Esta mañana me llamaron del colegio para lo que yo pensaba que sería la típica llamada por una excursión, un papel sin firmar o cualquier cosa de esas que siempre surge a mitad de semana. No me esperaba que lo primero que escuchase sería que Uxía, mi hija, había mandado a otro alumno al centro de salud con la nariz rota.
Cuando llegué, ya había bastante movimiento. Una noticia de este estilo siempre da mucho juego en los patios de colegio, pero no eran solo los alumnos los que hablaban entre ellos, los profesores también. Podía sentir como todos aquellos que me reconocían, me juzgaban con la mirada.
Uxía estaba perfectamente sentada y tranquila en el despacho del director. Si la hubieseis visto allí, pensaríais que estaba esperando para entrar en clase o cualquier otra cuestión que nada tuviese que ver con una agresión.
El chico que acabó con la nariz rota no era precisamente un alumno desconocido. Llevaba tiempo teniendo fama de meterse con otros niños. El típico bully con historial de empujones, burlas, comentarios, etc. Todo el mundo lo sabía pero nadie le había parado los pies.
Yo siempre he tenido una norma muy clara con mi hija sobre estas situaciones. 1) Decirle al otro niño que pare y no la moleste.
2) Avisar a un profesor o al adulto más cercano.
3) Si nadie le hace caso o le ponen las manos encima, tiene permiso para defenderse.
Nunca le enseñé a buscar pelea ni a pegar antes (ni a ser la justiciera del patio), solo que tenía permiso y derecho a defenderse de un matón.
Por lo que fueron contando después varios alumnos, parece que la cosa siguió exactamente ese recorrido. Primero pidió que la dejase tranquila, después trató de buscar ayuda, y cuando el asunto acabó en empujones, decidió que ya había tenido suficiente. El problema es que nadie esperaba que pegase tan fuerte. Y creedme que yo tampoco.
Según me contó uno de los profesores, fue un único golpe.
Mientras los adultos intentaban reconstruir lo ocurrido como si estuvieran investigando un crimen, Uxía estaba más preocupada por perderse parte de la clase de educación física que ya había empezado.
Aunque hubiese sido en defensa propia, se acordó una expulsión de 3 días, algo con lo que estaba de acuerdo y asumía la culpa. He de decir que no es que aplaudiese lo que había hecho mi hija, pero había cumplido al pie de la letra lo que se le había dicho que tenía que hacer. Y así se lo dije también al director.
Durante esos días empezaron a echar humo en los grupos de padres. Algunos estaban horrorizados, mientras que otros vitoreaban que por fin alguien le había parado los pies al chaval. Preferí mantenerme al margen.
Ahora hemos añadido un punto cuatro a las tres normas anti-bullying: intentar no romperle la nariz a nadie.
Me han citado para una reunión en el colegio con los padres del niño la semana que viene. Seguramente me tocará escuchar la versión del “angelito que nunca hace nada”, Uxía asegura que no le pedirá disculpas, porque llevaba todo el curso soportando que la molestase, tanto ella como sus demás compañeros. Tiene suficientes testigos, tanto niños como profesores para contar la realidad de los hechos. Y si a mi me preguntan… tenía tres normas y las cumplió las tres (aunque ahora ya haya cuatro).
