¿Sabéis cuando llega un momento en la vida en el que explotas porque has estado aguantando, aguantando y aguantando por no perder una amistad, siendo paciente y empática, y lo único que consigues es que acaben faltándote totalmente al respeto? Pues eso es lo que me ha pasado.
Somos dos amigas, de 39 y 42 años. Amigas desde el instituto, se nos ocurrió la brillante idea de estudiar Historia del Arte: una carrera preciosa, pero ya os imagináis las salidas que tiene.
Muy pocas. Y la única que da cierta estabilidad es la enseñanza. Yo lo intenté. Estuve un año de interina y fue un horror. Además, tenía que dar otras asignaturas para las que no me sentía del todo preparada: Historia, Cultura Clásica y Francés (porque tengo un C1).
Mi amiga y yo siempre hemos vivido en la precariedad: trabajando en museos, centros cívicos, en turismo… Nuestro trabajo más estable fue en una cadena de librerías. Pero hace unos cinco años ella asistió a un curso de arte de la Alta Edad Media y se enamoró del profesor, y él de ella. Como no era un curso oficial, solo daban un diploma, no hubo ningún problema.
Y ahí se puso de manifiesto el nepotismo que hay en España. Este tipo es profesor de universidad y, además, tiene muchísimos contactos, y la enchufó en un centro cultural muy famoso (estoy segura de que casi todas habréis oído hablar de él). A ver, los requisitos los cumple… ella y otros mil ochocientos. En una oferta pública, en Infojobs, os digo yo que ese puesto no habría sido para ella, hay mucha competencia y mucha gente mejor que ella que merece este puesto
Pero eso no es lo importante. Lo importante, y lo que me jode, lo que me revienta es que, desde que consiguió el puesto, se ha dedicado a juzgarme por exactamente LO MISMO que hacía ella antes: quejarse del trabajo y no atreverse, por ejemplo, a irse sola a otro país donde las cosas estén mejor. Siempre hablábamos de irnos a Francia (hablamos bien francés, hicimos un eramus) y encontrar trabajo allí, en algo relacionado con lo nuestro.
Desde hace un tiempo me mira por encima del hombro. Al principio pensé que se le pasaría, pero no. Entiendo que debe de ser fuerte pasar de un trabajo precario, compartiendo piso, con dos personas a vivir con tu pareja en un piso céntrico, superbonito y con un buen trabajo, además relacionado con tu formación. Y con amigos, los de su novio, profesores de universidad, restauaradores, anticuarios… Pero eso no le da derecho a meterse en mi vida ni a hacer comentarios como: «Yo, de verdad, no sé cómo aguantas sin hacer nada es un poco deprimente…».
La bomba vino hace un mes. Yo tengo un trabajo fijo en una cadena de librerías y, aun así, sigo moviéndome. Me salió —después de una entrevista que hice este verano y de la que ya me había olvidado— un trabajo en un museo pequeño. El problema es que el contrato es de, mínimo, un año a tiempo parcial y no me garantizan que después pase a jornada completa. Es decir, tendría que tirar de ahorros o buscar otro trabajo. Pero está en un pueblo y, la verdad, no hay muchas opciones. Además, tendría que dejar mi trabajo fijo o pedir una excedencia de un año.
Se lo comenté y le dije que no sabía qué hacer. Su respuesta fue que estaba harta de mi actitud pesimista, que saliera de una vez de mi zona de confort de una vez y que estaba tirando mi vida a la basura. Yo venía de un día horrible: clientes insoportables, dolor de cabeza, cansancio, ojeras, malos pelos, me veia superfea, staba agotada y triste. Y exploté. Estábamos en su piso, la vi arrogante, otras mirándome por encima del hombro, y salté.
Le dije que se había acabado. Que todo lo que tenía se lo debía a su novio, que fuera consciente de eso, que ella lo único que había hecho era meterse en la cama con él (ahí me pasé tres pueblos lo admito) y ya. Que no volviera a juzgarme en la vida, porque si no fuera por su novio seguiría en la librería, como yo, trabajando a turnos, sacando libros de las cajas, y con los tobillos hinchados.
Muy tranquila me dijo que me fuera de su casa. Y, al salir, me llamó amargada y resentida. Eso me encendió aún más y le solté: «Di lo que quieras, pero sabes que lo que te he dicho es verdad». No hemos vuelto a hablar. Y sigo con mucha rabia. Admito que en el fondo siento un poco de endivia, no soy perfercta, pero lo que me ha llevado a explotar de esa forma es su actitud de mierda.
