Por desgracia, son sucesos que pasan con demasiada frecuencia y solemos tapar con la maldita excusa de “no ha pasado nada grave”. No pasa nada pero nosotras lo recordamos de por vida.
Cuando tenía 17 años un día viniendo del instituto un tío me puso la mano en los genitales. Yo me quedé paralizada y lo único que hice fue agarrarme a mi carpeta. Se lo conté a un profesor con el que tenía mucha confianza y él me miró con cara de pena y dijo “pobrecita”. Así. Como si eso te aliviara. Yo no quería un “pobrecita”, joder.
Espero que tanto tu profesora como el mío con los años hayan cambiado su mentalidad. Lo que hay que ser conscientes es en qué tenemos que educar para que estas cosas no pasen. Enseñar que los cuerpos de los demás no son tu territorio de disfrute. Empatía y apoyo a las víctimas en sus testimonios y acciones. Y mucha sororidad, hermanas, mucha.