Seguro que sabéis de personas que hablan en sueños, o que son capaces de hacer alguna cosa dormidos, aunque luego lo nieguen.

Bueno, pues mi santa progenitora ha conseguido llevar este arte al siguiente nivel. Y es capaz de ser una adulta perfectamente funcional estando dormida. Siempre ha tenido el sueño muy ligero, y se ha despertado con el zumbido de una mosca, aunque ahora empiezo a cuestionarme todo, la verdad.

Al principio, eran cosas normales. Si me iba de casa y estaba dormida, decía adiós, aunque luego no se acordase. O si sonaba el teléfono luego lo negaba. Lo normal, vamos.

Pero poco a poco fue avanzando.

Recuerdo un día, que tendría yo 18 o 19 años, en el que salí de fiesta y volví a casa como a las 4 de la mañana. Fui a cerrar la puerta de su cuarto y a la cocina a comer algo antes de irme a dormir. Mi madre vino en cuanto notó la puerta cerrada, y se sentó en la cocina conmigo. Si mal no recuerdo, hasta me ayudó a cortar el jamón porque no se fiaba de dejarme con el cuchillo jamonero a mi sola. Me comí un bocata de jamón serrano con chorizo y con queso, una coca cola, y uno o dos cigarros mientras hablábamos sobre lo que había hecho esta noche.

Terminamos de comer/hablar, y nos marchamos a la cama.

Todo normal, hasta que a las ocho de la mañana me sonó el móvil. Colgué sin ni siquiera abrir los ojos, y volvió a sonar. Así varias veces. Quien fuera que quisiera que dejase de abrazar a Morfeo era, cuanto menos, insistente.

Ya cabreada, miré el móvil y veo “CASA”, llamando.

Abrí la puerta cual miura, ¿se puede saber quién coño me está llamando y para qué?

Y ahí que viene mi madre. ¡Ay, hija! Si estás en casa… ¿Cuándo has llegado que no te he sentido? Pues casi no hubo forma humana de convencerla de que se había levantado y había estado cerca de una hora hablando conmigo en mitad de la noche. De hecho, incluso hoy en día, todavía creo que tiene sus dudas.

Y así, mil historias más os podrían contar.

Aunque la peor creo que va a ser la historia de los gemelos de mi padre para mi boda.

Estaba yo buscando gemelos para mi marido, su padrino y sus caballeros (no porque nos creamos modernos, mi marido es inglés y aquí es tradición, le hacía ilusión hacerlo). Total, que me voy por las ramas, escribí a mi madre y pregunté si quería que le cogiera unos también a mi padre a juego con los demás.

Me contestó casi de inmediato que no hacia falta, que ya los habían comprado. De oro blanco y diamantes.

¿De oro blanco y diamantes? ¿Madre, nos hemos vuelto locas o qué? Y duro y dale. Me dijo en qué joyería los habían cogido, cuándo, cuánto habían costado, y que sí, que había sido un gasto importante pero como era la única hija les hacía ilusión. Me los describió con tanta precisión que hasta me los imaginé perfectamente en mi cabeza.

Pues ahí quedó el tema. Mi marido con unos gemelos de Batman de plástico, y mi padre con unos que ni el Principe Harry en su boda, pero bueno. Para gustos colores. La verdad es que ya me olvidé del tema y no volvimos a mencionarlo.

Hasta la semana de antes de la boda, cuando ya estábamos ultimando detalles. Le dije si me acompañaba, pues había quedado con la artesana que me había hecho los prendidos de los chicos, mi ramo y otras cosas más de papel. Por el camino, me echó la bronca por no pensar en mi padre.

“Hija, has comprado mil pijaditas para todo el mundo, y no has osado en comprarle unos tristes gemelos a tu padre. Está de un dolido que pa’ qué, que encima al padre de Mike si se los has cogido. Te recuerdo que eres su única hija, que lo demás son chicos.”

Madre, ¿de qué estamos hablando exactamente? Si papá tiene los gemelos de oro blanco y diamantes que comprasteis hace meses. Esos que han costado más que mis alianzas.

¿De oro blanco y diamantes? Si claro, y nosotros somos millonarios. Te lo juro, que me lo dijiste tu cuando te pregunté si hacían falta. Que no, que ni de coña. Como vamos a pagar gemelos de oro blanco y diamantes hija.

Os juro que hasta consideré el estar yo confundida, haberlo soñado o algo. Hasta que me acordé de que esa conversación la tuvimos por WhatsApp. La busqué y, hasta que no se la enseñé, me negó que hubiera sucedido.

Tampoco es que supusiera un gran drama, se compraron otros normalitos a última hora y listo.

Pero al menos aprendimos dos cosas: mi madre dormida es una persona diferente a mi madre despierta, y a no mantener conversaciones importantes hasta cerciorarnos con cuál de las dos estamos hablando.

 

Andrea M.