La historia que vengo a contar no es fácil para mí. Inevitablemente me vienen a la memoria los momentos más duros de mi vida. Sin embargo, todas las lágrimas que derramé y las noches sin dormir me llevaron al lugar donde estoy ahora, y eso no lo cambiaría por nada.

Conocí a Antonio cuando yo tenía 22 año. Diría lo de “yo era una cría”, “no sabía lo que quería” o cualquier otro tópico, pero la verdad es que no fue así. Tenía la cabeza bien amueblada y me consideraba bastante madura. Sabía lo que quería hacer en mi vida, y en aquel momento era no tener ataduras con nadie. Si salía de fiesta y alguien me gustaba, no me daba vergüenza tirarle la caña y acostarme con él. No creo que deba dar explicaciones, pero considero importante aclarar que SIEMPRE usé protección.

Como decía, conocí a Antonio una noche de fiesta en un bar al que solía ir con mis amigos. Nos gustamos, empezamos a hablar y acabamos en su casa acostándonos. Todo fue normal. Se puso el preservativo y al acabar se lo quitó y lo tiró a la basura. No noté nada extraño hasta que tres semanas después cuando debía bajarme la regla, no había ni rastro.

Intenté no ponerme de los nervios y esperé otra semana más. Mis reglas eran como un reloj así que desde el minuto cero todo me pareció extraño, pero no quería alarmarme demasiado. Cuando pasó esa eterna semana me hice las pruebas y efectivamente, estaba embarazada.

Empezaron las dudas:

¿Cómo coño le cuento esto a Antonio si no tengo ni su número? ¿Debería decirle que estoy embarazada? ¿Me odiará por ello?

¿Sigo adelante o no? ¿Cómo voy a tener un niño si no tengo ni trabajo? ¿Estoy preparada mentalmente para esto?

¿Llamo a mis padres? ¿Se sentirán decepcionados? ¿Podrán mirarme a los ojos?

¿Me dejaran de lado mis amigos? ¿Pensarán que soy una irresponsable? ¿Me creerán si les digo que sí usé condón?

Decidí hablarlo con mis padres y con mis amigos más íntimos. Me apoyaron en todo momento y me animaron a tomar la decisión que yo creyese conveniente, que fue tener al niño.

La decisión de decírselo o no a Antonio fue de lo más difícil, para qué mentir. Finalmente pensé que merecía saberlo y removí cielo y tierra para poder contactar con él. Me dieron su número y le conté la situación. Le expliqué que podía desentenderse o implicarse, que yo jamás le iba a exigir nada. Él decidió alejarse tanto de mí como del niño y en parte lo entiendo. También soy consciente de que en cualquier momento puede volver y, sinceramente, me dolerá, pero es su derecho y tanto mi hijo como yo estamos preparados por si eso sucede.

De toda esta experiencia he aprendido a tolerar el miedo. Aunque por fuera pareciese segura de mi misma y de mi decisión, hubo momentos en los que las inseguridades me asaltaban. Al final del embarazo me arrepentí totalmente, y ese arrepentimiento se mezcló con la culpabilidad por no desear que mi hijo naciese.

Durante los días malos cuando mi hijo lloraba por los cólicos o cuando tenía pataletas repentinas que no sabía calmar, aparecía en mi mente un horripilante “y si…” que acallaba con mucha vergüenza. Después entendí que era normal sentirme así. No soy perfecta, sólo soy una mujer -y encima madre-. Quiero a mi hijo más que a nadie en este mundo y aunque a veces me pregunte como habría sido mi vida sin él, tenerle es la mejor decisión que he podido tomar.

 

Anónimo

 

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