Hola a todas.
Os cuento mi caso, no sé si para desahogarme, si para conseguir algún tipo de consejo o simplemente para descargar mi frustración en plan «querido diario».
Estoy embarazada de 7 meses, de mi segundo bebé. Mi hijo mayor tiene ya año y medio, y como todo bebé, ha vuelto loca a la familia, tanto a la de mi marido como a la mía. No, esta no es la clásica historia de: es que mi suegra se mete donde no la llaman. No. De hecho, mi suegra es un encanto, y de no ser por ella, yo habría perdido el juicio hace tiempo.
Aquí los personajazos son mis padres. Mi madre sobre todo. Nunca me he llevado bien con ella. Es la típica mujer que defiende la mano dura, pero que muy dura, para criar a los hijos. Y tanta mano dura me llevé que, a día de hoy, no recuerdo ningún momento cariñoso con ella. Ni un abrazo consolador, ni un beso cariñoso, ni un hombro sobre el que llorar en los peores momentos de mi vida. Para mí, siempre ha sido una figura lejana, que solo se ha acercado a mí para echarme en cara toda clase de asuntos o para imponerse en cualquier tema de conversación que pueda salir a colación. Así ha sido conmigo y con mi padre, que de bueno que es parece tonto y, para mantener la paz en casa, siempre hizo todo lo posible por «no despertar a la bestia». Porque es lo que tiene una persona tan egoísta y narcisista como ella, que no la puedes llevar la contraria porque te puede caer la mundial.
La cosa se puso peor hace unos años, cuando a mí madre le diagnosticaron una fuerte depresión, con intentos de suicidio incluidos, que los psiquiatras catalogaban como llamadas de atención que se podían salir de control. Estuvo, y está, en tratamiento, pero mentalmente se ha quedado peor de lo que estaba. Dice y hace cosas que no son normales. Te insulta a la cara, luego hace como si no hubiera pasado nada y se ofende si se lo recuerdas, arriesgándote a qué te deje de hablar de por vida. Y esto es literal. Ya ha dejado de hablarse con amigas, con los hermanos de mi padre y con sus propios hermanos porque «es que son idiotas».
Está sola. Nadie la aguanta, solo mi padre, que parece haber aceptado una cruzada personal contra el mundo para defenderla a capa y espada. A pesar de que ella lo trate fatal, de que esté siempre gritándole, de que le mire el móvil y le controle las salidas y entradas de casa «porque es que a ver si va a tener una amante», mi padre sigue con ella hasta el fin del mundo.
Y en esas estábamos cuando me quedé embarazada de mi primer hijo. Ya en el embarazo, mi marido y yo les advertimos que no íbamos a querer que nadie cogiera al niño hasta que cumpliera dos meses y estuviera vacunado (sí, excesivo, lo sé, pero era la situación que habíamos acordado en pareja). Ellos se pusieron furiosos y dijeron que al menos mi madre y mi hermana sí que tenía que cogerlo (con mi hermana no me hablo, es igual que mi madre solo que con un egoísmo aún más agudizado). Nos negamos en redondo y ellos, cada vez que nos veían, volvían a insistir.
Nació el niño. Ya en el hospital las cosas se pusieron feas. Tuvieron que inducirme el parto, y mientras dilataba, me metieron en una habitación. Cometimos el error de avisarles y mi madre se plantó en el hospital. Y mientras yo sufría de unos dolores indecibles por la inducción, ella no dejaba de repetir que eso iba a ser cesárea, porque a ella le habían hecho dos cesáreas, y claro que lo mío tenía que terminal igual. Yo gritando del dolor y ella yendo de experta en partos. Incluso tuvo el cuajo de hacer venir a mí hermana, a la que odio, para que estuviera presente en tan importante momento, por mucho que mi marido señalará que ahí solo debía estar él. Le dio igual.
El niño, que nació de forma natural, fue el detonante de muchas cosas. Ya nacido y en planta, les recordamos que no se cogía. Mi padre me apartó, cogió al niño, le dio un beso y se lo dio a mi madre, que empezó a mecerlo como si fuera experta en bebés. No le quedó muy bien el gesto porque casi se le cae la criatura y tuvo que ir mi marido a ayudarle, y mientras mi padre todo orgulloso diciendo: ¡que bien se te dan los niños, cariño!
No puedo ni empezar expresar lo mucho que me ardieron las entrañas en ese momento. No sé ni como no les eché de la habitacion en ese mismo momento. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo y sin frenos. Mi madre no dejaba de criticarme, que sí cogía mal al niño, que sí mi leche no era buena, que si no era normal cómo le daba el pecho, que si tenía que dejar que cogiéramos al niño. Lo peor: que les dejáramos al niño unos días en casa. A un bebé recién nacido que lo que más necesita en sus primeros días de vida es a sus padres. Me removía por dentro, pero como siempre he tenido la pulsión interna de complacer a todo el mundo, me callaba.
