Hace dos años que mi vecina de arriba empezó a tener cierto éxito en redes sociales. Le estaba costando despegar como influencer de moda. Pasó a hacer contenido sobre trucos para el hogar y, cuando quedó embarazada, consiguió que uno de sus reels tuviera bastantes visualizaciones y ya se las da de creadora de contenido.
Pasó a hablar sobre su embarazo, sobre el parto, la lactancia y después empezó a hablar sobre crianza, tolerancia a la frustración y cómo acompañar emocionalmente a tu peque sin morir en el intento.
Realmente era un contenido interesante y parecía que se estaba informando en los lugares correctos para ayudar a las familias que, como la suya, se metían de lleno en la aventura de la pa/maternidad. Pero una mañana que coincidí con ella en el súper, me llevé una muy desagradable sorpresa.

Yo me encontraba inmiscuida en la misión de llegar a la caja a pagar con todo lo que necesitaba comprar, con mis tres hijos a salvo y sin demasiada comida chatarra en el carro, cuando mi vecina pasó a mi lado y se paró a hablarme. Me comentó el valor que tenía de atreverme a hacer la compra con “las fieras”. Ella dijo que si algo le gustaba de ir al súper era poder perder a su monstruita de vista. Esto sería totalmente lícito si no fuera por el tono despectivo de desprecio que usaba cuando se refería a su hija y cuando (con un par) se refería a los míos, a los que no conoce de nada cuando yo no le he dado esa licencia.
Yo le comenté que me sorprendía su actitud cuando la noche anterior había visto uno de sus vídeos sobre cómo sobrevivir haciendo cosas de adultos ineludibles mientras enseñas a tu hijo a integrarse en las obligaciones familiares.
Se rio a carcajadas. Apoyó su mano en mi hombro y me dijo “¿Realmente te crees esa mierda? Gracias a esos vídeos empiezo a tener éxito en redes y mis padres me ayudan a pagar a las chicas que se encargan de ella para que pueda volver a mi vida de antes, mucho más interesante que andar con la teta fuera todo el día aguantando berrinches y pataletas”. Me quedé tan alucinada de lo que estaba oyendo que no supe reaccionar. Me reí como una estúpida y me fui a mi casa a contarle a mi marido lo que había pasado.

Pasamos la hora de la siesta de la niña viendo vídeos de la vecina en lo que buscamos incongruencias. Como por ejemplo cuando cuelga manualidades hechas con la niña. Se ven las manos de la niña y las que se supone que son las suyas, pero ella siempre lleva unas enormes uñas de gel y tienen un tatuaje en el dedo índice que nunca sale en los vídeos en los que se ve a la niña (aunque nunca le enfoca la cara).
Desde entonces bromeamos sobre si en la niña reconocerá a su madre cuando la vea, si habrá contratado a una tercera niñera para las noches, por si la niña se despierta, etc.
Coincidimos en el parque una tarde con ella (la niña) y la verdad es que es una niña muy simpática y la chica que la cuida por las tardes parece muy maja y se la ve cariñosa con ella, pero siento mucha lástima por pensar en el cariño que su madre le niega y creo realmente que se metió en la maternidad en solitario solamente por las redes sociales y no porque tuviese el menor interés en formar una familia. Pero es más grave todavía que dedique su vida a aconsejar a otras madres sobre cómo llevar sus vidas mientras ella lleva a una niñera pegada todo el día para no atender jamás a su hija.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]