Esto no es un relato que haya pulido para que suene bonito ni para que impacte más. Lo cuento como lo viví. Y si suena desordenado o incómodo, es porque así fue. Solo pido que no me juzguéis. Han pasado años y todavía hay días en los que me despierto y lo primero que siento es culpa. 

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En primero de carrera vivía en una zona un poco apartada, dentro de la ciudad pero con aire de barrio perdido. Debajo de mi piso había un bar de los de siempre: café de tartera, cerveza barata y una terraza grande con bancos de piedra. Nada acogedor, pero era práctico. Bajaba todos los días. A comer un menú barato, a por tabaco, a por agua fría, a por café… a veces hasta solo por saludar. 

En esa terraza se sentaba siempre el mismo grupo de chicos. Nos conocíamos de vista, de coincidir en fiestas, de cruzarnos el típico saludo de movimiento de cabeza diariamente. Durante unos ocho meses fue así. No éramos amigos, pero la rutina hace que bajes la guardia. 

Una tarde de finales de mayo estaba tomando unas cañas con mi compañero de piso. Él subió al baño de casa porque decía que el del bar era asqueroso. Yo me quedé. Los chicos me dijeron que me uniera a ellos, que me invitaban a otra. Me lo tomé como algo normal. Llevábamos meses saludándonos. 

Empecé a bajar más a menudo con ellos. A veces estaba mi compañero de piso, otras yo sola. Era otro ambiente, más simple. No hablábamos de universidad ni de futuro, ninguno había acabado la ESO, yo desconectaba del todo el cerebro, eran conversaciones básicas, bromas, tonterías.

Kevin era el típico que siempre habla más alto que los demás. El que liga con todo lo que se mueve. El que bebe más de la cuenta y se pone pesado. No me gustaba, pero tampoco pensé que pudiera ser peligroso. Solo era el pesado del grupo. 

El bar tenía un solo baño mixto. Entrabas a un pequeño lavabo y luego había una puerta a la izquierda para el váter. Una tarde entré después de un par de cañas. Había alguien dentro del váter, así que me quedé en el lavabo echándome agua en la cara para refrescarme. 

Se abrió la puerta y salió Kevin. 

Tenía la mirada rara. De algo más que alcohol. No me dio tiempo a reaccionar. Me agarró fuerte de los brazos y me metió hacia dentro. El espacio era mínimo y la puerta no llegó a cerrarse del todo porque nuestros cuerpos la bloqueaban. Me tocó las tetas, las apretaba de tal forma que parecía que me las iba a arrancar. Me bajó el escote. Me besaba el cuello, la boca. Yo intentaba apartarlo, decirle que parara, empujarlo. Pero era más fuerte. Y cuando alguien decide no escucharte, da igual lo que digas. 

Sentí terror. 

No sé cómo, pero conseguí empujarlo con suficiente fuerza para salir. Cogí mi mochila fuera y me fui sin despedirme. Nadie dijo nada. Nadie preguntó. Se quedaron mirando. 

Durante semanas cambié mi rutina. Miraba por la ventana antes de bajar. Si estaban ellos, daba un rodeo enorme para salir de casa. Me convencí de que no había sido para tanto. Que no había llegado “a más”. Que denunciar sería exagerado. Que igual me dirían que yo había bebido, que qué esperaba. 

En septiembre, uno de los chicos del grupo escribió a mi mejor amiga. Habían estado liados y tenía su número. Le pidió mi teléfono. Le dije que preguntara para qué. Dijo que quería llamar. Acepté. 

La llamó y fue directo al grano: 

—Qué pasó aquella tarde que te fuiste corriendo? 

Le pregunté que por qué quería saberlo. 

—Kevin ha violado a mi novia hace dos días. 

Me quedé de piedra. No recuerdo bien lo que dijo después. Dejé de escuchar. Fue mi amiga la que le colgó y acepté a que le diese mi número. 

Victor, que así se llamaba este chico me comentó que él y Kevin vivían juntos. Había salido con su novia y habían llegado borrachos. Ella fue al baño a vomitar. Kevin entró detrás. La había violado. La llevó corriendo al hospital sin dejar que se duchase ni se cambiase de ropa. Por “suerte” hubo muestras suficientes en su ropa… y en su cuerpo. 

Algo en su cabeza conectó conmigo.

Mi caso podía ayudar. Lo mío se consideraba abuso sexual. Lo de ella era violación con penetración. Técnicamente diferente. Moralmente igual de asqueroso. 

Conocí a la chica en el despacho del abogado. Nos abrazamos sin conocernos. Yo llevaba meses pensando que si hubiese denunciado quizá ella no habría pasado por eso. Se lo dije. Ella me dijo que la culpa era de él. Que era imposible saber lo que iba a hacer después. 

Ella denunció el mismo día. El juicio tardó cinco años. Cinco años en los que tuvo que recordarlo todo. A él le cayeron años de cárcel y una indemnización que nunca pagó porque se declaró insolvente. 

Yo no denuncié. Y esa decisión me ha acompañado desde entonces. 

Durante mucho tiempo no pude entrar tranquila a un baño público. Me ponía en alerta cuando un hombre bebía demasiado a mi lado. Me costaba no pensar que si yo hubiese hecho algo más, otra persona no habría sufrido lo que sufrió. Pasé alguna vez en los últimos años por aquel bar, pero cerró sus puertas durante el confinamiento. Se cerró una etapa, sin duda la más dura de mi vida.