Tengo una amiga que tiene un máster en caradura y en echarle morro a la vida. ¿Os acordáis de un reality que había hace unos años que se llamaba Tacaños Extremos? Que salía gente tan agarrada que le pedía las sobras a los vecinos para no comprar comida y cosas peores. Pues mi amiga es de ese estilo.

Nos conocimos en la universidad. Ya desde entonces yo veía detalles como que jamás consumía nada de la cafetería de la universidad, siempre se traía su comida de casa, incluso llevaba un termo con café. Siempre creí que venía de una familia humilde y que por eso nunca llevaba dinero encima. Alguna vez yo la invitaba a tomar algo porque me daba pena.

Años después me enteré de que su padre era cirujano y su madre tenía un puesto de ejecutiva en un banco. Para entonces, ya éramos amigas y me daba igual que fuera una agarrada, aunque tuviera dinero para enterrarnos a todas. Esto os lo cuento para que veáis que ser un rata no es cuestión de clase social, muchas veces los que más dinero tienen son los más rácanos.

Acabamos la carrera, ella encontró trabajo enseguida y fue ascendiendo. A día de hoy, cada una tenemos nuestra vida, pero de vez en cuando seguimos quedando las amigas de la uni para echarnos unas risas, tomar unas cañas o lo que sea.

El caso es que mi amiga, llamémosla Paqui, de apellidos Puño Cerrado, tiene un patrón:

Si vamos a pagar a escote, pide lo más caro de la carta. Siempre. El solomillo con foie, la lubina al horno con salsa de ostras, el vino de 30 euros la botella. Pero si un día vamos a tomar algo y cada uno paga lo suyo… ¡zas!, se pide un agua del grifo o como mucho un café con leche.

Al principio no me importaba. Pensaba: “bueno, lleva siendo así toda la vida, no pasa nada, somos amigas”. Pero claro, después de varias cenas donde yo me pedía una ensalada o una hamburguesa normalita y acababa pagando lo mismo que ella, que parecía que estaba cenando en un tres estrellas Michelin, empecé a hervir por dentro.

 

Pero un buen día, quedamos para cenar y celebrar el ascenso de Paqui. La habían nombrado jefa, con su correspondiente subida de sueldo de la que alardeaba delante de todo el mundo. Yo ese día estaba convencida de que nos iba a invitar. ¡Qué ingenua soy!

Acabó haciendo lo misma de siempre: se pidió lo más caro, incluida botella de champán para brindar por su nuevo puesto de trabajo, y cuando vino la cuenta la dividimos entre todas.

Después de aquello decidí que ya estaba bien de tomarnos el pelo. Llamadme envidiosa si queréis, pero me daba mucha rabia que tu amiga presuma de sueldazo, mientras tú estás estancada en tu empresa ganando mil y pocos euros.

La siguiente vez que quedamos para comer, supe que había llegado la hora de darle una lección.

El día del plan maestro

Quedamos para comer en un restaurante nuevo del centro. Ese día éramos ella y yo solas. El resto de las amigas no pudieron venir, lo que me dio mucha pena porque se iban a perder mi venganza.

Llega el camarero, nos da las cartas y yo observo, tranquila, como el depredador que espera a que la presa meta la pata. Y ahí estaba: Paqui, con su sonrisita inocente, diciendo:

—Mmm… yo creo que me voy a pedir el entrecot madurado con salsa de trufa blanca.

48 euros.
CUARENTA Y OCHO.

Yo pedí algo básico, lo que siempre suelo pedir: una hamburguesa y una cerveza. Pero claro, ahí entró mi jugada maestra. Me levanté y, con toda la naturalidad del mundo, le dije a Paqui que iba al baño.

Pero en realidad no fui al baño. Me fui directa a la barra y le dije al camarero que cancelara mi pedido, que al final sólo me iba a tomar la cerveza y una ración de patatas fritas. El camarero me miró raro, pero aceptó. Yo regresé a la mesa como si nada.

Llegaron los platos. El entrecot para Paqui, y a mí me plantaron delante un plato pequeño de patatas fritas.

—¿No habías pedido una hamburguesa? —me suelta ella con la boca abierta.

—Sí, pero es que al final no tenía mucha hambre y le dije al camarero que mejor solo las patatas.

Y ahí estaba yo, comiendo patatas feliz como una perdiz, mientras ella degustaba su entrecot de 48 pavos como si fuera la reina de Inglaterra. Aunque no es tonta, algo se olió porque no pidió postre. 

La cena transcurrió tranquila, con las típicas charlas de siempre: cotilleos, que si fulanita se ha echado novio, que si mengano se ha cambiado de curro, que si los precios de los alquileres están por las nubes. Entonces, llegó el momento que estaba esperando: la cuenta.

El camarero llega con una bandejita negra y la deja en la mesa. Yo cojo el ticket y digo en voz alta: “Son 82€”. Y ella me responde de forma automática: “Pues 41 por cabeza”. En matemáticas es un hacha, dividir se le dio siempre de perlas.

Y ahí lancé mi bomba:
—Uy, no. Yo voy a pagar lo mío. Que al final solo pedí una cerveza y unas patatas — Saqué de mi monedero 12€ que era lo que costaba mi parte y los dejé en la bandejita.

Paqui empezó a cortocircuitar. No os podéis imaginar su cara. La de alguien que lleva años jugando a lo mismo y, de repente, se queda sin truco. Puso sonrisa forzada, dijo algo como “ah, claro, claro, sí, tiene sentido”. Pero yo noté perfectamente cómo le ardía la sangre. Puso sus 70€ en la bandeja y se la dio al camarero. Por supuesto, no dejó propina, porque la gente que es huraña como ella cree que ya el camarero tiene un sueldo, que eso de la propina es un invento para sacarnos el dinero.

Quizás penséis que es absurdo, que Paqui llevaba años sacándonos el dinero a las amigas y que sólo una vez que no pudo aprovecharse no me devuelve años de pagar de más. Pero yo me lo gocé no sabéis como.

Y os digo una cosa: desde aquel día, nunca más volvió a pedirse lo más caro. De hecho, ahora pide lo mismo que el resto. Tiene miedo de que se la volvamos a jugar y tener que pagarse ella sus caprichos.