Te voy a contar una cosita, Paqui, hermosa.
Cuando yo iba a segundo de la ESO, un día que estábamos en el recreo, empezó a diluviar, así que todo el mundo tuvimos que correr a refugiarnos al único lugar que había ya que las clases estaban cerradas: el pasillo del colegio. Era un corredor bastante largo, con ventanas que no se podían abrir y una puerta en cada extremo.
Pues bien, a dos angelitos tal cual el tuyo, se les ocurrió que sería la rehostia de gracioso coger y hacer lo mismito que ha hecho tu pequeño pastelito de cerezas: abrir los extintores para que se vaciaran. Eran de esos de los de polvo azul, y había una multitud de niños apiñada en un pasillo estrecho. Sabes qué pasó? los extintores se vaciaron, el polvo lo cubrió todo con una nube y todo el mundo se quedó de pronto ciego y sin poder respirar. Cundió el pánico, todo el mundo empezó a correr y a empujarse, nos caíamos y pisábamos unos a otros, porque no veíamos un carajo. La gente que le pilló cerca de las puertas o las escaleras pudo ponerse a salvo rápido, pero los que estábamos en medio del pasillo no tuvimos tanta suerte.
Al final no fue tan grave para lo que podía haber sido, pero yo fui una de las que tiraron al suelo y pisotearon. Todo se saldó con muchos moratones y todos azules como pitufos, pero podría haber sido mucho, MUCHO peor. Y todo porque a dos cachorritos inocentes se les ocurrió una bromita de nada, como a tu florecilla de alhelí.
Así que me vas a disculpar si tengo bastante poca paciencia con los cafres de niñatos así y mucha menos con las… me voy a callar porque me banean, de las madres que no pueden admitir que sus angelitos son unos animales descontrolados.