras estaban en el colegio.

Era la única forma de conciliar y poder traer un sueldo para alimentar a mis hijas.

Es un trabajo muy estresante. En muchas ocasiones, de tu respuesta depende que alguien viva o muera. Y por si eso fuera poco, tienes las llamadas de broma. El tiempo que pierdes cuando alguien está aburrido y decide llamar a pedirte una pizza. O a pedir la hora. O a inventarse un tiroteo. Tiempo que podrías estar ayudando a alguien que sí que lo necesite. A mí, que ni siquiera estaba en contacto directo con esas llamadas, me estaba costando la salud mental. Hoy en día, sigo sin entender el motivo de esas llamadas, pero esa es otra historia.

Os voy a contar cuándo y por qué decidí dejar ese trabajo.

Una nochevieja que mis pequeñas pasaban con su padre, y yo cogí un turno de 12 horas.

Casi a medianoche, nos entró una llamada “Mi bebé de 3 meses no respira”.

Según los protocolos, esa ambulancia tenía prioridad absoluta.

Tuvimos que reorganizar todas las ambulancias que había por la zona para poder atender esta llamada lo antes posible. Le dimos preferencia por delante de un posible infarto, de varias caídas y de un accidente de tráfico.

1 minuto  26 segundos tardó la ambulancia en llegar a su destino.

Y cuando llegaron, el “bebé” que no respiraba resultó ser un gato. UN GATO. Que no tengo nada en contra de los gatos, mis hijas tienen 3 en casa, pero coño, no pidas una maldita ambulancia para un  gato.

Por desgracia, para atender esta llamada retrasamos la ambulancia que iba hacia el posible infarto casi 3 minutos, y cuando llegó la ayuda ya era demasiado tarde. Nunca sabré qué hubiera pasado si la ayuda hubiera llegado antes, si esa llamada no se hubiera realizado, si hubiéramos descubierto la verdad antes.

Estábamos acostumbrados a ese tipo de situaciones, pero esa vez realmente me dejó tocada. Tanto, que al día siguiente fui incapaz de ir a trabajar, ni al siguiente, ni al otro. Tardé casi tres semanas en conseguir salir de la cama otra vez. Y decidí que hasta ahí.

Ese mismo día dejé mi trabajo.

Han pasado ya varios años desde aquello, pero todavía tengo pesadillas por las noches. 

Con el tiempo, he entendido que no fue culpa mía, que a nosotros nos engañaron. Pero no puedo dejar de pensar que, en cierta manera, yo maté a aquel hombre que murió esperando mi ayuda.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en una historia REAL.