A mí me parece que la primera grosera fuiste tú. Ella estaba contando su viaje, su experiencia, y llegaste tú a pretender quedar como la que sabe más de la vida, la que tiene razón, la que está en posesión de la verdad, y llegó ella y te calló la boquita. Hizo muy bien.
Qué maldita casualidad que todos los sientacátedras se creen con derecho a decir todo, a «ser sinceros», a «hablar claro y a la cara», pero cuando les contestas en los mismos términos, «ay, qué grosero».