¿Te puedes creer que con 32 años, nunca había ido a la Feria de Sevilla? Sinceramente os digo una cosa: nadie me preparó psicológicamente para aquella experiencia extrema.

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Una piensa: Bueno, como las fiestas de Bilbao pero con lunares. ERROR.

La Feria de Sevilla no es una fiesta. La Feria de Sevilla es una prueba de supervivencia física y espiritual donde las mujeres sevillanas demuestran cada año que son muchísimo más fuertes que el ejército.

Porque claro, yo venía de la Aste Nagusia. Tú en Bilbao te pones unas zapatillas cómodas, una camiseta, bajas a la calle, te tomas unos kalimotxos, vuelves a casa a dormir, vas al baño con facilidad y, además, no corres el riesgo de sufrir un golpe de calor simplemente por existir.

Pero amiga. La Feria no funciona así. La Feria es sólo para los valientes.

Yo, como buena mujer curvy con su culo, su pecho, sus caderas y sus carnes bien repartidas por el universo, tenía muchísima ilusión por ponerme un vestido de gitana. Porque una quiere verse poderosa. Una quiere verse divina. Una quiere sentirse Sofía Vergara entrando en una telenovela de alto presupuesto.

¿Y qué hice? Lo que hacemos muchas cuando queremos “recogernos un poquito”.

Comprar una faja infernal. Aquello no era una prenda, aquello era un mecanismo de tortura medieval diseñado por un hombre que odiaba profundamente a las mujeres felices.

Claro, yo iba monísima. Monísima. El vestido precioso, la flor, el pendiente, el mantoncillo, la cintura metida a presión, los muslos protegidos con shorts ciclistas porque una podrá ir elegante, pero rozada jamás.

Pero ¿Sabéis lo que nadie me explicó? Que para ir al baño necesitas prácticamente un máster en ingeniería industrial.

Porque entre el vestido, la enagua, el forro, la faja, el pantalón, la braga y todo el entramado textil que yo llevaba encima, ir a hacer pis era más complicado que desmontar una bomba.

Claro, al principio del día todavía conservas dignidad y coordinación motora. Pero amiga… empiezas con un rebujito, luego una manzanilla, luego otra….Luego «venga, una última y nos vamos»

Y cada vez tienes más ganas de mear y menos capacidad cognitiva para gestionar semejante puzle textil. Hasta que pasó… ¡Claro que pasó! ¡Estaba claro que iba a pasar!

Porque llegué al baño con una cola kilométrica y cuando por fin me tocó entrar yo ya estaba viendo a la Virgen del Rocío en 8K.

Sube vestido. Quita faja. Baja pantalón. Aparta enagua. Que no se manche el volante. Que no se caiga el bolso.

Y en medio de aquel escape room de lunares ¿Qué crees que pasó Mari Carmen? Pues que me meé encima como una señora borracha sin esperanza ni futuro.

Y lo peor es que creo que ni se notaba entre tantas capas de tela y tanto estampado, pero sinceramente os digo que cuando una se mea encima vestida de flamenca, el cuerpo te manda un mensaje clarísimo: Cariño… se acabó la feria por hoy.

Así que me fui al hotel derrotada, humilde y oliendo ligeramente a rebujito y fracaso ¡Y aprendí una lección importantísima!

Que la tripilla se puede marcar… pero hija mía… mejor marcada que meada.