Lifestyle

Los gilipollas no son billetes de 100€, ¡déjales ir!

Amigas mías, mujeres listas, empoderadas y con un par de dedos de frente, os vengo a pedir un favor: alejad a la gente chunga de vuestro alrededor. De verdad, no son billetes de 100€, no os van a dar nada positivo. Sólo os aportan cosas negativas, y para negativo el saldo de la cuenta tras las rebajas.

¿Por qué se me ha ocurrido esta disparatada idea?, os preguntaréis. Yo os lo cuento encantada.

Resulta que hace dos años lo dejé con mi ex, Carlos (nombre real, que yo he venido a mojarme). Era un crío celoso, intelectualoide pero en plan pedante y pesado, y muy posesivo. Al final la relación se cayó por su propio peso con un poco de empuje por mi parte.

Durante el primer mes él se empeñó en seguir siendo amigos y me dio unos argumentos tan aplastantes que me pareció bien:

  • Tenemos amigos en común, sería raro que tú y yo estuviesemos mal. 
  • Hemos vivido cosas maravillosas.
  • Eres una tía de puta madre.
  • Creo que como amigo te puedo aportar más que como pareja.

Tras la prueba piloto siendo amigos, me di cuenta de que no iba bien la cosa. Influyó el hecho de que yo me echase novio y Carlos se volviese un loco del glande (versión masculina de la manida expresión “loca del coño”). Me montó un pollo de fiesta y dije “hasta aquí, colegui”. Le dije que por su salud mental no podíamos ser amigos. Real que esto lo hice pensando en él, que es lo más chungo. Bloqueo y a seguir la vida.

Meses después nos encontramos por la calle y le vi calmado, sereno y feliz. Me pidió otra oportunidad como amigos y yo, que soy tonta como una piedra, acepté.

Desde aquel entonces empecé a sentir una presión en el pecho cada vez que me hablaba. No hacía nada mal al uso, pero yo me angustiaba sabiendo que él volvía a estar en mi vida. A veces me escribía para quedar a tomar algo con nuestras respectivas parejas y ponernos al día, pero me daban los siete males y me inventaba excusas. Otras veces me daba la chapa contándome sus dramas y yo aguantaba estoicamente.

El punto de inflexión llegó esta nochevieja cuando salí a tomar algo con mi mejor amiga, que estaba pasando una temporada chunga con ansiedad y psicólogos. Fuimos a un bar de nuestra ciudad y de repente por la puerta entró Carlos. Se acercó a la barra, donde estábamos nosotras, y se pasó 2 horas de reloj hablando de sus cosas sin apenas dejarnos hablar. A mi amiga (que no le tiene mucho cariño porque es una mujer tremendamente sabia) le dio un ataque de ansiedad y tuvimos que salir del bar. En ese momento algo hizo clic en mi cabeza.

“Puedes ser un capullo conmigo. Puedes ser un pesado, agonías y pedante. Aguantaré. Pero uy de ti como le hagas daño físico o psicológico a mi mejor amiga…”

Me di cuenta de que estaba reteniendo a una persona que me aportaba ANGUSTIA por miedo a hacerle daño, sufriendo yo. Total, que no he vuelto a hablar con él ni con el grupo de amigos que teníamos en común, porque tampoco me aportan nada y esto no es como la ropa que te compras para cuando adelgaces, que la guardas por si algún día te sirve. Me salí de grupos sin decir adiós y cada vez que Carlos me habla le ignoro.

Por un lado pienso que igual se merecía una explicación, pero no quiero gastar ni un segundo más en relaciones que me dan pereza. Algunas me llamaréis egoísta, otra economista de la felicidad.

Compartir:

Login