Me pasó lo mismo, no por vergüenza sino por las creencias religiosas de mi familia. Contarlo a mis padres fue la mayor liberación, luego ellos se lo contaron al resto de la familia y así yo me ahorré ese trago que en esos momentos no era capaz de afrontar. Las navidades las «disimulé» (solo lo sabían mis padres y hermanos) y justo después de las fiestas ellos se lo contaron al resto. De esta manera no hubo que aguantar comentarios, al año siguiente ya estaba todo mucho más tranquilo para mí y no era el tema de conversación en absoluto.