Llevamos un par de años organizando nuestra vida alrededor de mis suegros. Mi suegro está encamado, mi suegra cada vez va peor y mi cuñado vive en el otro hemisferio. Aunque nosotros estamos a 100 km, sentimos la obligación de ir todos los fines de semana para echar una mano. Los viernes al mediodía hacemos la maleta y nos vamos allí hasta el domingo por la tarde.

Mi cuñado aparece dos veces al año y cuando lo hace, actúa como si fuera el más implicado de todos. Quiere revisar todos los papeles y trámites (aunque ya los llevo yo va a hacerse ver al Ayuntamiento para que le expliquen todo otra vez). También se cree en el derecho de decirnos cómo tienen que comer, vestirse y ejercitarse sus padres. Cada vez que viene se me dispara la tensión porque ya sé lo que toca. Según él, tienen que comer mejor, pero con más de 80 años no van a cambiar ahora sus hábitos. Nosotros intentamos que coman lo más sano posible cuando estamos allí, pero nadie les quita su vaso de vino en las comidas (misión imposible). También critica cómo visten, cuando lo único que buscan es estar cómodos porque apenas salen de casa. Y sobre el ejercicio, poco más pueden hacer. Uno está encamado y la otra tiene el cuerpo destrozado. Al principio intentábamos explicárselo y se limitaba a poner malas caras, pero con el tiempo ya dejaron de ser opiniones para convertirse en exigencias.

Desde hace un tiempo tenemos que cuadrar nuestras vacaciones con las suyas para que mis suegros no estén solos. Y aun así, en varias llamadas hemos descubierto que, aunque duerma allí, se pasa el día haciendo rutas por la montaña, saliendo de fiesta o yéndose de paseo porque, según él “También son sus vacaciones”. Mientras tanto, nosotros pasamos los fines de semana prácticamente encerrados allí y solo salimos para hacerles recados.

La semana pasada era el cumpleaños de mi madre y mis hermanos organizaron una sorpresa para el sábado. Se lo comenté a mi marido y le pareció bien. La idea era ir el viernes a casa de mis suegros y al mediodía del sábado marcharnos a casa de mis padres, que todavía está más lejos. Lo hablamos con mis suegros y les pareció perfecto.

Ayer escribió mi cuñado indignado porque no entendía cómo se nos ocurría dejarlos solos. Se me hinchó la vena de la frente ¿Nosotros tenemos que estar disponibles todos los fines de semana y ni siquiera podemos dedicar UN DÍA a mi familia? Si me dijera que están desatendidos podría entender el enfado, pero es que vamos religiosamente de viernes a domingo y si uno no puede, al menos va el otro. Cuando alguno de mis suegros ha ingresado, uno de nosotros se queda en el hospital y el otro en casa con quien sigue allí. Otras veces ya se había molestado por situaciones parecidas, incluso cuando mis suegros estaban bastante mejor, pero lo de ayer fue la gota que colmó el vaso. Mi marido aguantó infinidad de whatsapps acusándonos de irresponsables. Se me hinchó la vena de la frente y puse fin a esto. Le mandé un audio diciéndole que se había acabado tanta tontería, que yo tenía exactamente el mismo derecho a ver a mis padres que el que tenemos de ir todos los fines de semana a cuidar de los suyos, y que me parecía increíble que alguien que vive en la otra punta del mundo y apenas está aquí se creyera con autoridad para juzgar cómo hacemos las cosas.

En cuanto escuchó el audio nos bloqueó a los dos. En lugar de sentirme mal, sentí una paz mental que hacía muchísimo tiempo que no tenía.

Después hablamos con mis suegros para explicarles la situación y entendieron perfectamente lo que había pasado. También les parece lógico que vayamos a ver a mi familia de vez en cuando. De hecho, fueron ellos quienes propusieron contratar a una chica unas horas los fines de semana para que podamos estar más tranquilos, ver a mis padres o simplemente salir a tomar un café sin sentirnos culpables. Jamás pensé que algo así saldría de boca de mi suegra, pero lo agradecí mucho.

Cuando empezamos a hablar de cómo pagar a la chica (porque económicamente nosotros podíamos) fue mi suegra quien dijo que, ya que su hijo no estaba allí, al menos podría aportar económicamente. Nos pareció perfecto. Imagino que a él no le hará tanta gracia, pero a estas alturas ya me da exactamente igual.