Muy buenas, chicos y chicas:
Hoy voy a hablaros de algo que al fin soy capaz de compartir sin sentirme mal y sin
avergonzarme. El día 16 de noviembre cumplí los 25 años pero algo ya en mí no era igual.
Era libre de los grilletes de la humillación que durante años me había tenido sometida. Un
lenguaje interno tan tóxico que ya era algo normal en mí. Pero el problema es que cuando el
escorpión se siente amenazado o cansado de que le toquen la moral, obviamente saca el
aguijón y ataca. El problema es que este escorpión tenía tanto miedo que prefería el miedo
a la libertad. Bueno, me dejo de analogías y metáforas y voy directa al grano.
La lucha conmigo misma empezó cuando tenía 8 años. En cuarto de primaria tuve
problemas con una monja que me llegó a humillar hasta tales extremos que me cogía del
cuello y me pegaba en la cabeza o me decía cosas como «¡eres una calamidad!», «eres
más tonta que hecha de encargo» o cuando estaba enferma y volvía a clase, «¡qué bien
hemos estado sin ti!». Empecé a ir a psicológos y mis padres estuvieron a punto de
denunciarla pero, por alguna razón, yo no quise irme de aquel colegio. Jamás fui consciente
del daño que me hizo hasta años después. La volví a tener de profesora en sexto de
primaria y la lucha volvió a aparecer. Me suspendió dibujo con el pretexto de que hablaba
más que trabajaba pero, un año después, acabé ganando un concurso de dibujo. Paradojas
de la vida. Además, dibujar es a día de hoy una de mis mayores pasiones.
A los nueve, empecé a tener problemas de tiroides y sin saber cómo, empecé a comer
muchos dulces. No recuerdo gran cosa del problema. Simplemente recuerdo que en mi
familia materna empezaron a decirme que estaba muy gorda y que comía mucho. Empezó
como una simple broma pero con el tiempo se fue convirtiendo en algo más. En las comidas
familiares empezó mi tía y obviamente, mis primos pequeños repetían lo que veían
llamándome “gorda”. No les culpo. Un niño hace lo que le enseñan. Después, mi tía le
pasaría el testigo a mi tío puesto que mi madre ya se puso seria. Obviamente, yo era la que
me lo inventaba todo, según ellos. Lloraba porque me lo tomaba todo a pecho. El cabrón,
como mi círculo más cercano lo llama, es una persona con problemas tan graves de
autoestima que ni su mujer lo soportaba (se acabarían divorciando años después). Es
homófobo y misógino, además de tener un ego que sobrepasa fronteras. Si no compartes
sus ideales, eres una mierda y hará lo posible para pisotearte. ¡Ah! Y también es un
alcohólico empedernido. Yo para él era la gorda, la gilipollas ecologista de los animales y la
retrasada de los caballos. Pero luego, me enviaba cosas de caballos, fotografías de
animales y me daba dinero. Obviamente, esto lo permití durante más tiempo del que me
hubiese gustado (y a día de hoy me arrepiento de ello) pero siempre me habían inculcado
un respeto acérrimo por los mayores (lo que me hacía imposible contestar y callarme). Es lo
que tiene cuando tu padre estuvo en el ejército durante mucho tiempo.
Durante muchos años, tuve que aguantar burlas no solo por parte de mi tío sino también por
parte de mi abuela materna. Por ejemplo, cuando iba en bañador en la piscina, me decía
que daba vergüenza ajena enseñando esas lorzas o que vestía como una gitana solo
porque no le gustaba a ella, algo que me parecía despectivo no solo por mí sino por la
generalización. No obstante, como era mi abuela, yo respetaba todo.
Mi tío, una joyita, como ya habéis podido comprobar, se divorció de mi tía y fue entonces
cuando empezó a vivir con mi abuela materna. Yo bajaba todos los domingos a comer pero
para mí eran infiernos porque no había día en el que no me soltaran alguna pullita o le
dieran la vuelta a la tortilla para acabar hablando siempre de mi peso, pero no de una
manera normal sino despectivamente y chillando. Por ejemplo, un día salió Rubens en la
tele, pintor al que admiro mucho, y lo comenté mientras comíamos. A lo que él contestó:
«Normal, estando como estás, en esa época serías una belleza. Estás como las Tres
Gracias». Ya no solo mi peso le molestaba. Otra de mis pasiones siempre habían sido los
caballos. Bueno, pues también era gilipollas por dibujarlos y estar loca por ellos o por estar
a favor de la lucha por la conservación del lobo ibérico. Cuando tenía 13 años, no aguanté
más y subí a casa llorando. Según mi abuela y mi tío, eran bobadas de cría. Mi madre la
tuvo con él y me dijo que me pusiera al teléfono, cuando me contestó que así era como
trataba a todo el mundo en la calle y que yo solo le quería por el dinero (aparte de que
también tenía que aguantar insultos hacia mis padres, los muertos de hambre, como los
llamaba él). Con el tiempo, empecé a dejarme físicamente. No me gustaba y me daba asco.
