No sabes cómo te comprendo. No como madre, porque no lo soy, pero como profesora de secundaria que ha vivido unas cuantas graduaciones. Hasta yo me hice una vez las uñas y me sentí mal por no tener ropa a la altura de semejante celebración. Me emociono al verte a mis alumnos/as graduarse, pero no lo soporto más. He visto graduarse a una niña con 20 asignaturas suspensas. Sí, 20. He visto a familias vestidas como si fueran a una boda en calidad de madrinas. Que sí, que quieren ponerse guapas, y lo digo en femenino porque siempre somos nosotras las que nos gastamos dinero en vestidos, tacones, bolso, peluquería, maquillaje, uñas… Son las niñas las que casi no saben andar y salen los chicos con su traje y sus zapatillas de vestir a echarles mano para que no se caigan por las escaleras. Yo de verdad, creo que hemos perdido en norte. Para mí lo suyo sería una celebración informal y simpática en el colegio. Dulce yo vivo hacemos las graduaciones en el teatro. Una locura, un despilfarro, un despropósito que no tiene nada de académico. Niñas de 15 que parecen de 40. Ellas quieren ser mujeres y los demás lo fomentamos, aunque luego torcemos el gesto. Y no sé por qué, porque tampoco hacemos nada para frenarlo. Es mejor pensar que la juventud está fatal. En fin, ánimo. Llegados a este punto, asume que lo único que puedes hacer es rezar para que no se caiga. Lo demás está ya perdido.