Hay confesiones que una hace esperando que la gente la entienda y no la juzgue. Esta es una de ellas.

Más testimonios en whatsapp, es privado!!

No me siento orgullosa de lo que hice. Es más, si pudiera volver atrás, probablemente cambiaría muchas cosas. O quizá no. No lo sé. Porque cuando eres madre, el instinto protector muchas veces habla más fuerte que la razón.

Mi hijo acababa de cumplir dieciocho años cuando un día llegó a casa y me dijo que estaba saliendo con una chica. Le pregunté quién era ella, si era de su instituto, del barrio, si la conocíamos a ella y a sus padre.

Puso una cara muy rara y me dijo, que bueno, que sí que era de nuestro barrio. Pero que de su instituto no era.

Yo lo freí a preguntas y ya me lo contó todo. Era una chica de 27 años, separada y con dos hijos. Yo sabía quien era, porque digamos que era conocida en el barrio no precisamente por ser buen ejemplo.

La chica era una pieza. Tenía una niña de 10 años, que la tuvo con 17 años, y un niño de 6. Sus hijos eran de padres distintos. Se sabe que vivían de ocupas en unos bloques de mala zona de mi ciudad. Por lo visto se acababa de separar del padre del niño y había empezado una relación con mi hijo.

Cómo podéis imaginar, me hizo cero gracia que mi hijo, que acababa de cumplir la mayoría de edad, estuviera con una tipa nueve años mayor que él y con cargas familiares.

No era una cuestión de que tuviera hijos. No era una cuestión de que estuviera separada. Era una cuestión de que mi hijo todavía era un niño. No creo que estuviera preparado para ser padrastro de esos niños cuando yo aún le levaba la ropa y le limpiaba la habitación.

Al principio no quise meterme porque basta que le niegues algo para hacerlo más atractivo, así que yo no dije nada. Intenté convencerme de que era un prejuicio mío. Que el amor no entiende de edades y que esa chica tenía todo el derecho del mundo a rehacer su vida.

Pero entonces empecé a ver cómo mi hijo, que estaba terminando el Bachillerato, salía del instituto y se iba a recoger a los hijos de su novia al colegio. Mientras ella trabajaba en no sabemos qué.

Los fines de semana ya no quedaba con sus amigos, se iba a casa de ella. Pero no a ver pelis de Disney en familia, no. Muchos sábados se quedaba con los niños para que ella se fuera a trabajar o para que saliera de fiesta con sus amigas.

Ella, madre con 27 años, se iba a bailar y a tomarse unas copas con sus amigas, mientras mi hijo, de 18 años, se quedaba en su casa cuidando de dos niños que no son suyos.

Pasó de ser un chico que hablaba de la universidad, de sacarse el carné y de hacer un viaje con los amigos, a decir que iba a buscar trabajo para ayudarla a ella económicamente. El día que mi hijo me dijo que estaba pensando en no ir a la universidad y meterse a trabajar con su padre en el taller, ese día me planté.

No podía permitir que mi hijo se jodiera la vida por una tía que no era trigo limpio.

Primero intenté hablar con él. Le dije que una relación así requería una madurez que él todavía no tenía. Que no podía quemar etapas. Que con dieciocho años lo normal era equivocarse con una novia de su edad, no convertirse en el apoyo emocional de una mujer que ya había vivido un matrimonio y tenía dos hijos.

Él me respondió que estaba enamorado y que quería estar con ella por encima de todo. La típica frase.

Pero entonces fue cuando decidí que tenía que hacer algo. Me tenía que meterme en la relación si no quería que mi hijo acabara mal.

Como mi hijo estaba súper enamorado y sabía que no la iba a dejar, empecé a manipularla a ella. Cada vez que nos veíamos yo hacía comentarios sobre el futuro de mi hijo, sobre la carrera que iba a estudiar, sobre un viaje que tenía preparado con sus amigos, sobre la fiesta que se pegaron hace dos fine de semana…

Algún día vino mi hijo súper enfadado porque ella se pensaba que estaba todo el día de cachondeo con sus colegas, él le decía que no y ella no le creía.

Pero el golpe final fue magistral. Me cree un perfil en Instagram, puse fotos de una chica que encontré en internet y la escribí. Le dije que su novio le estaba poniendo los cuernos conmigo. Le di todo lujo de detalles para que fuera creíble, lunares que tiene mi hijo en sitios estratégicos, le describí la habitación de mi hijo dónde, supuestamente, habían tenido encuentros sexuales cuando nosotros, sus padres, no estábamos. Se lo creyó todo, todito.

A los pocos días mi hijo me contó que habían roto.

Estuvo mal varias semanas, pero llegó el verano, hizo planes con sus amigos, se matriculó en la universidad y volvió a ser el mismo de siempre.

Jamás le conté lo que había hecho. No tiene que saberlo. Los padres a veces hacemos estas cosas para proteger a nuestros hijos.

¿Crucé los límites? Si.

¿Volvería a hacerlo? Por supuesto que sí.

Salvé a mi hijo de una relación que no le traía nada bueno. Le di la oportunidad de vivir su vida, de hacer las cosas de su edad, de conocer a chicas de su edad. Evité que le diera un tercer hijo a esa señora, más una manutención posterior cuando ella lo dejara. Le evité una vida de mierda.