Sí, lo confieso: soy profesora y tengo casi tres meses de vacaciones. Y es ahora cuando todo el que vive ajeno a la docencia me envidia, critica y se jacta de lo que nos quejamos los profesores con lo bien que vivimos. ¡Pues, esta vez, no pienso callar!

En primer lugar, señoras, me encantaría que pasaran un sola hora con sus hijos y otros 29 adolescentes de sus edad en un recinto cerrado en el que están como sardinas enlatadas. Una persona cualquiera puede estar ahí tan tranquila esperando a que pase la hora. Un profesor tiene que lograr enseñarles algo, empatizar con ellos, tocarles la fibra, ser cercano y distante, justo y conciliador. Tiene que reírse con ellos y saber por qué lloran, ayudar y saber mantenerse al margen. Tiene que ayudar a crecer optimizando medios y recursos que, siendo justos, son insuficientes. 

Me encanta cuando escucho a padres desquiciados en vacaciones porque tienen que pasar tanto tiempo con sus hijos. Y, teniendo en cuenta que la natalidad en España ronda un 1,25 hijos por útero, no se llega a los 35 que por ley podría haber en un aula de bachillerato. ¿Cuántos están deseando que empiece el curso? ¿Cuántos? ¡Pues eso!

Cuando eres profesor tienes que preparar clases, impartirlas y luego corregir. Es un proceso que implica tres tiempos y, teniendo en cuenta que tenemos muy pocas horas libres en el trabajo, esa labor nos la llevamos para casa. Hay trabajos en los que esto también sucede, pero no le pasa a mi cuñada que es administrativa y se pasa el día diciendo que qué suerte tengo. ¡Y una mierda!

Lo que se llama la suerte del profesor, debería ser el curro del profesor. Todos tenemos nuestra carrera y nuestro máster habilitante (o el antiguo CAP en su defecto). Pasamos por un proceso duro y, a veces, eterno, que es el de una oposición. Y luego, o durante, llegamos a las aulas: a veces centros de difícil desempeño (vamos, de zonas chungas), con directivas muy duras o muy laxas, con compañeros de su padre y de su madre y alumnos de todo tipo. 

Todos tenemos días buenos y malos en nuestros tabajos. Los días buenos de un profesor son maravillosos: mil gracias, eres la mejor, ¡por fin lo entiendo!, te vamos a echar mucho de menos… Pero hay días en los que te tienes que controlar para no llorar en clase, para poder mantener la compostura mientras te faltan al respeto, hay días en que gritas y sabes que no tienes que hacerlo y otros en los que sueltas por tu boca de todo y luego te arrepientes, porque eres humana y tienes a más de treinta adolescentes revolucionados por las hormonas. 

De verdad que no es fácil psicológicamente. Padres bombardeándote, alumnos, dirección, inspección… Tiene siempre mil frentes abiertos y mil papeleos inútiles por hacer. Informes que llegan a los despachos de gente que no pone cara a esos nombres y apellidos y que no tiene ni idea de qué hacer con ellos, pero tiene un papelito para curarse en salud. Un papelito que nos ha llevado mucho tiempo hacer a los que lo que tendríamos que hacer, valga la redundancia, es poder dedicarle tiempo a ese chico y no a hacer un documento absurdo. 

Y ahora voy a hablar de los datos. El horario semanal de un profesor es de 37 horas, el mismo que el de cualquier funcionario público. El mes de agosto es el mes de vacaciones de los profesores. En julio estamos a disposición del centro: reclamaciones, actas, documentación o tribunales de oposiciones. Bien es cierto que ese mes, salvo que seas tribunal, no sueles tener trabajo porque lo has dejado hecho en junio, pero estás. 

Luego, en el caso de los profesores de secundaria, son funcionarios de tipo A y debido al número de días lectivos, precisamente, el sueldo se ve afectado en la retribución final y esta es menor que la cualquier otro funcionario de su categoría. 

Sin con todo esto no os parecen bien las vacaciones de los profesores, os sentáis y os preparáis unas oposiciones, que son abiertas para todos.

Anónimo

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