Nunca he sido una detractora de Internet ni de las redes sociales, más bien todo lo contrario. Me he sumado a cada nueva red social que se ponía de moda sin pensármelo dos veces: Tuenti, Facebook, Twitter, Tumblr, Pinterest, LinkedIn, Snapchat… casi podría decirse que colecciono cuentas. Los test de “adicción al móvil” que hay por Internet los apruebo con matrícula de honor.  SOY UNA MALDITA VICIADA. Por eso nadie se esperaba que una chica 2.0 como yo, que tiene más vida social en su móvil que en la realidad, se convirtiese de la noche a la mañana en uno de esos extraños especímenes sin WhatsApp.

OH DÍOS MÍO ¿Sin WhatsApp?, ¿Como en la prehistoria?, ¿como en la Era Oscura del medievo?, ¿como en los años 90? ¿Una nativa digital desconectada?, ¿pero esto qué es?, ¿estamos locos? Bueno no, la loca seré yo, que durante dos meses he vivido sin WhatsApp y… la verdad es que no ha sido para tanto.

Como suele ocurrir, mis miedos con respecto a esta decisión (o mejor dicho, mis paranoias) no han tenido demasiado que ver con la realidad.

Expectativa: Van a pensarse que soy un bicho raro.

Seamos sinceros, no hay muchos jóvenes que vayan por ahí teniendo que dar explicaciones (“Esto…es que no tengo WhatsApp”) cada vez que intercambian teléfonos o alguien crea un grupo para comprar un regalo de cumpleaños. Y tener que dar explicaciones, por lo menos para mi gusto, es algo que no mola.

Realidad: Pareces interesante y todo.

Sí sí, quién lo iba a decir. A la gente le fascinan los rebeldes y quien no te conoce se va a su casa pensando que eres una trasgresora antisistema, pero a lo cool ¿sabes? De esas que montan cafeterías veganas gracias a una campaña crowfunding. Así soy yo, una revolucionaria  (que se pasa medio día viendo historias de Instagram).

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Expectativa: Me voy a quedar aislada del mundo y sin amigos.

¿Quién se va a tomar las molestias de llamarme para quedar?, ¿quién me va a preguntar qué tal si no es por WhatsApp? En serio, no soy tan interesante para que nadie se acuerde de mí si no se lo pongo fácil.

Realidad: Me siento más cerca de las personas que realmente me importan

Para empezar, no es como si estuviese aislada del mundo. A ver, que me he quitado el WhastApp, no es como si me hubiese unido a una comunidad amish.  Sigo teniendo otras redes sociales y sobre todo sigo teniendo un cuerpo físico (Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, más allá de dónde la memoria humana logra abarcar, la gente hablaba…cara a cara. INCREÍBLE). Bromas aparte, lo cierto es que tener que hacer “un esfuerzo” me ha confirmado con quien me relaciono por gusto y con quien solo hablaba porque estábamos en el mismo grupo (malditos sean) de WhatsApp, del mismo modo en que me ha servido para saber a quién le apetece hablar conmigo.

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Expectativa: No me voy a enterar de nada de lo que pase en el mundo.

Verás. La voy a liar. Seguro que cancelan la fiesta de disfraces y me presento allí vestida de conejita sexy como Bridget Jones. VERÁS.

Realidad: Vale, es cierto que la información tiende a llegar con retraso y que de muchas cosas no me habré llegado a enterar, lo doy por hecho, pero en estos dos meses solo he tenido un incidente como consecuencia de “no estar en WhatsApp” y no ha sido grave.

Para enterarte de las cosas tienes que estar más atento y, de nuevo, eso hace que priorices lo importante ¿A quién le importa cómo era el hotel de la playa al que fue esa tía con la que apenas te hablas? A lo mejor es más interesante que te lo cuente en persona y que descubras que podéis tener una conversación sin usar emoticonos (y si no os vais a ver si quiera, ¿qué más da? Puedes vivir sin saberlo, sé que tu lado cotilla no lo ve igual, pero sé fuerte).

Aquí la antigua yo

Aquí la antigua yo

En resumen, estar o no en WhatsApp no va ha supuesto ningún cambio radical en mi vida, así que si necesitas un respiro de los dichosos grupos y de esa sensación de conexión perpetua, adelante. Dile hasta luego a la app una temporada, porque, de verdad, si solo lo utilizas con fines personales NO PASA ABSOLUTAMENTE NADA. Si acaso, te ayudará a reordenar tus prioridades y a recordar que, con o sin Internet, todos necesitamos un poco de espacio propio.

Raquel B.