Recuerdo muy bien el día que te conocí. Cantabas por los bares de Gracia con esa voz tan profunda y tan ronca, tan tuya. Y esas letras tan grunge y complicadas de entender, apartándote del micro porque preferías gritar al natural. Y reconozco que me imponías, que me dabas tanto respeto que me costó horrores venir a saludarte y contarte que yo también hacía mis canciones. Al acercarme a ti, de alguna forma me vi reflejada en tus ojos tan azules, tan llenos de empatía y sensibilidad, repletos de vida. Que tenías la mirada de un niño eternamente sorprendido, decían.
No tardamos en hacernos amigos, es de lo más bonito que tiene la música: nos une de una forma muy especial. Y a pesar de la diferencia de edad seguías mi ritmo, te emborrachabas conmigo y hablábamos de mil historias hasta el amanecer, incluso hasta un poco más tarde. Después te ibas con tu moto y yo andaba hacia el metro.
Una de esas noches terminó en un tejado, charlando de todo y de nada, viendo las horas pasar. Te miré y te di un beso. Tú te sorprendiste tantísimo… Quizás demasiado. Supe entonces que yo te gustaba de hacía un tiempo, que me veías como alguien inalcanzable y que esa noche fuiste el hombre más feliz del mundo mientras nos revolcábamos en el suelo como críos, riéndonos de la situación y de nosotros mismos.
A esa noche la siguieron unas cuantas, hasta que me dijiste que no me podías seguir el ritmo, que ya tenías una edad. A lo que yo te respondía que eras un viejoven, que 40 años no eran tantos. Fue entonces cuando empezamos a vernos de día, con planes caseros, sexo entre películas que terminaban con mi cabeza apoyada en tu barriga (tan a gusto), charlas y risas, un deseo que empezó a desvanecerse al cabo de unos meses, cuando empezaste a encontrarte mal e ir de hospital en hospital.
Hasta entonces nada era preocupante. Seguíamos hablando, tú querías salir a ver conciertos y si te pillaba fuera te reñía, porque al día siguiente volvías a estar ingresado. Pero nunca te decían lo que te pasaba, solamente que estabas bien, te daban unas medicinas y te marchabas para casa.
En diciembre, casi para fin de año, llegó la noticia: cáncer. El cáncer se te comía por dentro y en cuatro meses nadie lo había detectado, ningún síntoma era claro. Pero tenías un 50 por ciento de posibilidades de sobrevivir, y yo tuve el placer de ir a visitarte al hospital un par de veces, de animarte cuando aún querías o podías recibir visitas.
Te vi por última vez el 5 de enero. El día siguiente sabrías al fin cuál era tu diagnóstico final para empezar la quimioterapia y volver a tu vida lo antes posible. Por desgracia esas noticias nos arrancaron a todos el alma. Se me removió todo por dentro al saber que te quedaban entre 0 y 12 meses de vida por un cáncer terminal en fase cuatro.
No pude volver a verte. No pude contarte lo bien que me hacías sentir. El pasado jueves 21 de febrero nos dijiste adiós, y llevo arrastrando desde entonces el nudo más grande que jamás he tenido en la garganta.
Ferran, si supieras lo bonita que fue tu ceremonia de despedida tú también llorarías. Se hizo todo como tú querrías, incluso tu banda te cantó como homenaje. Tu familia, tus amigos, incluso conocidos demostraron con su asistencia que nunca dejaste a nadie indiferente.
Por mi parte, me faltó decirte lo mucho que te quiero, incondicionalmente. Y cómo me jode no haberlo demostrado más, cómo me duele la posibilidad de que mis abrazos no fueran lo suficientemente fuertes. Espero que te hayas marchado sabiendo que no eras solo un amigo para mí, que cada segundo que me has dedicado ha sido un regalo del cielo, que gracias a ti sé tocar de pie la guitarra y a veces sin atril, que gracias a ti le perdí parte del miedo que le tenía a vivir, porque tú me enseñaste que no hay nada que no se pueda conseguir si retamos al miedo. Que tú viste una luz en mí que ni siquiera mi familia veía, y te lo debo todo porque gracias a ello empecé a quererme más a mí misma. Que me enseñaste un mundo donde tú decides por ti cuando yo no me atrevía a dar un solo paso. Ese jueves decidiste por ti dejar de sufrir, y yo hoy tengo que decidir por mí tener el valor de decirte adiós.
Llegué tarde a tu vida y tú te fuiste demasiado pronto de la mía.
Hasta siempre, Ferran. Te quiero.