Era el lenguaje que ellos me habían inculcado.
Además, en el colegio, la gimnasia me costaba porque también tenía alergia por aquel
entonces y tenía que usar inhalador. La profesora, no titulada en gimnasia, no hacía más
que compararme con las amigas más delgadas que yo y restregándome que no me merecía
el seis que me había puesto en la evaluación a pesar de haberle presentado el papel
correspondiente. Además, algún que otro compañero tampoco mejoraba la situación con
sus piropos.
Cuando llegué a Bachillerato, me cambié del colegio en el que había estado 13 años al
instituto. Me empezaron a acosar por las notas y por gustarme estudiar. Además, la
situación en casa no mejoraba las cosas. Allí fue donde conocí a mi actual pareja, que con
ganas se quedó de cantarle las cuarenta a las acosadoras. Un domingo en particular, mi tío
vino borracho del bar y se puso a insultar a mi abuela hasta tal punto que la hizo llorar.
Como estaba muy agresivo, yo me metí de por medio y me llevé todos los palos: «tú, la
gorda que no quiere casarse porque los tíos no la quieren; no te van a coger en ningún sitio
porque eres gorda; no te quiere nadie porque eres gorda…». En fin, una retahíla de
argumentos hirientes que ya se sumaban a la mochila que llevaba encima. A partir de
entonces, el problema se agravó todavía más. Mi padre no aguantaba a mi tío y mi novio
quería meterle un soplamocos por todas las lágrimas que me estaba haciendo derrochar.
¡Ah! ¿Os he mencionado que tampoco mi novio era del agrado de mi tío?
Llegué a la universidad y tuve amigas de todos los tipos, altas, bajas, delgadas… pero yo no
me quería nada. De hecho, recuerdo que tenía una amiga tan guapa que dejé de comer
cuatro días porque solo quería morirme del asco que me daba a mí misma. Además,
cuando hice mi Erasmus en Grecia, me dejé tanto que solo comía de McDonalds y el hecho
de perder a mis dos abuelos paternos con los que me había criado en un mes, no mejoró la
cosa. Varios fueron los psicólogos que trataban de cerrar la herida que llevaba más de diez
años abierta sin éxito. Cada vez que me llamaban gorda, me daban ataques de ira. Era una
palabra tabú.
Años más tarde, rompería con mi novio, y mi corazón sí que no pudo más. Los ataques de
ansiedad que antes me daban solo a ratos pasaron a ser diarios (entre dos y tres veces al
día). Mi madre al fin consiguió contactar desesperadamente con un profesional que me
ayudaría a salir del pozo de mierda en el que estaba gracias a la hipnosis. Empecé a
demostrarme cosas y a cerrarle el pico a mi tío. Una vez fuimos a andar 11 kilómetros con
cuesta y lo dejé un kilómetro atrás con la lengua fuera. Cuando llegó arriba, me dijo: «para
un poco, ¿no?» a lo que le contesté: «¿qué pasa que una gorda te ha adelantado al subir?».
Algo ya empezaba a cambiar.
Mi novio y yo lo acabamos arreglamos pero yo por dentro en ese entonces seguía sin estar
al 100 por cien. Con el tiempo, empecé a hacer ejercicio (aunque trabajo me costó por
aquella profesora de gimnasia que me hacía ver que si no me esforzaba al máximo era una
gorda vaga) y gracias a mi entrenadora Sandra, amiga de la infancia y también a la que le di
varias chapas sobre cómo me sentía, conseguí que me gustase lo que hacía. Empecé a
aceptarme pero pasando por mucho dolor emocional, ansiedad y ataques de ira. Mi pareja
siempre me había querido tal y como era pero yo le decía que me dejase porque estaba
gorda…en fin, tenía que seguir trabajando ese aspecto.
