No quiero que mis hijos hagan extraescolares. Así de simple. Lo he dicho. 

Hace años que llevo postergando las extraescolares. Cuando eran muy pequeños, a nadie le sorprendía que no fueran: quería pasar tiempo con ellos y ya bastante tenían con el colegio, como para estar toda la tarde con más tareas. Esa era mi verdad a medias. Los niños crecen a pasos agigantados y, con ellos, nosotros cada vez somos mayores y estamos más cansados. Soy de esas madres tardías a las que se le han juntado el embarazo con la menopausia y, señoras, esto me pilla hormonalmente muy jodida. Estar toda la tarde de aquí para allá después de un día de trabajo, me desborda. 

Ahora que mis hijos ya van a primaria (y ya estoy yo en plena perimenopausia) son los raros. No van a extraescolares: ni fútbol, ni inglés, ni baile… Es cierto que podrían hacer actividades en el colegio, pero también lo es que están menos especializadas y ya se pasan en ese entorno más de 8 horas al día. 

Hay cosas de la maternidad que me encantan y otras que me repatean. Una de ellas es el periplo al que se supone que nos tenemos que resignar los padres para las extraescolares. Llega a tiempo al cole a recogerlos con todas las mochilas adicionales preparadas: la de la actividad de uno, la de otro y las meriendas. Aparca, que todas sabemos que aparcar en un colegio a la entrada y a la salida es una batalla encarnizada. Recoge a tus hijos, besos, mochilas del cole e intenta, que esto ya es nivel profesional, salir rápido sin pararte a hablar con veinte madres o a perseguir a tus hijos y a sus amigos. Mételos en el coche con sus cinturones. Entra tú en el coche si dejan de pasar coches de otros que están en tu misma situación. Arranca. Que los niños merienden in itinere. Tira para la extraescolar número 1. Lanza bomba y sigue el camino. Lanza la otra bomba a la actividad número 2. Vuelve al lugar de la actividad número 1. Prohibido tener ganas de hacer pis o hambre. Procrastina 30 minutos. Recoge al desfallecido número 1. Vuela a la zona del número 2. Recógelo. Y ya, por fin, a las 19.30 o las 20.00 vuelve para esa casa que has abandonado hace más de 12 horas. 

Sólo de escribirlo me entra angustia anticipatoria. ¿En serio van a ser así mis tardes hasta dentro de unos 5-8 años (o más)? Es muy egoísta, lo sé, pero me niego. Me niego porque es un estrés, para mí y para ellos. Cuando sean lo suficientemente autónomos como para ir solos, que vayan donde quieran. Pero, ¿qué es eso de partidos sábado y domingo? ¿Exhibiciones en la otra punta de la comunidad? ¿Torneos cada año? A mí me encanta disfrutar de los fines de semana, desayunar tranquilamente, hacer cosas que nos apetezcan (o no hacer nada) y no depender de planes externos. 

Yo veo a madres abnegadas que lo hacen. Casi siempre somos madres entre semana y los fines de semana ya se equipara más la situación. Pero llegar a casa, hacer la cena corriendo, bañar a los niños e irnos a dormir con el tiempo al cuello, para mí, no es vida. 

Eso sin hablar de aquellos que trabajan hasta más allá de la jornada escolar. ¿Qué haces? ¿Te pides una reducción de jornada para poder llevar a los niños a la piscina municipal? ¿Reduces tu sueldo, pagas extraescolares y te gastas un dineral en gasolina para ir de La Ceca a La Meca? 

Cuando muchas madres me dicen que por qué no les llevo, tiro de la respuesta de Lucía Mi Pediatra que decía que ella nunca llevó a sus hijos a extraescolares. Para mí esa mujer es Dios, sí, así, con mayúsculas. Me reservo mis motivos y dejo la respuesta en la boca de una gran profesional. 

Lo siguiente sería abrir el melón de a quién le gusta llevar a los niños al parque…

Anónimo

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