Todo comenzó con una Despedida.
Con las últimas nieves y las primeras flores.
Parecías sacado de las páginas de un libro. Todo un personaje aún por descubrir. Y yo me arremangué y me cargué de todo mi espíritu aventurero. Porque tenía la boca llena de primavera y tú olías a campo de azaleas después de varias semanas de lluvia. Me descalcé primero y te enseñé mis manos blancas, vacías y desprovistas de temblor. Los pulsos como los pasos: firmes y convencidos de conocer el camino a tomar.
Siempre me dejo el mapa en casa. Las llaves en el tarro. El reloj en la mesilla. Y nunca miro atrás.
Lloramos. La primera ves que lloramos lo hicimos como dos idiotas. Descargamos en medio de nuestra desnudez los miedos que teníamos y nos quedamos ahí tendidos en medio de la nada como vasos vacíos dispuestos a ser llenados de nuevo. Y quería llenarme de ti. Por completo y por absurdo. Toda de ti.
Nos veía reflejados en los escaparates y solo emitíamos luz y calor.
Pero tú tenías las manos sucias de pasado y yo los pulmones llenos de presente.
Pensé «yo puedo». Me engañé.
Pero aún tenía toda la guardia baja.
Y llegaron, del mismo modo que se anuncia la tormenta, tus primeras dudas. Me puse la armadura, me ceñí la espada y peleé contra los gigantes que son tus miedos sabiendo que nadie antes había tenido el coraje de plantarles cara. Ni si quiera tú.
Salí malherida pero feliz, vi en tus ojos húmedos de terror la alegría y el alivio. Me bastó eso para ignorar mis heridas porque pensé que tú sabrías hacerlas sanar. Que tú tendrías el poder de parar la hemorragia.
De haber sido una herida visible lo habrías hecho. Pero a mi se me habían roto las costillas y si se sangra por dentro no hay forma de llegar mas que abrirse en canal, dejarte entrar, dejarte hacer.
Y mis monstruos son máscaras que se colocan sobre mis ojos y me impiden ver la luz.
¿Cómo ibas tu a saber de ellos? ¿Qué culpa puedes tener tú si el problema que me nace de dentro nunca llega a salir de la comisura de mis labios?
Lo siento. Lo siento muchísimo. Quería haberte dicho que mis males no eran pasajeros, que en la cama dormíamos tú, yo y todas las inseguridades de las que no he sabido librarme. De las que no eres culpable pero si partícipe ignorante de su existencia.
No me entiendas mal. Mis latidos todavía bailan al son de tus manos torpes. No me entiendas mal, me arrepiento de muchas cosas. Pero sobretodo, no me entiendas mal, me falta el valor que te pedía a ti. Me faltan tus fuerzas. Me falta aprender de mis palabras y no solo enseñar con ellas.
Pero estoy trabajando en ello.
Seguí batallando sin saber que la armadura se congelaba conmigo dentro cuando me acechaban tus oleadas de terrible frío. Escalaba la montaña. Me dejaba las manos, me quedaba sin el oxígeno necesario para si quiera pensar en seguir subiendo. Y cuando conseguí llegar a la cima no eras tú quien me estaba esperando, no.
Ahí solo estaba yo. Y una nota que guardé años atrás.
«Aún no»