Soy una persona con sobrepeso y problemas de tiroides. También soy una persona alegre, cariñosa y buena cocinera. Nunca he tenido problemas de autoestima, ya que siempre he estado rodeada de gente que me quiere y se preocupa por mí. Hasta que me topé con mi expareja.
Le conocí en una sesión de slam poetry. Él era uno de los participantes. Me encantaron sus escritos fatalistas, tirando a neogóticos. No ganó, pero me acerqué para decirle que yo creía que lo había hecho realmente bien. Qué le vamos a hacer, siempre me han atraído los hombres con cierto aire de torturados, de marcados por la fatalidad. Tomamos una copa, nos dimos los teléfonos y, chica, aquello empezó a fluir.
Unas cuantas citas, un par de escapadas de fin de semana, y se vino a vivir a mi piso, porque estaba pasando por un mal momento, pero no quería volver a casa de sus padres.
El momento se fue alargando y llevábamos casi un año viviendo juntos. Mis tiroides decidieron desregularizarse a lo loco y mi agenda empezó a llenarse de citas médicas. Un tiempo después, comencé con dolores de espalda. Mi pareja no demostró mucho interés en acompañarme al médico. Estaba inmerso en su proceso creativo (iba a publicar un libro de poesía) y yo siempre he sido una mujer autónoma.
Pues nada, que me diagnostican de osteoporosis temprana, facilitada por mi hipotiroidismo. Cuando se lo dije a mi pareja, él me dijo que lo que tenía que hacer era ejercicio y perder peso. Bueno, eso podría ayudar, pensé yo, pero en ningún caso iba a ser lo que me curase. Sí, ya sé que las red flags estaban por todos lados, pero bueno, ya dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver.
En fin, estaba yo un buen día limpiando los armarios de arriba de la cocina, cuando perdí el equilibrio encima de la silla a la que me había subido para llegar bien a todos los rincones. No llegué a caerme, pero hice un mal gesto que me provocó un dolor de espalda bastante incapacitante.
Mi pareja no estaba en casa. Llegué como pude al móvil y le llamé para que me llevase al hospital. Tardó un rato en llegar y me llevó al hospital con cara de pocos amigos. Pero la verdad es que yo no estaba para preocuparme por nadie en ese momento.
Unas cuantas horas en urgencias, de espera y de pruebas, y me dicen que tengo una fractura vertebral por aplastamiento. Que tengo que hacer reposo total pero, tal y como ellos lo ven, tendré que someterme a una vertebroplastia. Una intervención quirúrgica en la que inyectan cemento en la vértebra fracturada para estabilizarla. Y que después de eso, tendré que seguir haciendo reposo una temporada larga. Resumiendo, que salí de allí con una petición urgente para la lista de espera quirúrgica.
Me devolvieron a mi casa en ambulancia y los dos técnicos, un par de chicos muy majos, me ayudaron a instalarme en mi cama. Esa noche, mi chico no durmió conmigo para que yo pudiese descansar y no recibir ningún golpe por un movimiento involuntario.
Al día siguiente, me dijo que, para no estar desatendida, como él tenía que hacer varias cosas, que llamase a mi madre para que pasase unas cuantas horas conmigo. Él podía hacer sus cosas y mi madre estuvo encantada de poderme ayudar. Y así lo seguimos haciendo los tres días siguientes. Entonces me llamaron y me dijeron que a la semana próxima me harían la intervención. Esa tarde, cuando mi pareja volvió, se lo dije contenta y esperanzada porque “nuestra” situación empezase a mejorar. Al cuarto día, mi madre tenía que ir ella al médico y le pedí a mi chico que hiciese sus cosas desde casa. Refunfuñó un poco, pero aceptó.
A media mañana me dice que ha recibido una llamada urgente de la editorial con la que va a publicar su libro y que tiene que ir presencialmente a una reunión. Pero que vuelve en cuanto pueda.
Me deja una botella de agua en la mesita, me da un beso en la frente (un beso que resultó ser el de Judas) y se va.
Pasaron las horas y no sabía nada de él. Primero le mandé un par de mensajes, porque no quería molestar. Pero no estaba en línea desde por la mañana. Le llamé una primera vez, en la que saltó el buzón de voz. En las siguientes llamadas que hice, ya no daba ni tono. Me empecé a preocupar de que no le hubiese pasado algo. Quería levantarme de la cama, para ir a buscarlo, pero casi no me podía mover. Llamé a mi madre que, en seguida vino, y, además de intentar calmar mi preocupación, me hizo de comer y me lo trajo a la cama.
Ya era de noche cuando recibí su mensaje. Aún lo guardo. No sé si es que soy masoquista o es que lo quiero de recordatorio de que mi gusto por las almas torturadas no me conviene.
¿Que qué decía?
“Mi alma. Mi bien. Me he dado cuenta de que no te convengo. Has dado horas de luz a mi oscuridad y me has dado tus fuerzas cuando yo quería hundirme. Pero tú ahora necesitas alguien que te cuide y yo no sé si soy capaz de hacerlo, porque me mata verte postrada en la cama, sufriendo, sin saber si puedas salir de ahí. Así que me retiro, para dejar paso a alguien que de verdad te pueda cuidar. Pasaré a por mis cosas el día de la intervención y dejaré las llaves en le buzón. Siempre te recordaré.”
Bueno, al menos hay que reconocerle lo poeta y su gusto por el drama.
