Desde pequeño le gustaban los bichos. Las hormigas, los saltamontes, los escarabajos… Hasta ahí todo bien. Yo pensaba que era una fase. Como lo de los Power Rangers o las piedras con forma de corazón. Pero no. Resultó ser vocación.
Ahora tiene treinta y pico años, sigue viviendo conmigo y tiene más de cuarenta especies distintas de arañas en su “laboratorio”. Con papeles, con terrarios bien cerrados, con temperaturas y humedad controladas, sí. Pero arañas. Algunas venenosas. Una, según leí en internet, puede matarte en menos de una hora si le da por morderte. ¿Y cómo se llama? Phoneutria nigriventer. Parece una contraseña de Wi-Fi, pero es una pesadilla con patas.

Yo intento normalizarlo. Lo intento de verdad. Me repito que hay madres con hijos peores, que al menos no trafica con criptomonedas, no se ha metido en ninguna secta, no se emborracha en botellones. Pero es que las suyas tienen ocho patas, colmillos y pelos. Y están vivas. En mi casa.
Cucarachas vivas, ratoncillos y otros sustos
La primera vez que vi cómo alimentaba a una Poecilotheria regalis, casi me desmayo. Le soltó una cucaracha viva en el terrario y se quedó embobado mirándola como si fuera el ballet del Bolshói. Dice que le relaja. Yo no puedo ni mirarlo. Tiene una caja entera en el armario llena de blapticas dubia, grillos y no sé qué otros bichos más, todos vivos, esperando su turno. Algunas arañas se conforman con eso. Otras son más grandes y necesitan algo más contundente, como langostas o gusanos gigantes que se mueven como si supieran su destino. A veces me da hasta pena por los bichos, te lo juro. Pero él lo ve como parte del ciclo natural.
“Mamá, no muerden si no las tocas”
Esa es su frase estrella. “Mamá, si no las molestas, no hacen nada”. Como si fuera un consuelo. A mí me da igual. Yo entro en esa habitación y me dan escalofríos hasta las pestañas. Aunque no salen, yo vivo con ese “¿y si?”. ¿Y si un día se abre un terrario por accidente? ¿Y si se escapa una? ¿Y si me sube por la pierna mientras veo la novela?

Alguna vez he soñado que una se me cuela en el zapato. O que me espera detrás de la cortina de la ducha. A veces me despierto y reviso las sábanas. Porque lo siento, pero no es lo mismo tener un gato que tener una tarántula comiéndose una cucaracha en el cuarto de al lado.
Él dice que yo soy una exagerada. Que todo está controlado. Que tiene licencia. Y yo me río, porque qué voy a hacer. No quiero juzgarlo. Tiene su pasión, la ha convertido en algo serio, y está feliz. Pero no, no me siento tranquila. Y dudo que algún día lo esté.
Le quiero… pero ojalá se enamore pronto
Lo cierto es que mi hijo es bueno. Trabaja, estudia oposiciones, no sale por ahí a lo loco. No fuma, no bebe, no me ha dado nunca un disgusto. Pero esto… esto me sobrepasa. Y no me siento mala madre por decirlo.
Le quiero con toda el alma, pero no puedo evitar fantasear con que un día se enamore, se mude, y yo pueda volver a tener una casa sin bichos. Con ambientador de lavanda. Y sin sustos.
(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.