Cuando conocí a mi chico pensé que el Universo por fin había escuchado mis súplicas. Como una niña escribiendo su carta a los Reyes Magos, yo no me cansaba de pedir un hombre divertido, cariñoso, trabajador, con las ideas claras, maduro y a poder ser, mono. ¿Era mucho pedir? Pues en vista de los años que tardó en aparecer, sí. El hombre ideal que yo tanto anhelaba se convirtió en el equivalente a la casa de ensueño de Barbie: eso que siempre pedí en Navidad pero que nunca me trajeron. Y cuando ya casi había tirado la toalla, por fin llegó a mi vida y yo no podía ser más feliz.

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Todo era tan perfecto que me daba miedo y me pasaba los días esperando que algo malo sucediera, porque no estaba acostumbrada en absoluto a que las cosas salieran a pedir de boca. Sin embargo, el tiempo pasaba y todo seguía bien entre nosotros. Incluso cuando llegamos a esa etapa en la que decides que es el momento de abrirte en canal con tu pareja y confesar ciertas cosas de tu pasado. Errores, heridas aún por cicatrizar, ex parejas y traumas varios fueron algunos de los temas que sacamos a la luz y, aun así, sobrevivimos.

Él lo sabía todo de mí, y yo todo de él. O al menos eso pensaba. Sin embargo, a mi chico se le olvidó contarme un pequeño secreto y yo lo descubrí por mi cuenta de la peor manera posible: el colega era sonámbulo. Vale, no tenía mujer e hijos ni había pasado por la cárcel, pero creo que el hecho de ser sonámbulo es algo que se le cuenta a tu pareja para que, cuando te levantes a hacer cosas muy extrañas, ella no piense que se te ha ido la olla.

Ya llevábamos un tiempo saliendo y habíamos dormido juntos varias veces sin que nada raro hubiera sucedido. Hasta que una noche de tantas, me despertó un ruido y vi que estaba sola en la cama. Me quedé unos segundos intentando descifrar qué había sido ese ruido, cuando volví a escucharlo. ¿Estaba cantando y dando palmas en la cocina? Estaba cantando y dando palmas en la cocina. Al final decidí levantarme para ver qué demonios estaba haciendo a esas horas sin saber que me encontraría con un cuadro interesante.

Cuando llegué a la cocina vi a mi chico desnudo en la oscuridad. Al encender la luz, me encontré con que no sólo estaba en pelotas, sino que además estaba agarrado a un bote de cacao en polvo del que comía directamente con la mano. Él no me escuchaba, era como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí. Fue entonces cuando empezó a tirar el cacao en polvo por los aires, como si fuera confeti. No contento con ello, se puso a darle golpecitos en el culo al bote como si fuera un bongó mientras cantaba «si te da el sol en la cara».

Aún estaba en shock cuando se puso a bailar mientras cantaba y le daba golpes al bote. Y no bailaba de cualquier forma, no. Se meneaba como una experta bailarina de streaptease, como si se hubiera convertido en una especie de teibolera sexy al más puro estilo Salma Hayek en Abierto hasta el Amanecer. Sólo que con el culo un poco peludo y la boca pringada de chocolate. Después de marcarse un baile de lo más «sensual», dejó el bote en la encimera y me dejó allí plantada.

Cuando le seguí todavía con la boca abierta y muerta de risa, vi que se metía en la cama como si no hubiera pasado nada. Al día siguiente, cuando se encontró con las manos y las uñas perdidas de chocolate, así como las sábanas y la almohada, me preguntó qué había pasado. Sin poder contener la risa le conté todo sobre su numerito, lamentando no haber tenido la rapidez mental de grabarlo en vídeo. Como si yo no me hubiera dado cuenta, me confesó que era sonámbulo. Desde entonces, no ha vuelto a repetirse nada igual, pero sé que, desde luego, no voy a aburrirme con él.