Eso de que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad es un mito. Los niños aún necesitan tiempo para desarrollar criterio, no influido por personajes de dibujos animados que creen que existen de verdad; y he oído a borrachos inventarse vidas enteras en cuestión de media hora. Por el bien de mi autoestima, no acepto ningún argumento en contra: la verdad de borrachos y niños es un mito, punto.
Lo que sí es verdad es que esos pequeños cabroncitos son crueles. Bueno, no me linchéis, crueles no, solo que aún no cuentan con conocimientos y habilidades interpersonales suficientes. Y este es mi top de momentos en el que he podido comprobarlo en mis propias carnes.
1. “No tienes novio porque eres fea”
Rondaba yo los 20 cuando una prima preadolescente me hizo una pregunta que me marcó:
—Prima, ¿tú crees que no tienes novio porque no te gusta ninguno o porque eres fea?
—No busco novio.
—Pues yo creo que es porque tú eres fea.
¡Boom! A ella no le interesaba mi respuesta, sino dar su versión.
Pasados los 35, me hallo en el mejor momento de mi vida en cuanto a aceptación y percepción de mi atractivo, pero, en su día, esto me destrozó. A mi prima la adoro y nunca le he recordado esta anécdota.

2. “¿No tienes el culo muy gordo?”
Un par de amigas y yo íbamos paseando por la calle un buen día, siendo aún adolescentes. Venía con nosotros la hermana pequeña de una de ellas que, por entonces, tendría 7 u 8 años. La niña caminaba alegremente detrás de mí, pero, en algún momento, se puso a mi altura para decirme algo que ella pensó que yo me moría por saber:
—¿No te parece que tienes el culo un poquito gordo cuando andas? —soltó para mi estupor y las risas de mis amigas.
No es que fuera el efecto de la cuesta arriba que subíamos en aquel momento, es que mi culo ha estado por encima de la media en tamaño en todas las edades de mi vida. Eso siempre ha sido un motivo para esconderlo, hasta el punto de no ir a piscinas porque en bikini o bañador es imposible disimularlo.
Ahora estoy aprendiendo a valorar mi culo prominente y ya hasta lo luzco en todo su esplendor con camisetas y jerséis cortos, algo impensable hace un par de años o tres. Es más, en mi fuero interno, me regodeo de tenerlo levantadito y con forma, al contrario que muchas «culocarpeta» cuya silueta sí entra en los cánones estéticos. No es bodyshaming, no es algo que vaya diciendo por ahí. Es valorar lo que tengo y darme una inyección de autoestima.

3. “¿Qué tienes ahí?”
Se me ve un implante en un diente por motivos técnicos que no vienen al caso. Cuesta verlo, pero se puede ver. Yo sabía que iba a pasar, pero corregirlo me costaba 2.000 pavos más porque incluía injerto y no sé cuántas cosas más. Así que pasé una tarde entera poniendo caras ante el espejo del baño y ante mis familiares, y llegué a una conclusión: para las pocas probabilidades que había de que se viera, no merecían la pena ni el gasto, ni el tiempo ni las molestias.
Así pasé meses, tan feliz, sin acordarme de esa nueva “anomalía”. Hasta que un niño de 8 años interrumpió una de mis risas estridentes para preguntarme “¿Qué tienes ahí?”, señalando en su propia boca el sitio donde había visto el objeto raro en la mía. Inseguridad desbloqueada.

4. “¿Por qué hablas así? Estás un poco loca”
Los niños tienen una relación peculiar con las personas histriónicas, como yo: llaman su atención y les gustan, probablemente porque la mayoría de adultos de su entorno son más serios, pero también les parecen raras. Así que las preguntas sobre por qué hablo así o gesticulo de tal manera, venidas de niños, las he soportado toda mi vida. Eso y las sentencias y diagnósticos sobre mi presunta falta de juicio. No me molesta, acepto lo llamativo de mi personalidad. De hecho, sin crecerme, a la mayoría de los niños les resulto magnética.
He leído por aquí algunas situaciones similares, pero siempre es buen momento para animaros a compartir anécdotas de este tipo. Nos echamos unas risas y, de paso, nos sentimos todas un poco mejor. Mal de muchas…