Por una tontería he estado años sin hablarme con el señor que me trajo a este mundo.

La misma persona que estaba en las nubes con la llegada de su primera nieta. Aquella que, durante mi embarazo, se hacia los mil kilómetros que nos separaban en varias ocasiones solo para poder comer conmigo.

Mi peque nació, y quedamos en que vendría tal día a tal hora a conocer a su nieta.

Aprovechando el viaje, quedó con unos amigos a comer antes de venir a mi casa, y la cosa se le alargó. Me llamó a las diez de la noche diciendo que estaba de camino. Y le dije que no.

Llamadme mala hija o todo lo que queráis, pero a las diez de la noche un bebé que no tendría ni diez días tiene que estar durmiendo, y nosotros con ella. Todavía éramos nuevos en esto de la paternidad, y yo no sabía ni por dónde me daba el aire, así que hacíamos lo que podíamos, y aún no le habíamos cogido el punto a la criatura de noche.

Total, que le dije que no podía ser, que mejor viniera al día siguiente por la mañana y pasábamos el día juntos.

Y le sentó mal.

Tan mal que se puso a insultarme por teléfono, hasta que me soltó la bomba: o venía ahora o no venía nunca.

Le dije que entonces no viniera nunca y le colgué. Le llamé al día siguiente, ya mas tranquila, pensando que vendría, pero no. No me cogió el teléfono y supe por mi tío que se había vuelto a su ciudad.

Y así pasaron siete años.

Yo consideraba que tendría que ser él quién diera el primer paso, así que no le llame más.

Hasta que un día mi peque vino del cole diciendo que habían estado hablando de las familias, y del árbol genealógico. Como deberes, tenia que preparar el suyo propio.

Ya había rellenado la parte que sabía: nosotros, sus hermanas, sus tíos y los otros tres abuelos. Pero le faltaba su otro abuelo, mi padre.

Me preguntó por qué ella no tenía dos abuelos como todas sus amigas, y que si su abuelo estaba en el cielo como nuestro perrito. Y a mí me derritió el corazón.

Al principio no supe que contestar, pero decidí que era mejor decirle una verdad a medias. Le dije que el abuelito vivía lejos, y por eso no podíamos verle.

Con toda su inocencia, me contestó ¿y no podemos llamarle por teléfono como a las abuelitas? Toda nuestra familia vive lejos, así que tenía sentido lo que la niña decía.

Ante su lógica aplastante no supe que más decir, así que, tras mucho pensarlo, decidí mandar un mensaje a escondidas. No sabia con lo que me iba a encontrar, así que lo mejor era que ella no supiese nada. Por si las moscas.

“Tu nieta quiere conocerte. ¿Estarías dispuesto a una videollamada?. Fue todo lo que puse en el mensaje, pues no sabía que más poner.

Ni diez segundos habían pasado cuando me llamó y, llorando, se presento a su nieta. Y ella le presentó a sus otros dos hermanitos que yo había tenido en estos años.

El siguiente fin de semana, se volvió a hacer los mil kilómetros que nos separaban para conocerlos en persona.

Hoy en día, nieta y abuelo son inseparables. Él esta siempre disponible a una llamada de distancia para lo que necesitemos, y todo su tiempo libre lo emplea en venir a vernos.

Por mi parte, yo hablé largo y tendido con él y decidí perdonarle por el bien de mis retoños. Ya que la sonrisa en la cara de mis hijos cuando hablan de su abuelo pesa más que cualquier rencor.

Anonimo.