Hasta que un día no pudo más. Mis padres me llamaron por teléfono. Me dijeron que les acompañáramos a una casa que tienen en la Sierra de Guadarrama (que es donde también vivimos nosotros). Hacía 15 días que yo había parido y estaba hecha polvo, física y emocionalmente. Insistieron en que fuéramos con ellos. Les dije que no. Mi madre dijo que el pediatra nos iba a matar, porque el niño necesitaba aire fresco. Le contesté que aire fresco tenía, porque salíamos a pasear por el pueblo todos los días. Ella explotó y dijo que tanto mi marido como yo teníamos una enfermedad mental por no querer ir con ellos. Yo me reí por lo absurdo y le contesté que mira quién fue a hablar. Y colgué.
Al día siguiente, tenía a mi padre llamándome por teléfono hecho una furia gritándome que quién me había creído que era para hablar así a mí madre, que ella se había quedado fatal y que luego no me sorprendiera si intentaba suicidarse otra vez. Intenté defenderme, pero ni siquiera me dejaba hablar, y al final me eché a llorar como nunca. Repito, en el día 15 del postparto, sin apenas dormir, con una infección de la episiotomía, físicamente destrozada, emocionalmente destruida, y mi padre gritándome por teléfono que quién me habia creído que era.
Y aun así, aunque muy triste, lo dejé correr. Pero a la semana siguiente se volvió a liar. Mi madre vino a vernos. Mi suegra estaba en mi casa, ayudándome. Porque sí, esos primeros días del bebé fue mi suegra la que tiró del carro: la que compraba, la que limpiaba y nos hacía de comer, mientras mi madre se iba a su casa de la sierra a disfrutar del permiso por ingreso de familiar.
El caso es que vino a verme un día. Yo tenía al niño dormido sobre el pecho: había pasado uns noche terrible y estaba recuperando horas. Le dije a mi madre que ni se ocurriera cogerle, que estaba muy cansado, a pesar de sus súplicas porque «es que no le dejábamos cogerle nunca». Estaba deseando que se largara, pero de esto que el niño abrió los ojos. Mi madre tardó cero coma en lanzarse sobre él y quitármelo de los brazos. Le empezó a acunar con una gran sonrisa mientras yo me quedé atónita, sin saber cómo reaccionar, hasta que le dije que me devolviera al niño. Ella se hizo la sorda y siguió acunándole, y el niño se echó a llorar. Yo insistí y me levanté. Se lo quité de los brazos y me alejé. Ella, super sonriente, dijo que ya se iba y así lo hizo, más satisfecha imposible. Yo me eché a llorar y mi suegra, que lo había visto todo y estaba alucinando, tuvo que consolarme.
Más tarde, por el WhatsApp familiar, se lo eché en cara. ¿Su reacción? Me dejó de hablar un mes, poniéndose en todo momento como la víctima. Mi padre volvió a llamarme por teléfono, pero pasé de contestarle. Total, ¿para qué? Estuvimos un mes sin hablarnos que, sinceramente, a mí marido y a mí nos supo a gloria, pero mi padre no dejaba de insistir en que mi madre estaba fatal y que por favor la invitara a casa. Yo le decía que en ningún momento la había prohibido volver a casa, que había sido ella la que se había impuesto el castigo. Al final, no sé cómo, mi padre la convenció para que viniera un día a casa. La tía actuó como si no pasara nada, tratándome tan normal, mientras mi marido y yo no podíamos estar más incómodos.
Y así podría contar mil historias parecidas, todas muy amargas. A día de hoy, la relación con mis padres es muy tensa. Viene una vez por semana a ver al niño, están cinco minutos con él y se van, pero lo que me gustaría, en el fondo, es que no vinieran más, sobre todo mi madre. Si la pudiera apartar de mi vida, sería feliz. Es una persona egoísta que no le aporta nada a nadie, y sinceramente, no la quiero cerca de mi hijo porque es profundamente inestable. Y ahora, que estoy de nuevo embarazada, temo volver a repetir las mismas historias una y otra vez. Lo he hablado con mi marido y dice que no va a volver a permitir nada de lo que ellos hicieron (cosas de las que él también terminó hasta el gorro, y no intervino porque ambos pensamos que los asuntos familiares debe resolverlos cada uno con los suyos), pero ya se han pasado tantos límites que no podemos permitir ni una más.
Este tema me afecta muchísimo psicológicamente. No sé cómo atajarlo. No se puede hablar ni con mi madre ni con mi padre porque rápidamente te menosprecian y te tildan de histérica y exagerada, y «es que hormonas». Pero yo ya no puedo más.