También, gracias a Ángel, un perrito de 14 años que adopté el año pasado y que también lo
había pasado mal como yo, conseguí seguir adelante. Pero, como siempre, mi tío tuvo que
opinar. Ahora era la gorda podemita del perro. Que no lo quería en su casa (que en realidad
era la casa de mi abuela), que le daba asco. En mi cumpleaños del año pasado, no sé qué
pajas mentales se hizo pero se pensó que el dinero que me dieron por mi cumpleaños lo
invertí en un refugio para mascotas y me la preparó diciendo que hasta que no le enseñase
el ticket de las compras que había hecho, no me daría nada, porque no quería darle el
dinero a perros asquerosos. Le contesté diciendo que no me tocase la moral y que si era un
viejo amargado al que todo el mundo daba de lado, no era mi culpa. Eso no le gustó. Mi
abuela me dijo que por qué no podía ser como la gente normal y sacó a relucir su típico
argumento de La cosa empezaba a cambiar. El escorpión empezaba a sacar el aguijón.
Las visitas a mi abuela empezaron a disminuir hasta que dejé de bajar a comer y de ir a
verla mientras que mi tío no se fuese al bar a pimplarse a cerveza.Eso obviamente no le
gustó y cada vez que bajaba, me echaba en cara lo poco que iba a verla y que en su casa
se hacía lo que ella decía porque yo era una cría. Obviamente, le respondí que ya tenía
pelos en el coño y que podría hacer lo que quisiese. Me fui.
El tiempo pasaba y cada vez me rebelaba más. Llegó el verano de este año y con él, un
calor horrible. Decidí dar un baño al perro con la manguera del jardín de casa de mi abuela.
No obstante, mi tío estaba allí y me recriminó que por qué estaba allí ese perro y que no
quería gorrones (todo por haberle pedido a mi abuela días antes una coca cola para beber
que se supone que las había comprado él y yo no lo sabía) ni perros asquerosos y que me
fuese a tomar por culo de allí. Mi abuela se hartó y se puso de su lado. Me habían echado
de casa en mis propias narices. Eso estaba hecho. Les dije que se fueran a la mierda y que
no me volverían a echar de ningún lado, que la que se iba era yo. El tiempo ha pasado y he
cumplido mi palabra.
Desde que lo hice, he perdido más de 16 kilos y soy FELIZ. No obstante, el pasado siempre
vuelve y esta vez lo hizo el día de mi cumpleaños. Bajé a ver a mi abuela a que me diese el
dinero de mi cumpleaños y de repente, veo que saca 50 euros de mi tío. Tuve que escuchar
de boca de mi abuela que él siempre me había querido, que era la niña de sus ojos y que
tenía que ceder porque aunque pueda ser ofensivo, me quiere con locura.A lo que le
pregunté: «¿y él, es que no va a ceder?» A lo que mi abuela me dijo que ni hablar. Yo me
cansé, me di media vuelta y me fui. No había nada más que decir ante una sabandija de su
calaña. Eso sí, el dinero pá mí, que por cierto, me lo he gastado en un vestido monísimo
que vi por la página, ji,ji. ¡Ah! Eso también me lo dijo mi tía por mensaje:
A día de hoy, sigo esperando a que mi tío se disculpe por todo el mal que ha hecho pero ya
el karma le está haciendo pagar por todo lo que está haciendo. Yo soy FELIZ y estoy muy
contenta de poder hablar hoy de esto con vosotros. Me he enrollado como las persianas
pero quiero deciros que si alguna vez tú pasas por lo mismo o algo similar, pide ayuda. No
dejes que la cosa vaya a más, ni toleres vejaciones ni maltrato de ningún tipo. La
violencia no solo es física sino también verbal y psicológica. Yo por suerte no caí en
bulimia ni en anorexia pero estuve a punto de entrar en un círculo vicioso muy tóxico.
Es verdad que si leéis mi historia, lo primero que diréis es me equivoqué al no haberlo
cortado antes. Lo sé, pero por aquel entonces no tenía fuerzas. Hoy soy más fuerte y he
sido capaz de hacerlo y lo más importante, me quiero tal y como soy y no me valoro solo
porque me lo digan los demás o porque saque buenas notas. Es cierto que he adelgazado y
que me gusto con unos kilos de menos pero sigo siendo curvy, ¡y eso mola! Si decidís
cambiar vuestro cuerpo, que sea por vuestra voluntad, no porque alguien más quiera,
porque seguro que esa persona no puede cambiar su vida propia y paga su frustración con
vosotros. Espero que esto sirva para dar un paso más a la hora de eliminar esa lacra social
que es la gordofobia.
Muchas gracias por leerme.
¡Sed felices y STOP GORDOFOBIA!