Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Me independicé relativamente joven. Con apenas 17 años empecé la universidad y con 19 decidí que prefería trabajar mientras estudiaba para pagarme todos mis gastos y que mis padres dejaran de echarme en cara cada céntimo que se gastaban en mí. A decir verdad, en el momento en que oficialmente me fui de casa, la relación con mis padres mejoró bastante. Las discusiones disminuyeron, las visitas eran más puntuales y agradables y parecía que todos nos llevábamos mejor manteniendo cierta distancia. Probablemente eso fue lo que me hizo bajar la guardia y pensar que convivir con ellos durante unos días no supondría ningún problema.
En marzo de 2020 empezaban a hablar de un tal Covid-19 y, cuando durante la semana del 8 de marzo nos propusieron hacer teletrabajo y en la carrera nos dijeron que se aplazaban las prácticas durante unos días, decidí irme a casa de mis padres mientras todo se calmaba. En aquel momento nadie imaginaba lo que estaba por venir. Parecía que sería algo temporal, que apenas duraría un par de semanas… como mucho.
Me fui al pueblo como si fuesen unas vacaciones, aunque con teletrabajo. Algo que mis padres no acababan de entender porque se pasaban toda mi jornada entrando en mi habitación para contar cualquier chorrada o preguntarme cosas que podían esperar perfectamente. En alguna ocasión incluso aparecieron en alguna reunión de estrangis con ropa… que no debería salir jamás en una videollamada de trabajo. Yo intentaba tener toda la paciencia del mundo, al fin y al cabo estábamos habituados a vivir separados, pero después de varios días empezaba a resultarme desesperante.
Cuando ya estaba harta y decidida a volverme a mi casa, empezó el confinamiento. Estaría en el pueblo con mis padres durante un tiempo… ¿indefinido? Me quería morir. Lo que había comenzado como una escapada improvisada se convirtió en una convivencia obligatoria sin ninguna previsión de fecha fin.
Mis padres se lo tomaban como una tontería, por lo que iban a hacer las compras los dos juntos y sin mascarilla, como prácticamente todo el pueblo. Y digo todo el pueblo porque no llegan a 120 habitantes. De hecho, cada vez que voy bajo la media de edad. La mayoría de las veces que iban a comprar volvían dos o tres horas más tarde porque se habían tomado su café en el bar con los amiguetes. El único bar abierto de todo el mundo debía de estar en mi pueblo. Allí parecía que las noticias sobre contagios y hospitales saturados pertenecían a un universo paralelo.
Como era lógico, ambos se contagiaron. Mientras que mi padre se recuperó medianamente bien, mi madre tuvo que ingresar. La intubaron y llegó un punto en el que propusieron sedarla. Fueron semanas de mucha incertidumbre, esperando noticias de los médicos, ya que ni nosotros podíamos ir, ni ella podía llamarnos. Os resumo que finalmente salió, aunque le quedaron secuelas que aún conserva a día de hoy: un ictus derivado de una miocarditis y neuropatía. Durante todo ese tiempo me convertí en la chacha de mi padre. Con 60 años no había freído un huevo en su vida, y ya no hablemos de poner una lavadora o simplemente elegir la ropa que ponerse.
Con mi madre ingresada, mi padre tratándome como si fuese su esclava y una montaña de trabajo por delante, aún tenía que soportar que los vecinos entraran y salieran de casa como si fuese la suya. Lo hacían sin mascarilla, tocándolo todo y preguntando constantemente por mi madre. La excusa era que “se había hecho así toda la vida”. Sin embargo, resultaba increíble que, viendo el daño que aquel virus desconocido le había causado a mi madre, a nadie pareciera importarle el riesgo que suponía contagiarse. Aquel pasotismo me sacaba de quicio cada día un poco más.
Cada día estaba más harta de la situación. Había comenzado la desescalada, pero mi casa estaba demasiado lejos como para poder irme… al menos sin multa. Cómo me arrepentía de haber vuelto al pueblo. Tenía que haberme quedado en mi casa, tranquila durante todas aquellas semanas. Pero no, ella quería tomarse unos días de “descanso” en casa de sus padres. Quién me mandaría, joder. Cuanto más tiempo pasaba, más sentía que había perdido el control sobre mi propia vida.
Mi madre volvió a casa a mediados de verano. Aun así, me necesitaron de apoyo durante una larga temporada. Por suerte, la carrera tuve que acabarla online y en el trabajo nos pidieron continuar con teletrabajo durante bastante tiempo. Eso hizo posible que pudiera seguir ayudando mientras intentaba mantener mi rutina y cumplir con mis responsabilidades. Además también traté de organizar todo para antes de irme: solicitar discapacidad, dependencia, visitas de trabajadoras sociales, valoración médica…
Pensaba que volvía al pueblo una semana, como mucho dos, y acabé quedándome veintiún largos meses. Aunque mi sensación era que habían sido veintiún años. Algunos días parecían eternos.
Ahora os puedo asegurar que cada vez que vuelvo es para ir de viernes a domingo a lo mucho, porque en otra no me pillan. Gracias por dejarme contar mi historia.
