Ya está aquí junio. Ese mes adorado por los amantes de los memes de Julio Iglesias porque julio ya está a la vuelta de la esquina; es el mes favorito por los maestros porque saben que antes de que termine junio habrá acabado su sufrimiento; y también es ese mes que odiamos las que somos madres.

Para mí, junio es el caos. Es el lunes de los meses del año.

Empezando porque ha llegado el calor. Aún no has hecho el cambio de armario, porque estás esperando a que sea 40 de mayo para quitarte el sayo y tienes los cajones aún con ropa de invierno. Sobre la cómoda has dejado alguna camiseta de manga corta para ir tirando hasta que saques todo lo del verano. A ver si te sirven los pantalones cortos, que esa es otra…

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Ese momento tenso de probarte la ropa de verano a ver si aún te vale. Y cuando te llevas la grata sorpresa de que te cierra el short que te compraste el año pasado, te miras las piernas y te das cuenta de que igual es hora de depilarse.

Las camas aún con los nórdicos, que acaban cada noches tirados en el suelo. A ver quién es el guapo que duerme con un edredón cuando en la calle hay veinte grados por la noche.

Y encima si eres madre, seguro que te ha pillado el toro con las compras. Ha llegado el calor de golpe y no tienes ropa de verano para tus hijos. Al pequeño lo apañas porque hereda ropa del hermano, pero el mayor ha pegado el estirón y las camisetas del verano pasado le están ridículamente cortas. Este finde sin falta al Primark.

Qué me decís de la jornada reducida en los colegio. ¿A quién se le ocurrió que era súper buena idea que los niños en junio salieran antes de clase?

Dependerá de la zona, pero en el caso de mis hijos, tienen jornada intensiva todo el año. De normal, los recojo a las cuatro de la tarde, después del comedor. Vale, pues dime tú qué sentido tiene quitarles una hora y que, en lugar de salir a las cuatro, salgan a las tres. ¿Es que a las tres no hace calor? ¿De repente a las cuatro de la tarde en junio comienza a haber cuarenta grados a la sombra, pero a las tres se está de lujo en la calle?

De verdad que no lo entiendo. Nos complican a los padres la vida. Porque para recoger a mi hijo una hora entes o bien dejo de trabajar yo esa hora, o mando a alguien a por él, o tengo que dejarlo en el cole y pagar la acogida. Porque sí queridas, esa hora en la que hace un calor infernal, se pueden quedar en el cole, como siempre. Pero si lo pagas. Es absurdo.

Y el cambio de hora, no me hagáis hablar del cambio de hora… ¡Qué bien! Los días son más largos, aprovechamos más las horas de sol. Genial todo, Hasta que le tienes que decir a un niño de siete años, que todo lo debate, que se tiene que ir a la cama ya que son las nueve y media de la noche y mañana hay cole.

“¡Pero si es de día aún!”. Te suelta. Y con toda la razón del mundo. Yo le bajo las persianas hasta abajo, para que no quede ni una rendijita. Pero él sabe que es de día. Su cuerpo lo sabe. Negocia contigo para quedarse un ratito más jugando. Quiere agua, quiere leer un cuento o quiere que le cuentes una historia. Cualquier cosa antes que dormirse con el sol aún dando en su ventana.

Que tú miras el reloj, sabes que mañana suena el despertador a las siete y media y te va a tocar levantarlos. Porque el cole sigue.

Porque junio es oficialmente escolar pero emocionalmente están de vacaciones.

Y como trabajes y tengas que llevar a tus hijos a las colonias de verano, con los mismo horarios del cole, te esperan unas semanitas de peleas por la noche porque no se quieren dormir, y de peleas por la mañana porque no se quieren levantar.

Junio es también el mes de las celebraciones: graduaciones, fiestas de fin de curso, regalos para los profes, cumpleaños de niños que los cumplen en junio, cumpleaños de niños que los cumplen en julio o agosto, pero los padres se lo celebran en junio porque en verano está todo el mundo de vacaciones… Vamos, que se te va un dinero en junio con tanto celebración.

Cada año, temo junio. Es el mes en el que me doy cuenta de lo difícil que es ser madre cuando la sociedad y la temperatura no ayudan.

Y lo más curioso es que lo sobrevivimos. A trompicones, con calores, con ropa que no te vale del verano pasado, con niños que se acuestan tarde y se levantan temprano, con eventos casi todos los días del mes. Pero lo sobrevivimos.