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Las gordas también tenemos prejuicios y también nos estallan en toda la cara

¿Se puede ser gorda y tener prejuicios? Como diría Dakota: madre mía, te digo yo a ti que sí. Pero, ¿cómo puede ser eso, si las gordas siempre os estáis quejando de lo mucho que sufrís por culpa, precisamente, de los prejuicios? Porque las gordas también somos personas, aunque todavía haya mucha gente a la que le cueste creerlo.

Las personas tenemos cabeza, las cabezas tienen cerebro y los cerebros nos hacen pensar, analizar y generar ideas. A veces esas ideas no se basan en nada que tenga que ver con la realidad (no como las películas de después de comer de Antena 3) y se crean ellas solitas por el “este me dijo”, el “yo pensé” o el “no he salido de mi pueblo en toda mi vida y bastante que estoy vivo”. Esas ideas, que más que ideas suelen ser juicios, con sentencia y todo, que no se basan en ningún hecho sino en algo preconcebido, se suelen llamar prejuicios.

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En Weloversize luchamos cada día por romper prejuicios, pero es verdad que barremos mucho para casa. O sea, aquí lo que nos va es el Body Positive, pero hay miles de causas sociales ahí fuera. Eso sí, que te apuntes a una no te da de baja automáticamente de otra. Se puede luchar por muchas cosas a la vez. Y, también, se puede pasar de todas y cada una de ellas. ¿Que serás un gilipollas? Seguramente, pero cada uno está en su derecho de luchar o no por aquello que le dé la real gana y yo, personalmente, no hay cosa que más odie en esta vida que los que vienen a sermonearte día sí, día también, con su causa, así que espero no estar convirtiéndome ahora mismo en una de ellas.

Creo que no, porque yo no suelo sermonear. Yo cuento mis experiencias, de las que saco mis conclusiones. Y ahora os quiero contar la experiencia que tuve con el rap, y cómo, en cuanto me acerqué un poquito, me estallaron todos mis prejuicios en toda la cara. Y se me quedó una cara de idiota preciosa, dicho sea de paso.

Cuando era adolescente, el rap estaba de moda. Al menos en entorno. Si eras rapero, molabas. Si no, no molabas. Así que claro, yo quería molar y me puse a escuchar rap y a vestir con ropas anchas. El rap no me gustaba nada (aunque la ropa, ni tan mal, era cómoda) y yo, en el fondo de mi alma, me sentía bastante tonta, porque estaba haciendo algo que no me gustaba solo por gustar a otros. Total, que un día me planté y dije: “mira, el rap es una mierda, qué hago yo aquí, no me gusta la música, no me gusta la estética, no me gustan los raperos… todo mal. ¡Voy a dejar de fingir y a tomar por culo el rap!” Y hasta hoy.

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Esta decisión la tomé con quince y dieciséis años, y desde entonces siempre he pesando que el rap no iba nada conmigo. Así había vivido feliz y contenta toda mi vida, sin darle ningún tipo de importancia al rap, hasta hace un par de semanas. Yo sabía la existencia de un chavalico que se llamaba Arkano, pero si me hubieras preguntado no te habría sabido decir si era rubio o moreno, alto o bajo o gordo o flaco. No tenía ni idea de quién era. Pero era rapero, así que para mí ya era motivo más que suficiente para seguir muchos años sin seguir teniendo ni idea de quién era.

Pero, un día, Arkano apareció en mi trabajo. Venía a hacer una improvisación en directo, y, bueno, si tenemos espectáculo gratis en casa, cómo me lo voy a perder. Aunque sea rap. Fui a verlo, y ojalá alguien me hubiera grabado a mí en vez de a él, porque mi cara de OMG WTF debió de ser épica. Yo debía estar así, más o menos:

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Durante muchos años pensé que el rap era una mierda solo porque a mí no me gustaba. Y sigue sin gustarme, claro, pero al haberme introducido en esta parte de la cultura musical de la mano de cuatro mierdecillas de mi colegio cuando teníamos catorce años, llevaba otros catorce pensando que el rap era cosa de gente regular. Nunca habría podido asociar diversión y rap, o creatividad y rap, o PUTO GENIO y rap de no haber sido por la casualidad de haber tenido a Arkano cerca un día en mi trabajo. Porque yo nunca me habría molestado en buscar a Arkano en Youtube, ha tenido que venir él mismo en persona a abrirme los ojos.

¿Qué aprendo yo de todo esto? Que los prejuicios son muchísimo peores que el rap. Primero, porque me convierten en una idiota que cree que tiene una opinión sobre algo que realmente no conoce, y, segundo, porque me estaban impidiendo disfrutar de cosas que, ¡sorpresa!, me gustaban.

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