Pues ya que está resucitado este hilo, voy también a daros mi opinión y aportaros mi experiencia. Yo estuve muchos años en la misma situación. A los 20 tuve un novio que no me quería mucho la verdad (o no sabía hacerme sentir querída), esa relación dejó de dar más de sí a los dos años, y después de eso, hasta los 30 que conocí al amor de mi vida, pues tuve unos cuantos años que viví experiencias similares a las vuestras, quitando un medio rollito que se me enamoró pero a mi me dejó de atraer a los primeros síntomas de cursiletía por su parte.
A grandes rasgos, estoy de acuerdo con mucho de lo que ha dicho Merlinencantador. A mi también me pasaba que me sentía frustrada y me comparaba con las amigas que parecía que tenían una facilidad pasmosa con enlazar relaciones sentimentales. Ellas casí no tenían idea de lo que era estar desemparejada, y ahora con el tiempo, haciendo balance, me quedo con mi vida y mis experiencias y mis años de soltera.
No es que ellas fueran más guapas, más listas, más interesantes, más pon aquí lo que te parezca, es que tenían una forma diferente de relacionarse, y en general, eran mucho más pragmáticas. Eso ya lo vi con el tiempo, y me supuso una liberación total. Yo llegué a la conclusión de que cada una es como es, y cada una se va relacionando con la gente de la manera que siente y que sabe, y cualquier intento de tratar de ser otra persona y de relacionarme de una forma que no me saliera natural, en mi caso era un fracaso y tampoco me sentía bien.
Yo tuve años de tener muchas ganas de novio, y nada. Tuve dos relaciones más o menos largas de «follamistad», una totalmente tóxica con un tipo al que hoy no sé que le ví, pero que me tenía muy enganchada y me hizo pasar momentos un poco humillantes. Yo tenía claro que no me quería, ni iba a querer nada serio conmigo nunca, pero algo me empujaba a que mendigara su atención. Esa historia me costó perdonármela, pero al final tuve la oportunidad un poco después de devolvérsela y quedar como una reina, y fue una historia de la que aprendí mucho de mí misma, así que perdonada está.
Luego tuve otra historia mucho más sana, con llamémosle Luis, con quién pasé buenos momentos y a quien sigo recordando con muchísimo cariño. Este me dijo desde un principio que no quería una relación, y yo seguí con él sin pensar mcuho, hasta que ya llegó un momento en que casi parecíamos pareja pero no lo eramos, y me frustraba mucho eso. Pero no por el hecho de que yo estuviera enamorada de él, que ahora se que no lo estaba ni de coña, pero como teníamos una historia cómoda, me sentía despreciada de que no quisiera ser mi pareja. Aquello se fue agotando por si sólo, yo hacía mi vida, encontré trabajo fuera de mi isla, y manteníamos contacto por teléfono y cuando volvía en vacaciones nos veíamos. Durante esa temporada yo tuve una época de promiscuidad sexual francamente divertida. Le pillé el gusto al sexo con desconocidos, y tuve historias tronchantes y algún que otro polvazo animal que me dejó temblando. Pero nada de implicaciones emocionales, follaba con tipos que no conocía y a los que no volvía a ver. Un por teléfono, Luis me dice que se había echado novia. Y me sentó como una patada en el estómago, of course. Pero ese dolor era puro ego, puro «por qué conmigo no y con otra sí? es que no soy suficiente para él?» Pero todo aquello se me pasó el día que quedamos a tomar un café, en mi caso sin más intenciones porque le tenía mucho cariño y me gustaba saber de él, y el intentó que nos liáramos aunque seguía estando con su novia. Ese día le agradecí de verdad, de corazón, de una forma totalmente sincera, que no hubiera querido una relación de pareja conmigo para convertirme en una novia fiel y cornuda. Tanto que a día de hoy, aunque ya hace mucho que no nos vemos y no se mucho de él (salvo que se fué a vivir a otro país con su novia) le guardo mucho cariño, cero rencor y no me arrepiento en absoluto de la historia que tuvimos, y le deseo todo lo bonito del mundo.
Después de Luis tuve momentos de promiscuidad loca de nuevo, alternados con temporadas de «no quiero saber de pollas», una de cal y otra de arena yo que sé. Tuve en los siguientes años dos verdaderas historias de «follamistad» auténtica. Una mientras vivía en otro país, con un amigo del mismo grupito que habíamos hecho allí de españoles. Un rollito de compañia, caríño y algo de sexo mediocre, que nos aportó suplir soledades en un frío país del norte a los dos, pero que se agotó por si misma sin drama alguno. Más tarde, de vuelta a mi isla, tuve un rollito follamistoso con un muchacho unos años más joven que yo, un tiarrón grandote que me ponía a mil y que me daba mucha ternurita, pero nada más. Yo a esas alturas ya había aprendido a conocerme e identificar mis sentimientos, y un día que quedamos y lo noté como que estaba triste, y tenía sus problemillas familiares, mentales y demás, decidí que se había terminado porque tal vez esa chico necesitaba otras cosas.
Los dos años antes de conocer a mi pareja, fueron una época en la que me encontraba genial conmigo misma. No os voy a mentir y decir que no me apetecía tener una persona con quien compartir mi vida, pero ya había llegado un punto en que me encontraba muy a gusto sola, y no quería alguien simplemente por comodidad o compañía, quería enamorarme y ser correspondida, quería una historia de amor grande, y no iba a perder mi tiempo en menos de eso.
Tuve un par de tentativas, conocí en esos años a dos tipos con los que me ilusioné, pero a la primera señal de que no estábamos en el mismo punto, corté por lo sano. Lloré al día siguiente, y ya a otra cosa mariposa.
A mi amor lo conocí una noche de fiesta, como conocí a tantos otros ligues, aunque con el desde un principio hubo algo distinto. Una sensación de sentirnos a gusto hablando, y un coqueteo muy sutil. Cuando llegó la hora de volver a casa, porque todo había cerrado, yo le propuse que se viniera a mi casa, y ni siquiera nos habiamos besado, sólo sabía que no quería separarme de él aún. Pasamos una supernoche follando, hablando, besándonos. Una noche divertida, feliz y bonita. Y al poco de despedirnos me escribió un mensaje. Y la próxima cita fue por mi iniciativa, y nos seguimos viendo. Yo me sentía genial con él, me sentía más yo misma de lo que había sido con nadie, y sólo quería disfrutar el momento durara lo que durara. Nos enamoramos hasta las trancas, la relación se fue definiendo sola, y a los tres meses ya paseabamos flotando, hacíamos planes y sabíamos que queríamos pasar el resto de nuestra vida juntos. Han pasado siete años, y estoy con el hombre de mis sueños, aunque ni siquiera sabía que existía.
¿A qué viene que os cuente toda esta historia? Pues para que veais que puede pasar, pero que tenéis que tener claro lo que queréis, tenéis que conoceros, tenéis que aprender a abrazar vuestra soledad como a una gran amiga, porque sólo así no os permitiréis perder tiempo en historias que no os satisfacen, os roban energías y os hacen sentir mal.