Hasta donde sé, que yo comí en comedor escolar un par de años, el menú se reparte con un mes de antelación, era tan sencillo como no llevar al niño al comedor ese día.
A ver, sé que son pequeños, pero… que es un helado, no un refresco de salfumán. El ponerse tan tiquismiquis con «oooh, no, no puede tomar nada de azúcar, ninguna harina refinada, no quiero que tome aperitivos saladoooooooooos», sólo lleva al extremo contrario: a que en cuanto los niños crezcan un poco y tengan cuatro napos en el bolsillo, se vayan a la tienda del chino y SE ATIBORREN de guarrás, se metan el azúcar hasta en vena con el joío Monster (nooooo, si es sin azúcar, es una bebida sin azúcar… claro, AngustitasMari, pero lleva seis cucharadas soperas de endulzante POR SORBO y más o menos la misma cantidad de cafeína), y no quieran salir del fruto burger. Por qué. Porque tienen la impresión de que están haciendo algo super prohibido, algo que sus padres no aprueban y les matarían si les vieran hacerlo, porque hemos revestido un capricho gastronómico de un aura de pecado sexual, vamos.
No digo que empuremos a los niños de azúcar como se hacía muchas veces en los ochenta, que nos zampábamos los bocatas de nocilla de tres en tres, o que había una promo de helados gratis que te salían en el palo y podías empalmar toda la tarde tragando frigopiés en fila indica, ESO TAMPOCO. Pero un helado, que habrá sido un heladito minúsculo de una bola, tampoco vamos a crucificar a nadie, por amor del cielo.